La filosofia antropológica del Quijote / José Antonio López Calle

El Catoblepas · número 182 · invierno 2018 · página 4
Filosofía del Quijote

La filosofía antropológica del Quijote

José Antonio López Calle

Las interpretaciones filosóficas del Quijote (57)

Quijote

La filosofía antropológica que anida en el fondo filosófico de la novela es la que en aquella época era totalmente hegemónica, cuyo núcleo es el comúnmente denominado dualismo antropológico o dualismo psicofísico, cuya verdad se da por sentada en el Quijote y por supuesto en el conjunto de la obra cervantina. Se trata de un dualismo, como no podría ser menos en un pensador cristiano, de tinte espiritualista, en el que es esencial la afirmación de la inmaterialidad del alma.

No es ocioso ni redundante decir que se trata de un dualismo espiritualista, pues no todo dualismo antropológico lo es, como, por ejemplo, el dualismo hilemórfico aristotélico. En la gran novela se reflejan perfectamente las tesis fundamentales que componen el dualismo antropológico de signo espiritualista.

El alma y el cuerpo

A la tesis fundamental que da nombre a la teoría de dualismo antropológico, según la cual el hombre es una realidad dual, pues es un compuesto de cuerpo y alma, aluden muchas veces los personajes de la novela como una verdad obvia. Se nos ofrece en cuatro formulaciones distintas, pero equivalentes: una primera en que el dualismo se nos presenta como una dualidad entre el cuerpo y el alma; una segunda como dualidad entre la carne y el alma; una tercera entre la carne y el espíritu; y una cuarta entre el cuerpo y el espíritu, en cuyo caso este último término figura como equivalente del término alma.

En cuanto a la primera formulación, que es la más frecuente, ya desde el comienzo de la novela se nos anuncia el dualismo cuerpo/alma en ese formato, en el pasaje en que don Quijote, para ponderar la importancia y necesidad que un caballero andante tiene de una dama de quien enamorarse, compara la relación de un caballero con su dama con la del cuerpo con el alma: “Porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y cuerpo sin alma” (I, 1, 33). Otro buen ejemplo nos lo brinda el pasaje en que Sancho expone un razonamiento, ya citado en otro lugar, en el curso del cual alude a la dualidad cuerpo/alma como rasgo fundamental de la estructura esencial del hombre: “Que tanta alma tengo yo como otro, y tanto cuerpo como el que más”, en calidad de premisa para probar su aptitud para gobernar un condado: dada la igual composición de todo hombre, articulada en alma y cuerpo, siendo él humano, ¿cómo no va a saber él, teniendo esa misma estructura dual como humano, gobernar como cualquier otro? El razonamiento de Sancho es falaz, aunque la premisa sobre la composición dual del hombre se acepte como verdadera, pero lo que nos importa aquí es destacar el hecho de que presenta como una verdad de lo más evidente la estructura compositiva del hombre en cuerpo y alma.

Los personajes del Quijote le sacan partido a la dualidad cuerpo/alma como recurso literario. El cautivo, Ruy Pérez de Viedma, se sirve de ésta para describir la identidad religiosa y cultural de la mora Zoraida, coordinando la faceta física de su ser y su indumentaria con su cuerpo y la faceta religiosa con su alma: “Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy cristiana, porque tiene grandísimos deseos de serlo” (I, 37, 390). Don Quijote, por su parte, ordena la exposición de los consejos que imparte a Sancho conforme a los cuales ha de comportarse en su oficio de gobernador según el esquema alma/cuerpo. La primera serie de consejos, de contenido ético, moral y político, don Quijote los relaciona con el alma; pero la segunda serie de consejos los relaciona con el cuerpo, pues conciernen a operaciones humanas con respecto a nuestro cuerpo, tales como el vestido, qué y cómo comer, la bebida, al aseo del cuerpo, la urbanidad, la forma de hablar, etc. Así nos lo anuncia don Quijote tras darle a su escudero los consejos primeros: “Esto que hasta aquí te he dicho son documentos [consejos, instrucciones] que han de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo” (II, 42, 870). Que la primera serie se relacione con el alma es algo natural, no sólo por su contenido ético, moral y político, sino porque el tema central de ellos, y al que más atención se presta, es el de la virtud en general y virtudes particulares, especialmente la prudencia, la discreción, la justicia y la misericordia, que han de ornar al buen gobernante; ahora bien, era doctrina consagrada que las virtudes son un adorno del alma, una doctrina a la que no falta su lugar en un pasaje del discurso de Marcela sobre la libertad de amar y de casarse: “La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso” (I, 14, 126), lo que no excluye, pues que también adornen y embellezcan el cuerpo; de hecho admite expresamente que algunas virtudes, como la honestidad, también son adornos del cuerpo, además de serlo del alma: “Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que… procura que la pierda?” (ibid.).

Y, en otro lugar, don Quijote diserta, con las categorías del dualismo antropológico, sobre las dos clases de hermosura: la del alma y la del cuerpo (II, 58, 989-990), con el fin de convencer a Sancho de que un hombre, aunque sea feo, con tal de que no sea deforme o un monstruo, si tiene un alma bella, que él cifra en dotes tales como un buen entendimiento, virtudes (tales como la honestidad y la liberalidad), el buen proceder y la buena crianza, puede ser bien querido de una mujer. Ello es así porque, según don Quijote, la hermosura del alma puede por sí misma despertar el amor de una mujer: “Cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas” (ibid.). A esto se ha de agregar que, si don Quijote piensa como Marcela que las virtudes también embellecen el cuerpo, el hombre de bien o de alma bella puede enamorar a la mujer porque la hermosura de su alma transforma además nuestra percepción del cuerpo, haciendo que éste, aunque sea feo, lo sea menos, e incluso que parezca hermoso. Está clara, pues, la primacía de la hermosura del alma sobre la del cuerpo tanto en sí misma como por su superior poder para hacer surgir el amor en la mujer.

La segunda formulación, en que se mantiene el alma, pero se cambia el cuerpo por la carne, es la que, en El curioso impertinente, adopta Lotario en su glosa del sacramento del matrimonio como argumento para convencer a su amigo Anselmo de que la deshonra de una esposa mala se transmite al marido, aunque éste no tenga culpa de ello, ni haya sido parte ni dado ocasión a sus faltas o defectos. La explicación de esto es que, de acuerdo con la interpretación mística o espiritual del matrimonio como sacramento expuesta por Lotario conforme a la teología cristiana, la fuerza sacramental de esta institución es tal que las dos diferentes personas casadas ya no son, en el plano místico, dos personas, sino una sola, en la que se funden sus cuerpos en una sola carne y sus dos almas tienen una misma voluntad y, siendo así que el marido es una misma cosa con su mujer, el primero participa de la deshonra que ésta cometa y se le tendrá por deshonrado:

“Y tiene tanta fuerza y virtud este milagroso sacramento, que hace que dos diferentes personas sean una misma carne, y aun hace más en los buenos casados: que, aunque tienen dos almas, no tienen más de una voluntad. Y de aquí viene que, como la carne de la esposa sea una misma con la del esposo, las manchas que en ella caen o los defectos que se procura redundan en la carne del marido, aunque él no haya dado…ocasión para aquel daño. Porque así como el dolor del pie o de cualquier miembro del cuerpo humano le siente todo el cuerpo, por ser todo de una carne misma…, así el marido es participante de la deshonra de la mujer, por ser una misma cosa con ella”. I, 33, 339

Con esto Lotario persigue disuadir a Anselmo de que abandone su proyecto de poner a prueba la fidelidad de su casta esposa, pues si ella falla en la prueba y cae en la deshonra, él también se verá deshonrado.

De la tercera formulación, en que, siguiendo el modelo de san Pablo, el par cuerpo/alma se sustituye por el par carne/espíritu, es su portavoz don Quijote en su discurso sobre la ética cristiana. En éste alude a la dualidad del hombre en términos de la contraposición paulina entre la carne y el espíritu para describir a los seres humanos en cuya vida predomina el componente corpóreo sobre el espiritual: “Aquellos que tienen… más de carne que de espíritu” (II, 27, 764).

La cuarta formulación del dualismo antropológico, la que presenta al hombre como un compuesto de cuerpo y espíritu, aparece, por vez primera en el Quijote, en el discurso de don Quijote sobre las armas y las letras, donde, como veremos más adelante, desempeña un papel crucial, junto con otras tesis de la teoría antropológica dualista, en la argumentación del ingenioso hidalgo en pro de la preeminencia de las armas sobre las letras. De momento baste con decir que don Quijote apela al dualismo antropológico al declarar que el militar o guerrero que tiene a su cargo un ejército o la defensa de una ciudad sitiada trabaja “así con el espíritu como con el cuerpo”, esto es, con los dos componentes fundamentales y esenciales de su ser.

Otro personaje ilustrado como don Quijote, don Diego de Miranda, también mienta el dualismo antropológico en los términos cuerpo/espíritu cuando invita a don Quijote a su casa a descansar del trabajo que ha supuesto para él la aventura de los leones, que, según don Diego, ha sido más trabajosa para el espíritu de don Quijote que para su cuerpo, dado que no ha habido enfrentamiento físico con el león, pero sí un gran desgaste psíquico: “Y démonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo” (II, 17, 679). Obsérvese de paso la referencia a la influencia de arriba abajo, del alma sobre el cuerpo, al afirmar don Diego que el trabajo del espíritu suele redundar en cansancio del cuerpo.

Esto último nos lleva a abordar una cuestión que también tiene su reflejo en el Quijote: el problema de la relación alma o mente/cuerpo. Se puede decir que Cervantes abogaba, según se desprende de sus textos, por una suerte de dualismo interaccionista, según el cual el alma influye en el cuerpo, pero también el cuerpo sobre el alma. El reconocimiento de la influencia de abajo arriba del cuerpo sobre el alma está perfectamente documentado en el tratamiento cervantino de la causa de la locura de don Quijote. La tesis del narrador es que la locura de don Quijote tiene su asiento en su cerebro, esto es, que una alteración patológica de su cerebro (su sequedad) es la causa inmediata del trastorno o destemplanza de su alma, lo que implica admitir que los estados del cuerpo, en este caso cerebrales, afectan a la vida psíquica del alma. De ahí la necesidad de actuar sobre el cerebro e incluso de otras partes del cuerpo “dándole a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura” (II, 1, 549).

En cuanto a la influencia en sentido contrario, de arriba abajo o del alma sobre el cuerpo, ya hemos citado en el párrafo anterior el pasaje en que don Diego de Miranda admite que el trabajo del alma repercute sobre el cuerpo causando su cansancio. Pero en otros lugares también se alude a la influencia de los estados mentales en los estados corporales, como cuando Dorotea habla de la necesidad de tener el espíritu sosegado para dormir bien: “Aún no tengo el espíritu tan sosegado, que me conceda dormir cuando fuera razón” (I, 32, 327), o el narrador describe el dolor de Anselmo como efecto de su curiosidad impertinente (I, 35, 373).

La espiritualidad e inmortalidad del alma

Una tesis capital del dualismo psicofísico es la de la naturaleza espiritual o inmaterial del alma, la cual también encuentra su registro en el Quijote. De una forma indirecta o tácita a través de la afirmación de la inmortalidad del alma y de la vida eterna que nos espera tras la muerte como verdad establecida por la razón, independientemente de la fe, una pieza central, sin duda, de la teoría antropológica dualistas de signo espiritualista, de la que ya nos ocupamos en otros contextos{1}. No tiene sentido hablar de la inmortalidad del alma si ésta no es inmaterial.

Pero en el Quijote disponemos de un documento más directo y expreso de la tesis de la espiritualidad del alma. En el discurso sobre la contienda entre las armas y las letras don Quijote habla expresamente de la inmaterialidad del entendimiento y, por tanto, de la inmaterialidad del alma, puesto que el entendimiento es una facultad o actividad de ésta, cuando afirma que en el entendimiento no tiene parte alguna el cuerpo, esto es, que el entendimiento no es, pues, una facultad corpórea u orgánica, sino totalmente independiente del cuerpo: “Todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte alguna el cuerpo” (I, 37, 392).

Una consecuencia de la afirmación de la espiritualidad del alma es la tesis de la superioridad de las acciones o actividades de ésta frente a las ligadas al cuerpo, que también se halla reflejada en el Quijote, en el argumento esgrimido por su protagonista en defensa de las armas de que éstas no son inferiores a las letras porque el ejercicio de las armas no es meramente obra del cuerpo, como sostienen lo defensores de la superioridad de las letras, sino también del espíritu y tanto como lo puedan ser éstas. Es difícil no ver aquí el influjo de la filosofía escolástica, la cual establecía una jerarquía entre las actividades mentales según dependiesen del alma espiritual (o no se realizasen por medio de un órgano corporal), que se consideraban superiores, o del cuerpo material, en el sentido de producirse por medio de un órgano corporal, que entonces se consideraban inferiores{2}. Eran precisamente la espiritualidad y, por tanto, la inmortalidad del alma las propiedades que determinaban su superioridad ontológica sobre el cuerpo convirtiéndola en el bien más preciado del hombre, una jerarquía de valor de la que hasta el propio Sancho estaba perfectamente al corriente: “Más quiero un solo negro de la uña [la parte más pequeña] de mi alma que a todo mi cuerpo” (II, 43, 876).

Las facultades o potencias superiores del alma eran, en el orden cognoscitivo, el entendimiento y, en el orden tendencial o apetitivo, la voluntad, y se las tenía por tales porque realizan sus actos sin depender directamente del cuerpo, mientras que las facultades o potencias inferiores, entre las cuales estaban, en el orden cognoscitivo, los sentidos internos, como el sentido común, la imaginación o fantasía, la memoria y la estimativa, y los sentidos externos, realizan sus actos dependiendo directamente del cuerpo, y, en el orden tendencial, los deseos o apetitos. Tal es la ordenación o clasificación que nos ofrece santo Tomás{3}. Pero hubo alguna discrepancia, que es relevante mencionar para entender el pensamiento de Cervantes al respecto. Se trata de la discrepancia con respecto a la posición de la memoria, de si era una potencia sensitiva y, por tanto, perteneciente al psiquismo inferior, o una potencia intelectiva y, en tal caso, parte del psiquismo superior. En otras ordenaciones aparece como una facultad superior del alma, al lado del entendimiento y la voluntad, dando así lugar a la conocida doctrina de las tres potencias superiores del alma, enormemente influyente, incluso más allá de la Edad Media, la cual se remonta a san Agustín{4} y, retomada por Pedro Lombardo en el siglo XII, fue adoptada por los escolásticos medievales, particularmente los de orientación agustiniana{5} .

Pues bien, Cervantes estaba familiarizado con todo eso, con el lenguaje escolástico para hablar del alma como principio de la vida mental y con el cuadro escolástico de las actividades desempeñadas por ésta. Conocía la doctrina de las potencias o facultades del alma. En el Quijote no usa nunca el término “potencia” para describir las facultades y funciones del alma, pero sí lo hace en otras de sus obras. En La Galatea se nos dice que Dios, cuando creó al hombre, le dotó de “sus tres potencias”{6}, una referencia inequívoca a la mentada doctrina agustiniana de las potencias superiores del alma: la inteligencia o entendimiento, la memoria y la voluntad, aunque no se mencionan expresamente; y en el Persiles en dos pasajes se habla de las potencias del alma, en el primero Periandro (Persiles) confiesa la obligación que experimentó de servir a su amada Auristela (Sigismunda) desde el instante en que “en mis potencias se imprimió el conocimiento de tus virtudes”{7}; y, en el segundo, Antonio, en su plática con Auristela, dice de los amantes que no todos “han puesto la mira de su gusto en gozar a sus amadas sino con las potencias de su alma”{8}. De gran interés es un pasaje del entremés El retablo de las maravillas, en el que expresamente se nombran las tres potencias del alma y se alude a las demás potencias de ésta por boca de la Chirinos en su plática con Chanfalla: “Que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se junta una voluntad de acertar a satisfacerte, que excede a las demás potencias”{9}.

Es cierto que la impronta escolástica en la idea cervantina de la mente humana y sus facultades es particularmente llamativa cuando Cervantes echa mano de conceptos técnicos de la escolástica, tales como las mentadas doctrinas de las potencias del alma o de las tres potencias, en referencia a las tres potencias superiores de ésta. Pero también se advierte esa impronta en el uso de la terminología escolástica para nombrar las facultades de la mente humana, ya sean las facultades cognoscitivas, como la razón, a la que también se alude con la expresión “luz natural”, una metáfora usual entre los escolásticos, o entendimiento, imaginación, fantasía, memoria, los cinco sentidos, y sus operaciones y resultados, como concepto, juicio y razonamiento o discurso en el caso del entendimiento, y la de representación o de representar en el caso de la imaginación y de la memoria; y no cognoscitivas, bien sean afectivas o emotivas, como los sentimientos, o desiderativas, como voluntad, deseo, apetito, los cuales genéricamente (afectos y deseos) se engloban, como los escolásticos, bajo el nombre de “pasiones” (de “las pasiones del ánimo” se habla, por ejemplo, en I, 41, 422); o para nombrar el género de conocimiento producido por esas facultades al que hemos de aspirar, el conocimiento claro y distinto, como el que Sancho cree tener, aunque erróneamente, cuando habla de “conocer clara y distintamente…”, pues lo que cree conocer clara y distintamente es que hay encantadores y encantos en el mundo (II, 70, 1076).

En particular, el entendimiento desempeña un papel de primer orden en el Quijote: en primer lugar, porque éste mismo como obra literaria se nos presenta como una hija del entendimiento; en segundo lugar, por las consideraciones generales acerca de esta facultad superior dispersas a lo largo de la novela, como la relativa a su naturaleza espiritual; y, en tercer lugar, porque el entendimiento es un elemento crucial en la caracterización de don Quijote como personaje, al que se nos presenta como un hombre de gran entendimiento, en el grado de ingenio, pero echado a perder por causa de la locura. No menos estelar es la función de la imaginación o fantasía, que también es un elemento esencial de la caracterización de don Quijote como personaje. Su fantasía, desbordante y poblada de imágenes procedentes de los libros de caballerías, alimenta la tendencia idealizadora de don Quijote y a interpretar todo lo que le sucede como si se tratase de episodios de una novela caballeresca; su imaginación fantaseadora y deformadora junto con el entendimiento desquiciado o sin juicio nos proporcionan las claves del funcionamiento psíquico de don Quijote que determina su relación con el mundo. También de la memoria se habla con mucha frecuencia en el Quijote, una facultad de la que sus personajes echan mano para activar el recuerdo de algo y a cuya función de representar cosas o sucesos, como en el caso de la imaginación o de fantasía, se alude no pocas veces.

El dualismo psicofísico, la tesis de la espiritualidad del alma y la del rango o dignidad superior de las operaciones y productos del alma respecto a los del cuerpo o hechos con éste constituyen la base sobre la que se construye el argumento de don Quijote para neutralizar el razonamiento de quienes sostienen la superioridad de las letras sobre las armas y equilibrar o empatar el debate. Los defensores de las letras alegan que éstas son cosas del espíritu o del alma o del entendimiento, pues la práctica de las mismas es producto de la actividad del alma o del entendimiento y no del cuerpo; en cambio, la profesión de las armas es exclusivamente dependiente de las operaciones corporales; y, supuesto que lo ejecutado por el espíritu o por su potencia intelectiva, por su naturaleza espiritual, excede en dignidad a lo ejecutado por el cuerpo, no cabe sino conceder que las letras superan en rango a las armas.

En realidad, este modo de argumentar en pro de la preeminencia de las letras sobre las armas constituía un tópico muy socorrido en los tradicionales debates sobre las armas y las letras. Así en Tirante el Blanco (1490), de Martorell, donde este debate aparece en el formato equivalente de la disputa entre la sabiduría, con la que estarían asociadas las letras, y el ardimiento, con el que se asociarían las armas, la princesa de Constantinopla, Carmesina, a quien le corresponde defender la sabiduría ante su padre el emperador frente a su madre la emperatriz, la abogada del ardimiento, argumenta que la primera supera al segundo, porque, mientras la sabiduría es un producto del entendimiento, que es espiritual e inmortal y el don más excelente del hombre, el ardimiento, en cambio, depende del corazón y del cuerpo, que son mortales:

“Sabido es que la sabiduría es don de la naturaleza y está en el entendimiento, que es el mayor señor de todos y el más noble. Y ardimiento está en el corazón, y si un poco lo tocáis, prestamente se muere, y el cuerpo está perdido”{10}.

Y, en unos términos más parecidos ya a los del discurso del Quijote sobre las armas y las letras, hallamos ese modo de razonar en El Cortesano (1528) de Baltasar de Castiglione, donde a la defensa que hace el Conde de la preeminencia de las primeras sobre las segundas, replica Bembo con el mismo argumento que don Quijote pone en boca de los abogados de las letras:

“Yo no sé, señor Conde, por qué queréis que este nuestro Cortesano, tiniendo letras y tantas otras buenas calidades, tenga todas estas cosas por ornamento de las armas, y no las armas con todo lo demás por ornamento de las letras, las cuales, por sí solas, sin otra compañía, llevan tanta ventaja a las cosas de la guerra cuanta es la que el alma lleva al cuerpo. Porque el exercicio dellas así pertenece propriamente al alma como el otro de las armas pertenece al cuerpo”{11}.

Pero don Quijote no está conforme con esta forma de argumentar basada en la oposición excluyente del cuerpo con las armas y el alma espiritual con las letras y contraataca alegando que, si bien es cierto que el ejercicio de las armas es un ejercicio corporal, no es únicamente corporal sino también cosa del espíritu, una actividad tan espiritual como la involucrada en la profesión de las letras. Y lo demuestra enumerando varios hechos que revelan el carácter espiritual de la profesión de las armas y que las armas no se ejercitan sólo con el cuerpo o con la mera fuerza física.

En primer lugar, el desempeño de las armas implica actos de fortaleza, pero éstos no se pueden ejecutar sin mucho entendimiento y el entendimiento es algo espiritual; en segundo lugar, razona don Quijote, el ánimo del guerrero trabaja tanto con el espíritu como con el cuerpo en el ejercicio del mando sobre un ejército o en la defensa de una ciudad sitiada; por último, hay toda una serie de operaciones específicas de la profesión de las armas o de la milicia, como conjeturar el intento y designios del enemigo, las estratagemas, las dificultades que afrontar y la prevención de los daños que se temen, que son acciones del entendimiento y, por tanto, acciones espirituales. Vale la pena cita la exposición del propio don Quijote:

“Quítenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir y a lo que ellos más se atienen es que los trabajos del espíritu exceden a los del cuerpo y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester más de buenas fuerzas, o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos mucho entendimiento, o como si no trabajase el ánimo del guerrero que tiene a su cargo un ejército o la defensa de una ciudad sitiada así con el espíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza con las fuerzas corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los designios, las estratagemas, las dificultades, el prevenir de los daños que se temen; que todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte alguna el cuerpo. Siendo así, pues, que las armas requieren espíritu como las letras…” I, 37, 392

El contraargumento de don Quijote tan sólo prueba que las armas también son una actividad del alma y que, por tanto, sobre esta sola base, las armas igualan en dignidad a las letras; pero no se infiere que las superen. Don Quijote es consciente de ello y a continuación alegará las razones que, a su juicio, fundamentan su tesis de la superioridad de las armas sobre las letras, pero este asunto escapa ya de nuestra jurisdicción.

Los deseos y la razón

Cervantes es consciente de las complejidades de la mente humana, como los conflictos y tensiones entre su área cognoscitiva o racional y el área irracional. Un buen ejemplo de ello es la manera como en la novelita interpolada en el Quijote, El curioso impertinente, analiza el conflicto entre el deseo y las potencias superiores del alma, como el entendimiento y la voluntad. En esta novela de carácter psicológico-moral el narrador revela una gran maestría y finura en el tratamiento del desarrollo de la lucha entre el deseo y el entendimiento y de sus fatídicas consecuencias para lo personajes que no adoptan la postura correcta en la forma de afrontar la contienda que viven en sus almas entre el deseo y la razón. Los tres personajes principales, Anselmo, Lotario, amigos, y Camila, esposa del primero, se ven envueltos y comprometidos en la dinámica del deseo, que pone en marcha Anselmo: “Me fatiga y aprieta un deseo tan extraño y tan fuera del uso común de otros” (I, 33, 330) y que inmediatamente pone en conocimiento de su amigo Lotario:

“El deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa, es tan buena y tan perfecta como yo pienso, y no puedo enterarme en esta verdad si no es probándola de manera que la prueba manifieste los quilates de su bondad, como el fuego muestra los del oro”. I, 33, 331

Pero aunque es Anselmo el que excita el deseo malsano e impertinente de querer probar la virtud de su esposa, será en el alma de su amigo y fiel Lotario donde con más fuerza se va a librar la batalla entre el deseo y la razón. En una primera fase, Lotario, un hombre de buen entendimiento y discreto, se pone en el lado correcto de la contienda. Conocido el deseo de Anselmo, Lotario, haciendo buen uso de su buen entendimiento, le expone a su amigo toda una batería de poderosas razones para refrenar su deseo y hacerle desistir de su intento, en el que quiere comprometerle a él, pues es a él a quien pide que se ofrezca, siendo su mejor amigo, a probar a Camila solicitándola o tratando de enamorarla.

En una segunda fase, luego de aceptar la petición de Anselmo, es cuando Lotario va a vivir “en continua batalla por resistir a sus deseos” (I, 33, 346), una batalla que sus deseos van a ganar a su buen entendimiento, el cual, en vez de generar buenos pensamientos como sucede en la primera fase de su evolución psicológico-moral, va a fabricar “malos pensamientos” (I, 34, 360), acomodados a su nueva situación, en que Lotario, ante la hermosura y virtudes de Camila, juntamente con la ocasión proporcionada por su marido (los deja solos durante ocho días conviviendo en la casa de Anselmo), aunque “hacíase fuerza y y peleaba consigo mismo por desechar y no sentir el contento que le llevaba a mirar a Camila” (I, 33, 346), termina enamorándose de Camila y ella de él, y ambos gozándose en ello.

A la postre el deseo de Anselmo termina arrastrando a Lotario convirtiéndose en esclavo de un mal deseo amoroso –“mi mal deseo”, dirá el propio Lotario (I, 33, 338)-, olvidando, como advierte el narrador, que “sólo se vence la pasión amorosa con huilla y que nadie se ha de poner a brazos [se ha de enfrentar] con tan poderoso enemigo” (I, 34, 348). Pero, lejos de huirla como mejor estrategia racional, Lotario se entrega deliberadamente al juego de buscarla, pero la pasión le enciende con tanta fuerza que ni su buen entendimiento, ni su virtud, prudencia, amistad ni fidelidad a Anselmo, serán suficientes para apagar su lascivo deseo, que se alzará con la victoria sobre su entendimiento y virtud. Y lo mismo podría decirse de Camila, cuya bondad y honestidad tampoco bastarán para sofocar la pasión amorosa que también se apodera de ella. Los tres pagarán con sus vidas el haber dejado, en uso de su libre albedrío, que un mal deseo, un necio e impertinente deseo en el caso de Anselmo y uno lascivo en el de Lotario y Camila, domine sobre la razón. En la comedia El Laberinto de amor, un personaje, el duque Anastasio, lanza un advertencia sobre los peligros de que la razón no domine al apetito, sino que éste señoree sobre ella: “Cuando del apetito es sojuzgada/ la razón, no hay respeto que se mire,/ ni justa obligación que sea guardada”{12}; pues bien, El curioso impertinente no es sino la exploración del sojuzgamiento de la razón por el apetito y los desastrosos efectos de tan errónea forma de afrontar la relación entre el deseo y la razón.

El alma, principio vital

Hasta aquí hemos hablado del alma como principio de la vida mental, como sujeto de actividades mentales, a veces, como acabamos de ver, en conflicto. Pero en el tiempo del Quijote al alma se el atribuía otra función, la de ser un principio vital (anima), lo que hace que el cuerpo esté vivo, de forma que mientras estamos vivos es porque tenemos un alma. Esta idea de alma, que se remonta a los griegos, se mantuvo en la filosofía medieval y renacentista, no siendo cuestionada hasta Descartes, para quien el alma es sólo un principio de la vida psíquica, y es también la de Cervantes, según se espeja en el Quijote, donde hay un pasaje en el que, de pasada, don Quijote, en un coloquio con don Diego de Miranda, alude a la idea del alma como principio que anima al cuerpo: “Las almas que nos dan vida” (II, 16, 666).

Las almas dan vida, pero también la quitan. En efecto, si el alma como principio vital da vida, también la quita cuando se separa del cuerpo y lo abandona, dejando a éste convertido en un cadáver. Esta idea de la muerte como separación o abandono del alma o espíritu del cuerpo es la que subyace a la descripción de Cervantes de la muerte de don Quijote, el cual muere justamente cuando su alma le deja o abandona su cuerpo: “Dio su espíritu, quiero decir que se murió” (II, 74, 1104). Y puesto que murió cristianamente, murió con la convicción de que su alma, una vez separada del cuerpo, emprende su vida inmortal como espíritu desencarnado.

El origen creado del hombre

Un componente capital del dualismo antropológico espiritualista es la doctrina creacionista sobre el origen del hombre y, por tanto, del alma. Ya sabemos que, de acuerdo con la teología natural de Cervantes, la existencia de Dios como supremo creador y hacedor es una tesis racionalmente probada mediante la prueba teleológica, lo que, sin duda, le invitaba a pensar igualmente en el origen creado del hombre como una tesis racional y no un mero asunto de fe. En el Quijote hay algún rastro de la idea creacionista del hombre como tesis racional, sobre todo en la proclama de don Quijote sobre la creación del hombre como un ser libre: “Me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres” (I, 22, 207), una proclama que queda un poco más difuminada en este otro pasaje: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos” (II, 58, 984).

Pero es más perceptible su presencia desde el punto de vista de la teología cristiana y su exégesis del relato del Génesis de la creación del hombre, según la segunda versión o la versión yahvista, de acuerdo con la cual Dios creó la pareja humana primigenia, primero a nuestro primer padre Adán, y luego, a partir de la costilla de éste, a Eva, nuestra primera madre. Es Lotario en El curioso impertinente quien echa mano de esta versión del relato de la creación del hombre como preámbulo para encuadrar el matrimonio como un sacramento de institución divina inmediatamente después de la creación de nuestros primeros padres y, al explicar el significado sacramental del matrimonio, de acuerdo con la interpretación teológico-cristiana de este sacramento, utiliza el dualismo antropológico carne o cuerpo/ alma, dando, pues, por sentado que la naturaleza dual del hombre se remonta al momento de su creación y que fue Dios mismo el que creó al hombre como un compuesto dual y no de otra clase (I, 33, 339).

No obstante, el tratamiento del origen del hombre como ser creado por Dios desde la perspectiva racional de la teología natural halló su lugar en el discurso de Tirsi sobre el amor en el primer libro de Cervantes, La Galatea, donde, luego de ascender desde los hechos del mundo y del hombre hasta Dios y establecer la existencia de Dios como creador y hacedor del mundo y del hombre, se da un paso más y se desciende desde Dios al hombre para ofrecernos una exposición de la creación divina de éste último como un ser dotado de razón y de la libertad del libre albedrío{13}. Y lo hace en unos términos muy similares a como lo hacían otros autores de la época, como fray Luis de Granada en su Introducción del Símbolo de la Fe, que bien pudo influir en Cervantes. Una referencia específica al origen creado del alma se halla en la pregunta de Cristina en el entremés El vizcaíno fingido: “¿Qué es lo que traes, amiga Brígida, que parece que quieres dar el alma a su Hacedor?”{14} y en el Persiles: “Porque las almas todas son iguales de una misma masa en sus principios criadas y formadas por su hacedor”{15}.

Por cierto, esta última cita y su continuación: “…y, según la caja y temperamento del cuerpo donde las encierra, así parecen ellas más o menos discretas y atienden y se aficionan a saber las ciencias, artes o habilidades a que las estrellas más las inclinan” revelan la influencia o, por lo menos, la afinidad con el pensamiento de Huarte de San Juan{16}. Como Huarte, Cervantes sostiene que las diferencias entre los hombres de aptitudes intelectuales o, como diría Huarte, de ingenios, y de las correspondientes diferencias de disposiciones para las ciencias y artes no depende del alma, pues éstas han sido creadas iguales, sino del cuerpo, que es individualmente distinto según su compostura o caja y temperamento y según estas cualidades, que a su vez dependen de la composición humoral, especialmente de los humores dominantes en el cerebro, así sus aptitudes intelectuales y sus disposiciones para las ciencias y las artes. Obsérvese la semejanza de las palabras de Cervantes, de las que es portavoz Mauricio, con éstas otras de Huarte:

“Esta variedad de ingenios, cierto es que no nace del ánima racional, porque en todas las edades es la mesma… sino que en cada edad tiene el hombre vario temperamento y contraria disposición… De donde tomamos argumento evidente que, pues una mesma ánima hace contrarias obras en un mesmo cuerpo por tener en cada edad contrario temperamento, que cuando de dos muchachos el uno es hábil y el otro necio, que nace de tener cada uno temperamento diferente del otro”{17}.

La única diferencia con respecto a Huarte está en que Mauricio, que es astrólogo, quizá por ello da una importancia a la influencia astral en el origen de las aptitudes humanas para las ciencias y las artes que el primero no está dispuesto a conceder.

El hombre y los animales

En la filosofía antropológica clásica se destacaba la razón o el entendimiento como propiedad esencial específica del hombre que lo distingue de los animales. El papel de la razón o entendimiento es, como ya dijimos más arriba, de primer orden en el Quijote porque es un elemento esencial en la caracterización del protagonista de la obra: un hombre dotado de mucho y claro entendimiento, y así lo muestra en sus fases de lucidez, pero que lo tiene desquiciado por culpa de su demencia. Cervantes habla también del entendimiento en relación con muchos otros personajes de la novela, y lo mismo sucede en su obra literaria en general. Por si esto fuera poco, en el Quijote se hace referencia expresa al entendimiento y la capacidad de razonamiento como rasgos específicos del hombre frente a los animales. El narrador, al describir la conducta del cabrero Eugenio con una cabra fugitiva del rebaño, que habla con ella como si fuese un ser humano, nos dice que le habló “asiéndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y entendimiento” (I, 50, 513), lo que sugiere que la capacidad de entendimiento y discurso es una facultad específica humana que, de ningún modo, cabe atribuir a los animales, tal como una cabra, y el narrador ironiza a costa del cabrero por tratar al animal como si al igual que los humanos éste estuviera dotado de la capacidad de entendimiento y discurso.

Una referencia más directa y doctrinal a la razón como facultad que traza una diferencia específica entre el hombre y los animales se halla en El coloquio de los perros, un lugar muy propicio para ello, en que Cipión, sorprendido ante el hecho de que él y Berganza hablan y razonan, lo que rebasa los términos de la naturaleza perruna, le comenta a su compañero: “Hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella que la diferencia que hay del animal bruto al hombre es ser el hombre animal racional, y el bruto, irracional”{18}.

Cervantes en esto, como en tantas otras cosas, se sitúa en la tradición aristotélico-escolástica sobre la diferencia entre la naturaleza humana y la de los animales. No sólo por poner la razón y el discurso como frontera que separa al hombre del animal, sino también por reconocerle al animal otras facultades, como la memoria y cierto género de inteligencia. Cipión comenta que ha oído a la gente encarecer la mucha memoria de los perros, así como su carácter agradecido y fiel, y Berganza añade que, si bien propiamente los animales carecen de entendimiento, algunos, como los elefantes, en primer lugar, y los perros, a continuación, parecen, sin embargo, tenerlo.

Cervantes está, pues, muy lejos de sostener la concepción mecanicista de los animales, iniciada por Gómez Pereira y continuada por Descartes, que reduce a éstos a meras máquinas. Y la sensibilidad de Sancho con su rucio y el buen trato que le dispensa está en las antípodas de la insensibilidad e indiferencia al sufrimiento animal de los mecanicistas, tal como Malebranche, a quien la idea del automatismo de los animales le condujo a ignorar el dolor de su perra con la alegación de que se trataba simplemente de una máquina.

La libertad

Otro elemento capital de la filosofía antropológica dualista era la concepción del hombre como un ser libre. Durante el periodo renacentista se escribió abundantemente sobre este tema, hasta el punto de convertirse en un tema habitual la exaltación de la libertad humana. Cervantes se halla en sintonía con esta tendencia del pensamiento, que en el pensamiento español del Siglo de Oro tuvo una gran repercusión. En el Quijote y en general en toda su obra son frecuentes, como ya hemos visto en otros lugares, las referencias a la libertad o al libre albedrío como rasgo fundamental del hombre y es un factor clave para entender a muchos de sus personajes y sus obras, todo lo cual hace de Cervantes uno de los pensadores que más persistentemente han abogado por la libertad humana.

Cervantes la defiende contra toda forma de determinismo que pretenda excluirla, ya sea el determinismo natural o cósmico, psicológico o teológico. No niega la determinación causal, sea de Dios, de factores naturales o psicológicos o antropológicos relativos a la naturaleza humana, pero nada de esto fuerza o arrastra al hombre a actuar de una determinada manera, si no es con el asentimiento de su libre albedrío. En contradicción de la sentencia de Séneca de que “los hados conducen a quien los acata, a quien los resiste lo arrastran” (ducunt volentem fata, nolentem trahunt), Cervantes sostiene, por el contrario, que ninguna determinación causal puede arrastrar al hombre, con lo que da a entender que quienes afirman lo contrario, confunden la causalidad determinista con la coacción. Pues, como dice don Quijote, los astros, aunque influyen en la vida humana hasta el punto de causar algunas de nuestras inclinaciones, una creencia comúnmente aceptada en la época, no nos fuerzan a obrar de un modo o de otro; él mismo está convencido de que su inclinación a las armas se debe a una influencia astral, la de haber nacido bajo el signo de Marte, pero no se le impone, si nuestra voluntad se opone, aunque, puede ocurrir, como en su caso, que su voluntad sea conforme, pero es la voluntad libre la que manda y no los astros (cf. II, 6, 592). Pues bien, lo que don Quijote establece para el caso de los astros, se puede extender a las demás causas que determinan al hombre, que ninguna de ellas le fuerza a actuar en un sentido prefijado. En suma, para Cervantes libertad y determinación causal, lejos de ser incompatibles, son conciliables.

La libertad, proclama don Quijote, es uno de los más altos dones dados por Dios al hombre cuando lo creó, y esa libertad sólo cuando es racional puede preservarse como tal, esto es, sólo cuando el poder de decidir está dirigido por la razón, se convierte en un poder mediante cual el hombre se erige en señor de sus obras, capaz de controlar sus afectos, deseos e inclinaciones, de corregirlos, frenarlos o encauzarlos. Un ejemplo de esto es el propio don Quijote en relación con el problema ya citado de la influencia astral en la vida humana que a él le inclina a dedicarse a las armas, cuando después de reconocer su inclinación a éstas por influencia de Marte, termina afirmando que “será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo [le espeta a su sobrina que pretende persuadirle de que no es apto para las armas] lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea”, con los cual da a entender que la razón y la voluntad libre humanas están por encima de nuestras inclinaciones e influencias astrales; si fuera el caso de que la razón le hiciera ver que las armas no son lo suyo, su voluntad libre frenaría y abandonaría tal inclinación, como hace precisamente al final de la novela cuando sana y ya en pleno ejercicio de su razón y libertad, reniega de su breve pasado como hombre de armas. En el terreno más doctrinal, la estrecha vinculación entre razón y libertad se halla expuesta en el pasaje del ya mentado discurso de Tirsi en La Galatea, en que habla de la creación divina del hombre como un ser libre y dotado de razón, una razón que presenta como una “despierta centinela”, gracias a cuya guía de la voluntad libre el hombre no queda sometido al imperio de sus deseos, afectos e inclinaciones, sino dotado de un poder de frenarlos o corregirlos{19}.

Otro aspecto fundamental de la idea cervantina de la libertad como libre albedrío es la visión del hombre como un sujeto activo, que a través de sus acciones construye, dentro naturalmente de los límites de la naturaleza o esencia invariable que el hombre se supone que tiene, su carácter, se crea a sí mismo como un ser virtuoso o vicioso y, en definitiva, edifica su vida como una obra suya, como resultado de las obras que escoge realizar. En virtud de su libertad el hombre es, pues, a la vez producto de sí mismo, su propia obra: “Cada uno es hijo de sus obras”, proclama don Quijote (I, 4, 50) y artífice de sí mismo, de su fortuna, ventura o destino, como anuncia también el ingenioso hidalgo apropiándose de una fórmula de Salustio: “Cada uno es artífice de su ventura” (II, 66, 1054), bien es cierto que el poder que aquí se reconoce al hombre, hechura de sí mismo, sobre el curso de su vida se inscribe dentro del inescrutable plan de la providencia divina.

Como firme adalid del libre albedrío, también defiende obviamente la capacidad del hombre de modificar su carácter y sus inclinaciones; lo que no es modificable es su esencia humana, que se postula que es invariable. Los personajes de Cervantes saben que el carácter de una persona no está prefijado en su naturaleza, ni sus virtudes ni vicios, sino que el uno y los otros dependen de la voluntad humana, la cual, en virtud de su libertad, puede hacer que el hombre altere y mejore su carácter y se libere de sus vicios y malas acciones. Los personajes de Cervantes, puesto que se consideran libres, saben que siempre está en sus manos mejorar su vida moral o aferrarse a su mala vida como decisión de su voluntad libre. Ellos creen en definitiva en la capacidad humana de regeneración y, por tanto, en el arrepentimiento, en la posibilidad de la enmienda, en la responsabilidad y en la retribución o sanción de sus obras{20}.

Mujeres y varones

En la exposición precedente de la filosofía antropológica cervantina nos hemos centrado en los rasgos o atributos comunes a todos los miembros de la especie humana por razón de ser humanos. Pero cabe abordar el tema del hombre desde la perspectiva de los sexos que componen la especie humana. Y esta perspectiva también existe en el Quijote, donde se hallan dispersas diversas observaciones sobre el diferente perfil psicológico-moral de los dos sexos, varones y mujeres, en que se divide el hombre.

Por comparación con el varón, la mujer es “animal imperfecto” (I, 33, 336). Tal es la principal tesis sobre la mujer que nos avanza Cervantes utilizando como portavoz a Lotario, un caballero florentino, virtuoso y discreto, uno, como ya hemos visto, de los tres personajes principales de El curioso impertinente, un relato que, por su carácter psicológico-moral, resulta muy apropiado para las consideraciones sobre las diferencias entre varones y mujeres, que precisamente abundan en esta novelita interpolada. Esta idea sobre la mujer fue muy popular durante la baja Edad Media y el Renacimiento entre los espíritus cultivados, como el propio Lotario refleja en la ficción, entre quienes se convirtió en un tópico muy repetido en la forma de esa fórmula lapidaria, sin más explicaciones, como si se tratase de algo de sobra conocido entre las personas letradas. Una buena muestra de todo ello la tenemos en el libro, ya citado más arriba, de Castiglione, El Cortesano, que tan popular y leído fue durante el Renacimiento, en el que se reitera el tema en varias de sus páginas, particularmente aquellas en que se debate sobre las cualidades de la mujer o de la dama perfecta{21}.

El tópico sobre la mujer como animal imperfecto procede, en realidad, de Aristóteles, el verdadero artífice de semejante idea sobre la mujer{22} y que, por tanto, no se puede comprender bien sin tener en cuenta sus explicaciones, que Cervantes, al igual que muchos otros, omite, bien es cierto que hay quien, como Castiglione, alude, al menos, a su trasfondo aristotélico, lo que en su caso es comprensible dado el formato de ensayo de su libro. La tesis aristotélica es el resultado combinado de sus concepciones sobre la digestión y especialmente sobre la reproducción. La razón inmediata de que la mujer sea un animal imperfecto reside en su diferente papel en la reproducción: el varón, en tanto macho, es un principio activo, portador en su esperma de la forma de la especie transmitida a la descendencia; en cambio, la mujer como hembra es sólo un principio pasivo, que desempeña el papel de materia en la reproducción, pues se limita a recoger el esperma en su seno y a proporcionarle materia y alimento por medio de su sangre menstrual, la cual es, en la hembra embarazada, el material a partir del cual se desarrolla el embrión en el seno materno, pero las determinaciones de la forma humana de la cría sólo proceden del macho.

Ahora bien, la raíz última de que la mujer sea un animal imperfecto en comparación con el varón es que la mujer es por naturaleza más fría y esa frialdad de naturaleza es la que impide que produzca, como el macho, el esperma, portador de la forma o plano del nuevo ser, y que, en cambio, sólo produzca sangre menstrual, base de la materia del nuevo ser procreado. Para entender cabalmente esto último es menester remitirnos a la concepción aristotélica de la digestión. Según el filósofo griego, la digestión es una cocción interna que tiene lugar en el estómago, que funciona como una especie de cacerola, calentada por el calor interior del cuerpo producido en el corazón, que es una especie de fogón que produce ese calor interior que calienta al estómago y demás órganos. Pues bien, una vez cocidos los alimentos en el estómago, tras ser preparados para ello mediante la masticación bucal, las partes aprovechables se asimilan en el intestino –las no aprovechables o residuos descienden por el intestino para su evacuación por el ano- y se transforman, por cocciones sucesivas, en sangre y otros tejidos, en grasa, en carne, en esperma en los machos y en sangre menstrual y leche en las hembras. Pero mientras los machos en su última cocción de la sangre producen el esperma, las hembras, en cambio, no son capaces, como los machos, de llevar el proceso de cocciones sucesivas hasta su extremo, que es la producción de esperma en la última cocción de la sangre, un proceso que sólo el macho, el animal perfecto, es capaz de llevar hasta el final porque genera suficiente calor para destilar el esperma. Pero las mujeres, animales imperfectos, a causa de su frialdad natural, son incapaces de generar la temperatura requerida para producir el esperma.

La idea de la mujer como animal imperfecto, basada en la consideración físico-biológica de ésta como una hembra lastrada por la impotencia, a causa de la frialdad de su naturaleza, para destilar o producir por cocción el esperma a partir de las alimentos digeridos, no tiene un alcance meramente biológico, sino que se extiende al terreno moral e intelectual. La mujer no es sólo por su constitución físico-biológica inferior al varón, sino que también lo es moral e intelectualmente. De hecho, en Cervantes la caracterización de la mujer como animal imperfecto es sólo el preámbulo para exponer su pensamiento sobre la inferioridad moral de la mujer, manifiesta en la fragilidad de ésta, en su flaqueza natural, que la predispone más fácilmente que al varón a incurrir en el mal, por lo que es recomendable no ponerle tropiezos que puedan inducirle a hacer el mal. Por ello, nada más afirmar de ella que es animal imperfecto añade por boca de Lotario: “Y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga, sino quitárselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfección que le falta, que consiste en el ser virtuosa” (I, 33, 336-7).

Lotario desarrolla la idea de la fragilidad y flaqueza moral de la mujer, en cuanto animal imperfecto, a través de una serie de metáforas iluminadoras encadenadas, mediante las cuales se pretende poner de relieve que incluso la mujer modélica, que es la mujer virtuosa, honrada y honesta o casta, es moralmente débil por naturaleza y propensa a la caída, si no se le deja el camino expedito de obstáculos. En efecto, la mujer virtuosa, honrada y honesta es, en primer lugar, un armiño, pero, a diferencia de éste, que según la leyenda prefiere inmolarse antes que perder su blancura, a la mujer es mejor no ponerle delante el cieno, porque quizá no tenga la virtud o fuerza natural suficiente para enfrentarse al cieno y superar los obstáculos o embarazos; en el terreno de las relaciones heterosexuales si a la mujer se la expone al cieno “de los regalos y servicios de los importunos amantes”, se corre el riesgo de que pierda su honestidad, como le sucede a Camila precisamente ante el asedio a que es sometida por Lotario, a petición de su marido Anselmo.

La buena o virtuosa mujer es también como un “espejo de cristal luciente y claro”, pero sujeto a empañarse u oscurecerse ante cualquier aliento que lo toque; como una “reliquia” o como “un jardín lleno de flores y rosas”, que se pueden contemplar, pero no tocar o manosear. Previamente a todo esto se había dicho que una mujer bella, virtuosa y honesta como Camila es “un finísimo diamante”, una idea que, sin duda, se puede extender a cualquier mujer de tal calibre moral (“no hay joya en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada”), pero si aun el diamante podría romperse, con mayor razón la mujer, siendo animal imperfecto proclive a sucumbir ante los obstáculos, puede quebrarse.

La mujer no sólo es moralmente frágil, quebradiza, por naturaleza, sino que, según Lotario, posee un mayor ingenio para el mal que el varón, aunque éste se halla contrarrestado por el hecho de que asimismo su ingenio para el bien supera al del varón: “Pero como naturalmente tiene la mujer ingenio presto para el bien y para el mal, más que el varón…” (I, 34, 357).

El tópico más repetido en la obra cervantina acerca del carácter moral de la mujer es el de ser mudable, fácil o inconstante, antojadiza y caprichosa, del que es portavoz Cardenio en el Quijote en referencia a su amada Luscinda: “¿Quién hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y sabido el confuso pensamiento y condición mudable de una mujer? Ninguno, por cierto” (I, 27, 268) y reiteradamente mencionado en otros escritos suyos: “Ha dado la palabra –expone un criado de Artandro, caballero aragonés, pretendiente y raptor de Rosaura- de ser esposa de Artandro; y agora, por cumplir con la condición mudable de la mujer, la ha negado y entregádose a Grisaldo”{23}; “¡Oh mujeres, mujeres, todas, o las más, mudables y antojadizas!”{24}, proclama el personaje del soldado en La guarda cuidadosa; “Que deseos de mujer / se mudan a cada paso”{25}, comenta el cautivo español Oropesa; Arnaldo, príncipe heredero de Dinamarca, enamorado de Auristela, alimenta la esperanza de conseguir la voluntad de ésta, a pesar de haberle confesado su voluntad de mantenerse virgen toda su vida, pensando en la variación de los tiempos y en “la mudable condición de las mujeres”{26}; el narrador pone en la boca del anciano criado de Ruperta, una dama viuda, esta declaración: “Murmuró de la facilidad de Ruperta y, en general, de todas las mujeres y el menor vituperio que dellas dijo fue llamarlas antojadizas”{27}. La facilidad de Ruperta y de las mujeres, que misóginamente les atribuye el criado, no tiene nada que ver con lo que hoy se entiende cuando se habla de la facilidad de una mujer, a saber que se presta sin resistencia a mantener relaciones sexuales, sino inconstancia o volubilidad. Ruperta es fácil por su carácter inconstante o mudable, pues repentinamente pasa del extremo de querer asesinar a Croriano, hijo del asesino de su marido, a quien en venganza quiere arrebatar la vida, al extremo de enamorarse de él, nada más ver la hermosura de su rostro cuando se disponía a apuñalarlo, y a entregarse a él como esposa{28}.

La condición voluble y antojadiza no es la única cualidad negativa asignada a la mujer. He aquí otros de sus defectos señalados en el Quijote: “La natural inclinación de las mujeres, que por la mayor parte suele ser desatinada y mal compuesta” (I, 51, 519). O en otras obras suyas: “Pocas veces se desprecian las riquezas ni los señoríos, especialmente las mujeres, que por naturaleza las más son codiciosas, como las más son altivas y soberbias”{29}, un pensamiento que el narrador pone en la cabeza de Sinforosa, hija del rey Policarpo; “Las mujeres somos naturalmente vengativas, y más cuando nos llama a la venganza el desdén y el menosprecio”{30}, proclama la hechicera Cenotia como un pensamiento que da por sabido de su interlocutor Antonio el padre; “Indiscretas somos –anuncia Auristela o Sigismunda- las mujeres, mal sufridas y peor calladas”{31}.

La inferioridad intelectual de la mujer es otro cliché misógino al que se alude tanto en el Quijote como en el resto de la obra cervantina. Ya hemos visto antes cómo Cardenio habla del confuso pensamiento de las mujeres; y a continuación del mismo pasaje del Quijote en que a las mujeres se les atribuye un ingenio más presto para el bien y para el mal que el de los varones, sin embargo, se les niega tal ingenio para razonar: “Puesto que le va faltando [se sobreentiende ingenio] cuando de propósito se pone a a hacer discursos…”). En otros lugares de sus obras, también se tilda de confuso el discurso o razonamiento de las mujeres: “Parienta es la confusión / del discurso de mujer”{32} concede la mora Arlaxa; o se menosprecia su intelecto: a la observación del pastor Lauso de que la pastora Clori, como mujer, sigue su costumbre, ella replica que sigue lo que es razón, pero Lauso contrarreplica que “será milagro / hallarla en las mujeres”{33}.

En el terreno emocional o afectivo, se nos da una de cal y otra de arena. La de arena o nota negativa se refiere a la irracionalidad de la mujeres en asuntos amorosos, un prejuicio muy extendido que el autor pone en la boca de don Quijote: “Ésa es natural inclinación de mujeres, desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece” (I, 20, 179), quien se pronuncia así luego de oír el cuento de la Torralba, relatado por Sancho, en el que la pastora de este nombre se distingue precisamente por amar a un pastor que la desdeñaba. La de cal o nota positiva la pone el propio narrador: “Las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas” (I, 37, 391).

En resumidas cuentas, las mujeres comparten con los varones una serie de atributos en cuanto miembros de una misma especie humana: ambos están igualmente compuestos de cuerpo y alma, su alma es espiritual e inmortal, poseen entendimiento y su voluntad es libre, pero están desigualmente dotados en el terreno intelectual y moral, poseyendo en general los varones una mejor dotación intelectual y moral que las mujeres. Esto no quita para que Cervantes se entregue a la creación de personajes femeninos excelentes, que sobresalen por su inteligencia, virtud y discreción, lo que algunos críticos consideran estar en contradicción con su imagen negativa de la mujer en comparación con el varón.

A nuestro juicio no hay en ello contradicción alguna: Cervantes parece pensar que, aunque algunas mujeres puedan estar intelectualmente dotadas y ser virtuosas y honestas, la mayoría de ellas lo son menos que los varones y además, incluso aquellas que son inteligentes y virtuosas, están más inclinadas que los varones a incurrir en el mal o en el pensamiento confuso. Una mujer puede ser buena, discreta y de buen entendimiento y, a pesar de todo, tropezar y caer, por su natural inclinación, como es el caso de Camila o de Leandra, de quien se nos dice precisamente que “los que conocían su discreción y mucho entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura y a la natural inclinación de las mujeres, que por la mayor parte suele ser desatinada y mal compuesta” (I, 51, 519). En la historia de Leandra ve el cabrero Eugenio, que había sido uno de sus pretendientes, un compendio de los tópicos misóginos sobre la mujer y ello le impulsa a seguir el camino, que estima acertado, de “decir mal de la ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus promesas muertas, de su fe rompida y, finalmente, del poco discurso que tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen” (I, 51, 520).

Está claro, en vista de todo lo anterior, que Cervantes compartía los prejuicios machistas o misóginos de su tiempo. Cabría alegar en su defensa que son sus personajes, y no él mismo, quienes hacen declaraciones negativas sobre la mujer y que el narrador, a lo más que llega, es a reflejar los pensamientos adversos de sus personajes, pero ello no quiere decir que los comparta. Es cierto todo esto. Pero aun así, no creemos que Cervantes se libre de compartir la opinión común de su tiempo sobre la inferioridad de la mujer, pues, aunque es verdad que son sus personajes los que se pronuncian en tal sentido, no es menos verdad que son tantos los personajes que se pronuncian de tal manera y tan variados socialmente y en cuanto a su formación, que se vuelve harto difícil excluir o excusar a Cervantes de un prejuicio tan extendido en la sociedad de su tiempo. En las opiniones misóginas coinciden personajes pertenecientes a todo el espectro social y cultural de aquel tiempo: nobles y villanos, cultos o letrados y analfabetos. No obstante, carece de sentido intentar acusar o censurar a Cervantes por abrazar un punto de vista sobe la mujer que compartía todo el mundo en su época; juzgar los personajes del pasado con los ojos de hoy y los criterios morales actuales es, además de un anacronismo, una injusticia y una necedad.

——

{1} La última vez en “De la teología a la filosofía de la religión”, El Catoblepas, nº 180, verano de 2017.
{2} Sobre la estructura jerárquica de las potencias mentales del alma véase santo Tomás, Suma teológica, I, q. 78, a.1.
{3} Véase Suma teológica, I, q. 78, artículos 1, 3 y 4.
{4} De Trinitate, X.
{5} Un buen reflejo de esta discrepancia sobre la noción de la memoria como potencia sensitiva o como facultad superior intelectiva al lado de la inteligencia y la voluntad se halla en el propio santo Tomás, en Suma teológica, I, q. 79, a. 6 y 7, quien reconoce que la memoria, amén de estar en la parte sensitiva del alma, también, en cuanto depósito de las especies inteligibles y recuerdo del entendimiento de algo pasado, reside en su parte intelectiva, pero se niega, a diferencia de san Agustín y Pedro Lombardo, a reconocerla como una facultad propia distintiva del entendimiento.
{6} Cf. IV, pág. 440.
{7} II, 7, pág. 320.
{8} IV, 11, pág. 695.
{9} Véase Teatro completo de Miguel de Cervantes, pág. 799.
{10} Tirant lo Blanc, Alianza Editorial, 2006, pág. 449.
{11} Op. cit., I, 9, pág. 125.
{12} Miguel de Cervantes, Teatro completo, vv. 1351-3, pág. 494.
{13} Cf. op. cit., IV, pág. 440.
{14} Miguel de Cervantes, Teatro completo, pág. 782.
{15} I, 18, pág. 243.
{16} Como ya vimos en la sección final de nuestro estudio sobre la interpretación filosófica del Quijote del krausista Federico de Castro “El materialismo de Sancho y el armonismo del Persiles”, El Catoblepas, nº 137, 2013.
{17} Examen de ingenios para las ciencias, Editora Nacional, 1976, cap. 2, pág. 87.
{18} Novelas ejemplares, II, pág. 299.
{19} Véase nota 6.
{20} Para un análisis más amplio y de detallado de la libertad en Cervantes remitimos a nuestros estudios “El pensamiento de Cervantes no es fatalista” y “Libre albedrío contra determinismo fatalista”, éste último en dos partes (1) y (2), todos ellos publicados respectivamente en El Catoblepas, nº 152, 2014; nº 154, 2014; y nº 155, 2015.
{21} Cf. op. cit., II, c. 7, págs. 218 y 222; y III, c. 2, pág. 237, en la cual hay dos menciones.
{22} Es sobre todo en el libro primero de su tratado De generatione animalium, que trata de la reproducción en general y del papel de cada sexo en ésta, donde expone la tesis sobre las hembras en general, de cualquier especie animal sexuada, y las mujeres, en cuanto hembras, como animales imperfectos. Un resumen muy didáctico sobre las ideas de Aristóteles sobre la reproducción con especial atención a la idea de las mujeres como animales imperfectos puede verse en Jesús Mosterín, Aristóteles, Alianza Editorial, 2007, págs. 284-7.
{23} La Galatea, V, pág. 514.
{24} Miguel de Cervantes, Teatro completo, pág. 769.
{25} El gallardo español, I, vv. 996-7, op. cit., pág. 45.
{26} Persiles, I, 2, pág. 136.
{27} Op. cit., III, 18, pág. 597.
{28} Ibid., págs. 594-6.
{29} Op. cit., II, 6, pág. 313.
{30} Op. cit., II, 11, pág. 353.
{31} Op. cit.,IV, 11, 695.
{32} El gallardo español, vv. 748-9, en Miguel de Cervantes, Teatro completo, pág. 38.
{33} La casa de los celos, vv. 1165-8, op. cit., pág. 141.

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28 abril 2018… BERLIN… y Occidente…

SS Marched / Badenweiler Marsch

Stunde Null Germany after May 1945 The End of Germany

Berlin 1945 – Restart

Flying over the ruins of Berlin in 1945 (in color), Part 1

Flying over the ruins of Berlin in 1945 (in color), Part 2


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EN EL PARLAMENTO BELGA:

Mario Díaz Fernández denuncia Pornografía Infantil y violaciones.

La Religión de las Violaciones

Cosificación


Hombres ¿Ustedes son Perdedores?

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Genocentrismo XXV.

MIÉRCOLES, 18 DE ABRIL DE 2018

173) Genocentrismo XXV

Genocentrismo XXV.

Manu Rodríguez. Desde Gaiia (18/04/18).
*

*Volviendo al aquí y al ahora. El marxismo como sionismo, y el cristianismo… La ‘intelligentsia’ judía, los intelectuales orgánicos del sionismo. Desde Pablo… Hoy están en todos lados, en todas las ramas de la cultura, también en la cultura de masas, que es en gran medida obra suya. También en las ciencias de la vida se han infiltrado estos intelectuales orgánicos (Boas, Gould, Lewontin…).
Llamo la atención sobre el hecho de que el grupo étnico más etnocéntrico que ha conocido este planeta (los judíos –el ‘pueblo’ elegido) es el más empeñado en convencer al resto de los pueblos que las diferencias étnicas entre los humanos no existen. ¿Qué pretenden?
El cristianismo, el marxismo, el psicoanálisis… son instrumentos de alienación y de dominio. Aturden, confunden, hipnotizan a las víctimas.
La negación de las diferencias étnicas huele a programa genocida. Aquí no hay ciencia, ni verdad. Hay más política y ambición de dominio en esta negación de las razas o etnias que en la afirmación de éstas. Y no promete nada bueno. Se diría que la intención es la destrucción de esta diversidad, la homologación étnica y cultural de los diferentes grupos humanos. ¿Con qué intención, me pregunto; qué pretenden? Todo parece indicar que cuentan con un programa oculto. Hay que andar con mucho cuidado con las ideas presuntamente científicas de estos sionistas (no digo judíos), sobre todo en las ciencias de la vida.
Atiéndase a las palabras de Lewontin en “Confusions About Human Races” (2006): “…The last fact about genetic differences between groups is that these differences are in the process of breaking down because of the very large amount of migration and intergroup mating that was always true episodically in the history of the human species but is now more widespread than ever. The result is that individuals identified by themselves or others as belonging to one “race,” based on the small number of visible characters used in classical race definitions, are likely to have ancestry that is a mixture of these groups…”
“El último hecho acerca de las diferencias genéticas entre los grupos es que estas diferencias están en proceso de desintegración debido a la gran cantidad de migración y apareamiento inter-grupal que siempre fue ciertamente episódica en la historia de la especie humana, pero ahora está más extendida que nunca. El resultado es que los individuos identificados por ellos mismos o por otros como pertenecientes a una “raza”, basados en el pequeño número de caracteres visibles utilizados en las definiciones raciales clásicas, probablemente tengan (lo tendrán, en el futuro) ascendencia que sea una mezcla de estos grupos…” De esto se trata. Éste es el programa oculto. Éste es el futuro que nos tienen preparado.
Por último, estas palabras de Charles Murray in “The Inequality Taboo” (2005): Lewontin’s position, which quickly became a tenet of political correctness, carried with it a potential means of being falsified. If he was correct, then a statistical analysis of genetic markers would not produce clusters corresponding to common racial labels… In the last few years, that test has become feasible, and now we know that Lewontin was wrong. Several analyses have confirmed the genetic reality of group identities going under the label of race or ethnicity. In the most recent, published this year, all but five of the 3,636 subjects fell into the cluster of genetic markers corresponding to their self-identified ethnic group. When a statistical procedure, blind to physical characteristics and working exclusively with genetic information, classifies 99.9 percent of the individuals in a large sample in the same way they classify themselves, it is hard to argue that race is imaginary.
“La posición de Lewontin, que rápidamente se convirtió en un principio de corrección política, llevó consigo un posible medio de ser falsado (probar si una teoría es falsa; término ‘popperiano’). Si estuviera en lo cierto, entonces un análisis estadístico de los marcadores genéticos no produciría racimos (‘clusters’) correspondientes a las etiquetas raciales comunes… En los últimos años, esa prueba se ha hecho factible, y ahora sabemos que Lewontin estaba equivocado. Varios análisis han confirmado la realidad genética de las identidades grupales bajo la etiqueta de raza o etnia. En el más reciente, publicado este año, todos excepto cinco de los 3.636 sujetos cayeron en el grupo de marcadores genéticos correspondientes a su grupo étnico auto-identificado. Cuando un procedimiento estadístico, ciego a las características físicas y que trabaja exclusivamente con información genética, clasifica al 99,9 por ciento de los individuos en una muestra grande de la misma manera que ellos mismos se clasifican, es difícil argumentar que la raza es imaginaria.” (Subrayado mío).
Tanto el ensayo de R. C. Lewontin, como el de Charles Murray, pueden encontrarse fácilmente en internet.
¿Qué sentido tiene, por qué la extinción de los grupos étnico-culturales que promueven los ideólogos sionistas; para qué? Es un claro genocidio a escala planetaria. Un genocidio enmascarado en pseudo-teorías (marxistas, pseudo-científicas), y en el nombre de la ‘humanidad’. En el nombre de la comunidad judía, hay que decir.
De un lado el claro etnocentrismo (el pueblo elegido), del otro lado no cesan de difundir ideologías universales (religiosas y políticas) entre los otros pueblos –ideologías universales transétnicas y transculturales que no les afecta, pues ellos son los únicos que nunca dejan de ser lo que son (étnica y culturalmente). Los otros dejan de ser lo que son (étnica y culturalmente) para convertirse en cristianos, o marxistas. Huelen mal estos mesianismos. El marxismo, la dialéctica materialista, es un instrumento, un cebo y un cepo…
Es notorio el cómo han transformado la cotidianidad de los pueblos blancos; sus raíces culturales (desde la cristianización hasta la actual proletarización en marcha). Su poder mediático (medios de comunicación), la industria del ocio (cine, documentales históricos, series de televisión…). Véase el caso de los EEUU: política, filosofía, economía, pintura, música… costumbres de todo tipo. Dirigen nuestra cotidianidad más allá de toda medida. La enrarecida atmósfera etno-cultural que vivimos lleva la marca judía (en amplio sentido).
*En lugar del término ‘raza’, aplicado a los seres humanos, podríamos usar términos como ‘subespecie’ o ‘subtipo’, y estos deberían ser estudiados en genética de poblaciones –su origen, su evolución, su desarrollo… Es un deber profundizar en estas diferencias. La gran familia ‘humana’.
La relación de cada unos de estos grupos humanos (o variedades) con los diferentes entornos geográficos, climáticos, vivientes (flora, fauna…). La conservación de estos subtipos del cariotipo humano es esencial. La diversidad y riqueza étnica y lingüístico-cultural de la especie humana es un legado que a todos los grupos humanos pertenece.
*Hablando de reducionismo, de lo que se trata ahora (con Gould, Lewontin et al.) es de reducir las ciencias de la vida al marxismo, como otrora al judaísmo (el ‘génesis’ bíblico) o al cristianismo. En cualquier caso, conceptos claves en Lewontin y otros (co-evolución organismos-entorno…) están claramente tomados de Vernadsky-Lovelock. ¿Qué mayor construcción del nicho que la transformación de la geología, clima, temperatura del planeta y demás tras la aparición de la vida? En este sentido Lewontin es un plagiario que no cita siquiera sus precedentes al respecto, nada que ver con la probada honestidad intelectual de Lynn Margulis (también judía), o Peter Westbroek (entre otros).
Recientemente encontramos entre algunos científicos judíos (biólogos, psicólogos, psiquiatras, sociólogos…) una reivindicación de Lamarck y la ‘herencia de caracteres adquiridos’ apoyándose en los avances en epigenética (vease Jablonka, Lamb, o Gissis&Jablonka, ‘Transformations of Lamarckism’, 2011). En ‘Epigenetic Transmission of Holocaust Trauma’ de Natan P.F. Kellermann, publicado en 2013, se nos habla incluso de una ‘transgeneracional transmisión de trauma’. Debería estar claro que tal ‘trauma’ se transmite vía cultural, y que son los judíos los más interesados en mantener viva, y no sólo entre su población, la memoria del discutido ‘holocausto’. Pero, ¿cómo es posible que se puedan transmitir, vía genética (epigenética), experiencias personales psicológicas, y no se transmita la circuncisión, por ejemplo? Los niños judíos y musulmanes llevan miles de años sometiéndose a la circuncisión, y el nacimiento de niños judíos o musulmanes sin prepucio sería una prueba incontestable de la herencia de caracteres adquiridos, pero tal cosa, obviamente, no está sucediendo.
Hay muchas costumbres que tienen que ver con modificaciones del cuerpo (del fenotipo): la antigua deformación craneal en los aztecas; el alargamiento del cuello de las mujeres ‘padaung’ en Birmania; la ablación del clítoris en algunos lugares de África; las deformaciones de dientes, labios, narices, lóbulos de las orejas; las escarificaciones o tatuajes en la piel… Si la herencia de caracteres adquiridos fuera una realidad biológica ya hace tiempo que estas amputaciones o deformaciones deberían haber sido trasmitidas genética o epigenéticamente, pero tal cosa no ha sucedido. ¿Cómo es posible que se transmitan experiencias psicológicas de una generación a otra (en unos pocos años) y no se transmitan las transformaciones corporales que ciertos grupos humanos llevan realizándose tal vez desde hace miles de años?
Se ve claramente que esta vergonzosa manipulación de la verdad por parte de los ‘científicos’ judíos tan solo pretende seguir manteniendo vivo el mito del holocausto (por intereses étnicos, políticos, sociales, económicos…) apoyándose ahora en dudosas interpretaciones del evolucionismo de Lamarck. Resulta perturbador que las ciencias de la vida tomen en consideración semejantes ‘ideas’.
Podemos imaginar el inquietante futuro de las ciencias de la vida en manos del etnocentrismo y del suprematismo judío (el pueblo elegido). Pronto comenzará la persecución pública de cualquier crítica de las ‘nueva biología’ (bastará con la acusación de anti-semitismo, de probado éxito).
Tendremos una biología étnica (judía, etnocéntrica), ideológica, política (marxista)… Lo más curioso es que estas son las acusaciones que habitualmente se hace desde la filas judías a las tradiciones culturales (en amplio sentido) de los pueblos otros. Los pueblos blancos (el occidente europeo) se han visto fustigados por los intelectuales orgánicos del sionismo desde hace cientos de años. Marx supuso una renovación de las estrategias de ataque, ahora culturales, políticas, económicas, sociológicas… y finalmente científicas.
Ahora se habla de ciencia ilustrada (Lamarck), de ciencia capitalista, burguesa, o victoriana (Darwin), de ciencia proletaria (Lysenko y su lamarckismo)… Al heliocentrismo (Aristarco de Samos… Copérnico, Kepler, Newton…), pues, se le podría calificar de ciencia monárquica (recordemos al ‘rey sol’). ¿Y cómo calificaríamos políticamente la tabla periódica de Mendeleiev? Semejantes estupideces no merecen otra respuesta que la reducción al absurdo…
Los judíos (los intelectuales orgánicos del sionismo) llevan modificando el entorno cultural de los pueblos desde hace miles de años –en su propio beneficio. Esta modificación del hábitat cultural de los pueblos otros es una estrategia evolutiva; es la ‘construcción del nicho’ tal como la entiende el pueblo ‘elegido’.
Pueblos parásitos que alteran, que destruyen la herencia cultural de sus anfitriones en su propio beneficio.
Al diablo la verdad… Lo que importa es el poder, la supremacía económica, política, cultural…
*La negación del papel principal de la sustancia genética –‘No en nuestros genes’. El fenocentrismo se resiste. La fenomanía. ¿Por qué? ¿Por qué no se quiere reconocer el papel exclusivo, se diría, de los genes en la evolución? ¿Qué se teme?
Las motivaciones ideológicas y políticas (cuando no etnocéntricas, o al menos, sionistas) en la negación del papel primordial de la sustancia genética en todos los fenómenos biológicos.
La ridícula dialéctica marxista (de origen hegeliano) aplicada a las ciencias de la vida. El reduccionismo ideológico marxista se está imponiendo en nuestra comprensión de los fenómenos biológicos. La rejilla (la ‘grille’) marxista. Los grilletes. ¿Qué se pretende? ¿Qué se consigue?
No sé si hay política o ideología del lado del genocentrismo, pero lo que es innegable es que sí la hay del lado del fenocentrismo (el marxismo de Gould, Lewontin y otros).
Ahora se quiere una biología proletaria, o, como mínimo, democrática. Dado que la anterior era capitalista, o burguesa… Es el colmo de la estupidez.
Lo peor que le ha podido suceder a las ciencias de la vida es la intrusión de estos reventadores profesionales, de estos intelectuales orgánicos del sionismo marxista.
¿Qué se pretende? Introducir la discordia, la división y el enfrentamiento entre los biólogos; introducir la censura, la inquisición, la policía política… De un lado los ‘dialécticos’, del otro… A los biólogos no dialécticos (no marxistas) se les tildará de fascistas, reaccionarios, conservadores… se les arrinconará, se les hará la vida imposible. Ese es el futuro. Las ciencias de la vida dirán lo que quieran los sionistas (lo que es bueno para los ‘judíos’). No habrá verdad, ni ciencia, ni conocimiento… Será ‘1984’ cumplido, como cuando la cristianización, la islamización, o la bolchevización. Será el fin de las ciencias de la vida.
*Personajes insidiosos, particularmente Lewontin con su artículo (1997) acerca de la relevancia de la obra de Dobzhansky (Genetics and the origin of species). Insidioso, e ingrato, toda vez que él mismo fue discípulo de Dobzhansky; injusto también, el artículo podría haber tenido otro título, al menos; y superfluo, porque es como preguntarse, en el campo de la física de partículas, por ejemplo, si la obra de Bohr, o Rutherford es aún relevante. Ni el menor respeto por el que fue su maestro. Podemos compararlo con Francisco Ayala, también discípulo de Dobzhansky, y sus varios artículos in memoriam de éste (he podido encontrar tres: 1976, 1985, 2000).
El año 2001 se publicó un segundo volumen de ensayos dedicado a Richard Lewontin (Thinking about Evolution: Historical, Philosophical and Political Persectives). Maynard Smith publicó una recensión del mismo (Reconciling Marx and Darwin, 2001) en la que hacía las siguientes observaciones (entre otras):
“A theme which arises repeatedly in these essays is the conflict between ‘‘neo-Darwinism’’—the interpretation of Darwin’s ideas in terms of population genetics—and Marxist philosophy… …The idea of a gene that influences development, but is itself unaltered, is undialectical… …This dialectical view has led many of those who have been influenced by Marxism to reject the idea that genes play a special role in evolution, and to be critical of the ‘‘gene-centered’’ approach pioneered by Hamilton, Williams, Dawkins, (and others)… …It is a curious feature of this book that there is, I believe, no reference to the central dogma, or to Watson or Crick. The dogma is perhaps the only statement in biology that is at the same time general, important, and—so far as we know—true… …To sum up, I think this book illustrates the fact that dialectical materialism is antipathetic to the notion of genes that influence development but are uninfluenced by it.”
“Un tema que surge repetidamente en estos ensayos es el conflicto entre el “neo darwinismo” –la interpretación de las ideas de Darwin en términos de genética poblacional– y la filosofía marxista… …La idea de un gen que influye en el desarrollo, pero no se altera, es no-dialéctica… …Esta visión dialéctica ha llevado a muchos de los que han sido influenciados por el marxismo a rechazar la idea de que los genes desempeñan un papel especial en la evolución y a criticar el enfoque “centrado en el gen” iniciado por Hamilton, Williams, Dawkins (y otros)… …Una curiosa característica de este libro es que no hay, creo yo, ninguna referencia al dogma central, o a Watson o Crick. El dogma es quizás la única afirmación en biología que es al mismo tiempo general, importante y, hasta donde sabemos, verdadera… …Para resumir, pienso que este libro ilustra el hecho de que el materialismo dialéctico es ‘antipathetic’ (opuesto, hostil, o antagónico) a la noción de los genes que influyen en el desarrollo, pero que no son influenciados por éste…”
El artículo de Maynard Smith no deja lugar a dudas de que aquí ya no hay ciencia, sino ideología; que ya no hay voluntad de conocimiento y de verdad, sino de poder.
Añadamos estas palabras de Erik I. Svensson, On reciprocal causation in the evolutionary process. 2017 (p. 18): “The idea that genes are unaffected by environments and that the germ line is separated from the soma may seem undialectical, but it is a fact of life. Strong evidence would be required for any claims –made by EES proponents or others– that the Weismannian germline-soma separation is not valid anymore, that the so-called “Central Dogma” of molecular genetics does not hold up (Maynard Smith 1988; 2001) or that soft inheritance plays a major role in evolution (Haig 2007; Dickins and Rahman 2012).”

“La idea de que los genes no se ven afectados por los entornos y que la línea germinal está separada del soma puede parecer no dialéctica, pero es un hecho de la vida. Se necesitarán pruebas contundentes para cualquier afirmación, hecha por los defensores del EES u otros, de que la separación línea germinal-soma de Weismann ya no es válida, que el así llamado “Dogma central” de la genética molecular no se sostiene (Maynard Smith 1988, 2001), o que la herencia blanda juega un papel importante en la evolución (Haig 2007; Dickins y Rahman 2012).”
Ahora se trata de juzgar (políticamente) todas las ramas de las ciencias de la vida a través de los axiomas o premisas (cualesquiera éstas sean) del materialismo dialéctico, y de reducirlas a éste. A lo que no coincida se le considerará como pensamiento conservador, reaccionario, o de ‘derecha’ (ya se está haciendo). Pronto veremos cómo se califica de fascistas a los partidarios de la evolución centrada en los genes (en la sustancia genética, mejor).
En estos últimos años estamos siendo testigos de la estrategia de poder (y de la toma de poder) seguida por el sionismo marxista en las ciencias de la vida. Lo tenemos en los medios de comunicación, en las cátedras, en los libros de texto… Omnipresentes.
Triunfa Lamarck, Lysenko, el materialismo dialéctico; cae Darwin, Mendel, Morgan, Vavilov, Dobzhansky…, y el propio Haldane, marxista él, que tanto contribuyo al neodarwinismo, ha caído en desgracia. Cae finalmente la ciencia burguesa, triunfa la ciencia proletaria.
Vavilov, mártir de la verdad genética. La verdad genética arruina al materialismo dialéctico, como la evolución arruinaba a los creacionistas judíos, cristianos y musulmanes.
*Levins&Lewontin, en el mismo prólogo del ‘biólogo dialéctico’ dicen que el materialismo y el cambio implícitos en la evolución de Darwin son dialécticos, pero que la adaptación no lo es (es ‘cartesiana’). Al no ser dialéctica hay que descartarla. Se ve cómo prevalece la ideología sobre la ciencia, el conocimiento, o la verdad. Lo que coincida con el materialismo dialéctico pasará la prueba, contará con el ‘nihil obstat’ de los censores de turno, lo que no coincida será descartado, boicoteado, o prohibido. Los científicos que no den muestras en sus teorías o puntos de vista de suficiente marxismo serán entonces acusados, insultados, silenciados, y perseguidos.
En el materialismo dialéctico, como en otras ideologías (religiosas o políticas), la censura o aprobación nada tiene que ver con la ciencia de que se trate. Esto no sólo tiene consecuencias para el conocimiento, muchos hombres y mujeres de ciencia pagan las consecuencias de semejante control ideológico de las disciplinas del saber.
La aportación del marxismo a las ciencias de la vida: ruido, confusión.
El materialismo dialéctico en las ciencias, que cada vez tiene más fuerza, es la nueva inquisición –como lo fue no hace muchos años en la URSS. La crítica a Lysenko y al lysenkoismo que encontramos en Gould o Lewontin no debe confundirnos. Es el ‘diamat’ en acción.
La adaptación no es dialéctica, el gen no es dialéctico, así pues…
El disimulo de los marxistas; las tácticas, la estrategia…
Los desastres del ‘diamat’ en la URSS, son los errores que se advierten en los biólogos dialécticos de hoy. La represión vendrá…
Enemigo del pueblo, enemigo de clase… enemigo del ‘diamat’… burgués, idealista, mecanicista, reduccionista, reaccionario, fascista… Estos son los apelativos que los marxistas prodigan a los no marxistas. Llevan más de un siglo haciéndolo. Debemos acostumbrarnos a ellos.
“We shall go to the pyre, we shall burn, but we shall not retreat from our convictions.” Nikolai Vavilov, 1939.
El ‘diamat’, hostil (anti-pathetic) a la verdad.
Una biología marxista resulta tan estúpida, delirante y peligrosa como una biología cristiana, judía, musulmana, budista, hinduista… democrática…
Las ciencias de la vida no necesitan de ninguna ideología (religiosa o política) para llevar a cabo su cometido. Se bastan a sí mismas.
Estas ideologías quieren apropiarse o destruir el mensaje que las ciencias de la vida vienen a traernos. Manipular, distorsionar, podar… los ‘lechos de Procrustes’.
Lo que, en las ciencias de la vida, no coincida con la dialéctica materialista debe desaparecer, simplemente. Éste es el cometido de los ‘biólogos’ dialécticos, de los intelectuales orgánicos del sionismo marxista.
*Los biólogos judíos se promocionan a sí mismos (a los suyos). Adviértase esto en los textos de Gould, Rose, Levins, Lewontin, Jablonka… Como reivindican y recuperan a los suyos. Reescribir la historia de las ciencias de la vida. Las tendencias y los autores que no les vengan bien a los judíos serán difamados, ridiculizados, caricaturizados… Los antecedentes no judíos de las tesis defendidas por los judíos serán ocultados, silenciados. Los otros, los no judíos, desaparecerán de los libros y manuales.
El espíritu de cuerpo judío, su ‘eterna’ estrategia evolutiva. La negación del otro. En último término, les gustaría vernos a todos arrodillados a los pies de los suyos (Marx, Freud, Boas…).
Vernadsky no era judío, pero era soviético, bolchevique, marxista… Esto, al parecer, le salva. Pero basta leer la biografía de Vernadsky para advertir que poco o nada tenía que ver con los soviets o marxistas. Los padeció, como la población rusa en general.
Sucede igual en filosofía con los autores judíos –Derrida, Lévinas… También ellos potencian o promocionan a los suyos (a Marx y a Freud principalmente), se promocionan entre sí. Es la misma estrategia evolutiva de grupo.
En todos los campos de saber, incluso en las ciencias de la vida, hay que introducir a Marx o a Freud. Darwin es nada… La antropología darwiniana, la sociobiología, o la psicología evolucionaría son censuradas porque no les interesa, porque no son marxistas o freudianas, porque ponen en evidencia su estrategia evolutiva de poder –su suprematismo.
En resumidas cuentas, la guerra de los judíos por la supremacía (étnica, cultural, política…) se ha introducido en las ciencias de la vida (que se encontraba parcialmente libre de ellos). Desde Gould, Lewontin, Levins, Rose, Kamin… desde los años setenta del pasado siglo. Su arma predilecta es el materialismo dialéctico, aunque también hacen uso del psicoanálisis. Veamos como los biólogos gentiles salen airosos de esta prueba. Y por biólogos gentiles no me refiero tan sólo a los occidentales.
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Hasta la próxima,
Manu

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FUENTE:
http://larespuestadeeuropa.blogspot.com.es/2018/04/173-genocentrismo-xxv.html

NATALIDAD, DEMOGRAFÍA, BIOPOLÍTICA Y SEXO

SOBRE NATALIDAD, DEMOGRAFÍA, BIOPOLÍTICA Y SEXO
Publicado el 30 mayo, 2017 por danipirata80

Félix Rodrigo Mora

El desplome de la natalidad en lo que se conoce como España, la cual se sitúa ya en 1,2 hijos por mujer y continua descendiendo, sin que se atisbe ningún mecanismo de corrección, ni institucional ni popular ni espontáneo, ha llegado a ser uno de los grandes problemas de nuestro tiempo, que está demandando un trato reflexivo cuidadoso y extenso. Este artículo es, por ello, el inicio de una sucesión de intervenciones de diversa condición que irán considerando el problema en su conjunto así como sus manifestaciones parciales. Todo ello con un fin transformador y constructivo, aportar ideas para remediar la calamidad demográfica en curso, que es por ella misma catástrofe cultural, relacional, económica, asistencial y civilizacional.

El asombroso grado de embrutecimiento, ignorancia e insensibilización que padece nuestra sociedad le impide tomar conciencia y reaccionar ante las grandes cuestiones, al prestar toda su atención a cominerías y bagatelas, cuando no a autenticas depravaciones, desde entelequias politiqueras como “la lucha contra la corrupción”, esa feliz utopía para necios, hasta los planes para las próximas vacaciones o las mascotas, hoy las principales receptoras de cariño y cuidados del ciudadano medio. En efecto, mientras los niños y niñas son considerados con indiferencia emocional, cuando no con disgusto y aborrecimiento, perros y gatos, peces y pájaros, provocan efusiones sentimentales de una intensidad y persistencia que causa estupor. El amor que no se es capaz de proporcionar a los niños se da a los animales.

En ello se manifiesta también la aberrante naturaleza de la actual sociedad y de una buena parte de sus integrantes, hombres y mujeres, que colocan a los seres humanos en el último lugar, lo que es un antihumanismo de muy inquietante significación. Odiar obstinadamente lo humano y derretirse de emoción ante lo no-humano es parte medular del régimen patológicamente sensiblero-sádico de nuestro tiempo.

La inquina hacia la maternidad y hacia los niños forma parte del estado de ánimo prevaleciente. Las mujeres que se atreven a ser madres han de hacer previamente un acopio de heroísmo, pues van a ser miradas mal, vituperadas y perseguidas, por la propia familia, por la sociedad en su conjunto y, sobre todo, por la empresa donde trabajan. Todos sabemos que las mujeres-madres no son queridas en los empleos, que su estatuto laboral suele ser mucho peor que el de las que renuncian, de buena o mala gana, a la maternidad, y muchísimo peor que el de las lesbianas y que aquellas féminas que se han mutilado (ligadura de trompas, etc.) para no ser madres, para no “caer en la tentación”. Así pues, es el mismo régimen salarial, el mismísimo capitalismo, el que está haciendo caer la natalidad hasta guarismos que ya no garantizan ni siquiera la continuación de la sociedad.

Algunos, para exculpar al capitalismo, al empresariado, al sistema económico vigente, sostienen que son “las políticas de género” las responsables de la persecución de la maternidad, pero no. Tales malignas políticas son sólo una parte del problema, y además ellas mismas representan los intereses de la clase patronal. La hipocresía es mucha en este campo. Por ejemplo, la Iglesia condena el aborto pero defiende a los empresarios que obligan a las mujeres a abortar por mera codicia, para maximizar sus beneficios.

En efecto, hasta el 80% de los abortos tiene como causa última o inmediata, directa o indirecta, la presión de los empresarios y las empresarias (a veces de una agresividad superlativa) sobre las mujeres. Éstas son forzadas a echar fuera violentamente lo que llevan en su seno para que su vida laboral tenga alguna posibilidad de ser exitosa. A eso se une que el modo de vida de la sociedad urbana, atomizada, aculturada y desorganizada (donde nadie conoce a nadie y nadie se relaciona de forma intensa y sincera, estable y duradera, con nadie), hace imposible que las madres reciban la ayuda que precisan en los momentos difíciles de la crianza, sobre todo en el primer año de vida del bebe.

Dado que la familia se ha casi desintegrado, la extensa, que era la verdadera familia, hace ya mucho (la aniquiló el franquismo, tan nacional-católico él…) y la nuclear ahora, las guarderías, que pretenden, conforme a la frasecita institucional, “hacer compatible el trabajo con la vida laborar de la mujer”, no son solución, por diversos motivos, comenzando porque es aberrante que a un niño o niña de cuatro/seis meses se les deje abandonados 9-11 horas en un lugar generalmente deplorable e incluso horrendo. Tales bebés no serán personas sanas psíquicamente quizá nunca, por causa de tan antinatural tratamiento. Eso lo saben las posibles madres y muchas prefieren no serlo antes que tener que dar ese trato a sus futuros hijos.

Además, ahora la clase patronal ha aprendido a hacer algo escalofriante, no pagar la reproducción de la mano de obra, debido a que ésta llega en enormes cantidades con la emigración desde los países pobres. Así que, dado que aquélla se ha vuelto gratuita, los salarios de las y los menores de 45 años, que son los en edad reproductiva, no incluyen los gastos de crianza de nueva mano de obra, lo que es una de las causas -hay otras- que explican que sus ingresos sean, por lo general, menos de la mitad de los que tuvieron sus madres y padres en empleos similares. Este hecho económico decisivo nos condena a una catástrofe demográfica, a la extinción de la población autóctona, al exterminio étnico y la sustitución racial, lo que ya se anuncia en el virulento racismo antiblanco que el Estado español está promoviendo, por medio de sus jaurías mediáticas y callejeras. Tal medida afecta también a los emigrantes ya asentados, que son tratados del mismo modo.

Hablemos de biopolítica.

El abastecimiento de mano de obra es el problema esencial de toda sociedad. Sí, es el problema más principal, el número uno, pues sólo el trabajo humano crea valor económico. Este asunto es generalmente incomprendido por los analistas y el público, que se centran en si un país es rico o no en recursos naturales, sin comprender que éstos no pueden ser puestos en valor sin mano de obra, sin seres humanos trabajadores. Tres eran las funciones que cumplía una demografía pujante, abastecer de mano de obra a los propietarios de los medios de producción, proporcionar soldados a los ejércitos y aportar pobladores a las colonias. Así ha sido durante milenios, desde que existen las sociedades con clases sociales, propiedad privada concentrada, religión monoteísta con clero institucional y Estado.

Para asegurarse una demografía óptima se controla férreamente la vida sexual del pueblo. Ésta deja de ser la consecuencia del amor y el deseo para subordinarse a las metas biopolíticas que en cada coyuntura histórica establezca el poder constituido. La presión en ello es enorme, colosal, en un sentido o en otro, pues aunque la gente ignara no lo comprenda, los seres humanos son, también objetivamente, lo más decisivo. Han sido las religiones, junto con el Derecho del Estado y la ideología dominante impuesta desde arriba, los que han regulado la actividad sexual, hasta hace muy poco con fines natalistas. Por ello se confinaba la sexualidad en el matrimonio, se hacía del sexo meramente un medio al servicio de un fin, la reproducción, y se perseguían los erotismos no-reproductivos, sobre todo la homosexualidad y otras “perversiones”. El Código Civil francés de 1804, así como sus copias más o menos serviles, como el español de 1889, recogen tal esquema, que convierten en severísima legalidad.

Todo ello queda alterado con el fenómeno de la emigración, gracias al cual los países ricos pueden abastecerse de mano de obra, e incluso de soldados y policías, en los países pobres. Este hecho, sustentado en la revolución de los transportes y las comunicaciones, posterior a la II Guerra Mundial, ha provocado un vuelco radical en estas materias.

Examinemos algunas experiencias históricas. En Roma las viejas y sólidas costumbres familiares y sexuales de antaño quedaron radicalmente alteradas a partir del siglo II antes de nuestra era, cuando las sucesivas victorias de las legiones arrojaron sobre ella masas compactas de gentes esclavizadas, más mujeres que hombres a pesar de lo que digan los manuales de historia. En efecto, el objetivo esencial de las operaciones de conquista en el exterior no era tanto la adquisición de tierras y riquezas como la captura de mano de obra. Ésta, en la forma de esclavos aherrojados, era llevada al interior del imperio y puesta a trabajar, si bien una parte importante fue liberada en un segundo momento, o sea, convertida en apta para el trabajo por un salario, ellos o sus hijos.

Como consecuencia, la vida sexual de la población conoció un cambio enorme, ya visible en el siglo I de nuestra era. Por procedimientos muy diversos se fue desalentando el sexo heterosexual reproductivo, dado que era muchísimo más barato capturar esclavos en el exterior que criar niños y niñas nacidos dentro de las fronteras del imperio. Así fue mientras los ejércitos de la Urbe perversa y sanguinaria resultaron ser capaces de ir de victoria en victoria. Primero tuvo lugar un periodo de “emancipación” de las severas normas erótico-reproductivas de antaño, en lo que fue la “revolución sexual” del siglo I, cuya meollo era la frivolización y banalización del sexo, en un ambiente de permisividad general con todas las prácticas libidinales… menos con las que llevasen al preñamiento de las mujeres, que fue convertido en un acontecimiento crecientemente tabú. La aristocracia dio ejemplo a toda la sociedad, al negarse al sexo reproductivo, lo que fue sustituido por una muy extendida práctica de la adopción de menores biológicamente ajenos, que eran convertidos en herederos y continuadores de los linajes y las familias, en particular de las más opulentas. La manipulación de las mentes fue tan eficaz que muchas de las más respetables matronas romanas desarrollaron una fobia a la maternidad, que se convirtió en repugnancia invencible hacia lo corporal y sexual en general. Tal fue la base sociológica de la toma de posición del clero eclesial romano ante el sexo, andando los siglos.

Los problemas aparecieron en toda su magnitud cuando el imperio alcanzó sus límites máximos de expansión y las guerras comenzaron ya a ser más defensivas que ofensivas, con la consecuencia de aportar cada vez menos esclavos. Esto tuvo efectos graves pues la sociedad romana ya había perdido el hábito de reproducirse, padeciendo una natalidad baja, y la llegada de nuevas gentes por captura y esclavización era asimismo reducida y decreciente. A mediados del siglo II la situación ya estaba planteada en esos términos, pero hay que esperar todavía casi un siglo para que el problema demográfico se haga pavoroso en Roma, siendo esto la causa principal de la conocida como “crisis del siglo III”. Entonces se ha dado ya una reducción general de la población, y no hay individuos suficientes para las legiones ni trabajadores para los campos y obradores. Las ciudades comienzan a perder vecindario, a menudo hasta despoblarse por completo. La aristocracia romana pacta con los jefes de los pueblos germanos el abastecimiento de mercenarios, que aquéllos aprovechan para ir haciéndose con posiciones de más y más poder, lo que les empujará a apoderarse del imperio a partir del siglo V, si bien la operación no lleva a la liquidación de la vieja élite romana sino a la integración de los germanos en ella, en lo que fue un proceso largo y complejo.

La moral sexual se fue alterando conforme iban cambiando las condiciones biopolíticas. De la frivolidad del siglo I, con sus risibles orgías y bacanales, se va pasando a un ambiente de creciente ascetismo enfermizo, aunque sin que se vuelva a recuperar el vigor reproductivo de la Roma anterior a la expansión imperialista. Se va demonizando más y más lo corporal, el erotismo y la sexualidad, valiéndose de la ideología neoplatónica, que lleva a expresiones aberrantes de ascetismos y pseudo-espiritualidad dentro del paganismo (y después con la Iglesia, traidora al ideario cristiano), que no sólo rechazaban toda sexualidad, sino la higiene y el cuidado del cuerpo en general. Si antaño era pecaminoso tener hijos porque los esclavos resultaban más baratos, en los malos tiempos del siglo III tampoco podía haber sexo reproductivo debido a que la sociedad era demasiado pobre para permitirse los gastos de crianza y porque, en definitiva, resultaba más económico traer mercenarios germanos… De este fenomenal embrollo salió Occidente con la revolución popular altomedieval, promovida por el monacato cristiano revolucionario, que al norte de los Pirineos logra impulso una vez que el imperio de Carlomagno, la última expresión visible de la romanidad en putrefacción, se hunde, a comienzos del siglo X.

Un anuncio del presente estado de cosas lo tenemos en Francia tras la I Guerra Mundial. Ésta, con su descomunal poder carnicero y exterminador, hace añico las proposiciones axiales que sustentan el Código Civil napoleónico de 1804. Se comprende, pues murió más de la cuarta parte de la juventud masculina, a la vez que otro porcentaje similar quedo mutilado, física y/o psíquicamente. O sea, faltaban hombres, en este caso más víctimas del régimen patriarcal que las mujeres, al ser forzados por el Estado a perecer en masa en las trincheras. Así las cosas, no había otra solución que la emigración, de manera que Francia se vale de su hegemonía cultural y financiera en Europa para abastecerse con mano de obra, principalmente masculina, proveniente sobre todo de Polonia, Italia y España.

Ello enseña algo decisivo a los poderes constituidos, al capitalismo, al Estado, algo que no está escrito en ningún libro de historia pero que es decisivo: que los países ricos pueden ahorrarse los gastos de crianza, para hacerse aún más ricos, así pues, más poderosos en tanto que imperios, robando la población a los países pobres. De ese modo entramos en la edad del expolio demográfico a muy colosal escala, con países-granja, dedicados a producir seres humanos, como si fueran pollos o cerdos, para la exportación (Marruecos, Ecuador, Nigeria, etc.) y países consumidores de personas (España, entre otros).

Por eso es Francia, junto con EEUU (que es gran imperio gracias a la emigración, no a la tecnología), la que ensaya ya en los años 20 del siglo pasado los primeros esbozos de la “revolución sexual” que va a tener lugar en Occidente algo más tarde, en los 60. Su fundamento biopolítico es simple: si el abastecimiento de mano de obra e incluso de una parte de los reclutas para los ejércitos puede hacerse fuera del país es muy conveniente que dentro de él la gente tenga los menos hijos posibles, para lo cual hay que introducir cambios enormes en las mentalidades y las costumbre, alterando las nociones y vivencias decisivas sobre erotismo y sexualidad. Al mismo tiempo, se constituye el Estado de bienestar, cuyo axioma fundacional dice que a las gentes les va a cuidar y atender el ente estatal, no la familia, cuando sean ancianos o estén enfermos. La política de pensiones garantizadas para todos junto con la emigración masiva crea un nuevo orden erótico y reproductivo, justamente el que ahora se está desmoronando.

En el periodo de entreguerras aún las cosas no podían ser así del todo. Alemania se manifestó adherida a una moral sexual clásica, represiva al modo napoleónico, no porque fuera nazi, sino porque estaba obligada a ello, dado que no estaba en condiciones de capturar fuera la suficiente mano de obra. Además, al carecer de colonias no podía usar tropas coloniales, como si hicieron Inglaterra y Francia con éxito. En buena medida, Hitler atacó hacia el este no tanto para apoderarse de territorios y materias primas como para atrapar mano de obra, que necesitaba desesperadamente a fin de mantener activa su industria, en particular la militar. Por eso millones de eslavos fueron llevados a Alemania a trabajar, donde eran relativamente bien acogidos para que resultaran productivos y eficaces económicamente. Dado que los jefes nazis tenían en mente un largo periodo de guerras, conocedores de su debilidad biopolítica también por razones geopolíticas, se negaron a emplear masivamente a las mujeres en la industria militar, como sí hicieron sus enemigos, no porque fueran “más reaccionarios” que ellos (todos lo eran similarmente…), sino porque estaban obligados a hacerlo si querían disponer de muchas personas en la generación siguiente para abastecer la industria y el ejército.

Finalizada la II Guerra Mundial están dadas todas las condiciones para una revolución biopolítica y demográfica, que tenía que culminar en una manera nueva -peor, más degradada-de concebir lo erótico y reproductivo. Puesto que se esperaba un gran choque militar con la Unión Soviética, en los años 50 se mantuvo el viejo procedimiento, con una natalidad elevada, pero en el decenio siguiente ya estaba claro que no habría conflicto abierto en Europa, de manera que se puso rumbo a una transformación radical de los parámetros y procedimientos demográficos.

De ello surgió la “revolución sexual” de los 60, un icono de aquellos años, hoy olvidado, junto con el mayo francés del 68, Los Beatles, la rebeldía estudiantil, los hippies y otros antiguallas. Al examinar los libros, más o menos desprovistos de calidad y rigor, que la promueven llama la atención su orientación ideologicista, su incapacidad para establecer las bases sociológicas, biopolíticas y demográficas de los cambios en las mentalidades y las conductas entonces habidos. Todo se presenta como si las viejas reglas sexuales fueran el resultado de meras creencias irracionales, sin base en la realidad, que debían ser desechadas a través de un simple ejercicio de mentalización, de “concienciación” progresista. Se citaba a S. Freud y a W. Reich, se denostaba “la represión sexual”, se culpaba al clero y eso era todo, en lo que fue un despliegue impresionante de ramplonería intelectual, muy propia de aquellos tiempos, penosos en lo reflexivo.

Lo medular de dicha “revolución” era la sustitución del sexo con reproducción anterior por otro en el que ésta fuera escasa y a ser posible casi inexistente. Por eso su elemento central era la píldora anticonceptiva. Se esperaba que las necesidades de mano de obra quedasen cubiertas por la emigración, llegada desde los países pobres.

Pasemos a hacer cálculo económico básico. Si se sitúan los gastos de crianza familiares por persona anuales en 3.000 euros y los gastos de crianza estatales (escuelas, sanidad, etc.) en otros tanto, tenemos que a los 25 años un joven ha ocasionado un coste neto de 150.000 euros. Si multiplicamos esa suma por 7 millones, que son los inmigrantes en España hoy, hallamos una suma ligeramente superior al millón de millones, al billón de euros. Eso es lo que ha aportado a la economía española la emigración, suma proporcionada por las economías de los países pobres, dejando de lado los equivalentes monetarios y demás zarandajas contables. Es decir, cada emigrante que salta de una patera a la playa y llega a territorio español equivale a un ingreso de 150.000 euros, que es lo que habría costado criar a la persona que él sustituye, la cual no ha nacido y por tanto no ha tenido que ser mantenido. Pero eso no es todo. El emigrante medio admite salarios mucho más bajos, lo que aporta una ganancia complementaria a la clase patronal, que en conjunto es también de billones, de muchos billones.

Así pues, estamos ante un descomunal procedimiento para explotar a los países pobres y enriquecer a los países ricos cuyo balance económico hay que calcularlo ¡en billones de euros! Por eso se ha dicho que la emigración es el negocio del milenio, el gran montaje económico en el que sustenta el actual orden mundial. Por eso quienes se oponen a él o se atreven a cuestionarlo son triturados por el poder constituido. En este asunto no se admite la más pequeña discrepancia. Quienes hablamos de esto con voluntad de verdad sabemos que estamos condenados a permanecer para siempre extramuros del sistema, todo lo contrario de los denostadores profesionales del “racismo” y la “xenofobia”, que se llenan los bolsillos a base de gritar a favor de la biopolítica del capital.

Toda emigración es un expolio de la sociedad que emite emigrantes por la sociedad que los recibe. Por ejemplo, en la funesta y exterminacionista emigración del campo a la ciudad en España en los años 60 del siglo pasado, el primero ponía los gastos de crianza y el segundo, es decir, la industria y los servicios, se apropiaba gratuitamente de dichos valores al recibir a sus habitantes como emigrantes, de manera que las aldeas, que enviaron 6 millones de personas a las megalópolis, se fueron haciendo progresivamente más pobres a la vez que las ciudades más ricas. Así hemos llegado a su situación actual, de completa aniquilación, con 4.000 de ellas, la mitad de los núcleos habitados del país, al borde de su completa despoblación, al estar habitadas por unas escasas decenas o unidades de ancianos, que a su muerte (inminente en muchos casos) las dejaran completamente vacías. Sin embargo, hace sólo sesenta años estaban llenas de vida, movimiento y ruidos, con mucha población joven y cientos de vecinos[1].

El capitalismo opera de ese modo, se apropia de la población de un territorio de manera absoluta, hasta que lo agota, y luego se vuelve hacia otros territorios, a los que saquea a través del hecho migratorio, hasta agotarlos asimismo. El uso “racional” de la fuerza de trabajo exige que los costos de la crianza los paguen otros y que él, el capitalismo, se quede con la mano de obra ya criada, ya formada, apta para trabajar. Si la emigración es muy abundante, como sucede ahora, se niega incluso a incorporar al salario los gastos de crianza, recortando radicalmente aquéllos, e impidiendo a la gente en edad el ser madres y el ser padres. Algo monstruoso y trágico a la vez.

Volvamos al sexo. Para deprimir todo lo posible el nacimiento de niñas y niños, el actual sistema modificó radicalmente la sexualidad, en el sentido de hacerla todavía más aberrante y antinatural. Antes ya lo era, por colonialista, burguesa y empresarial, según el ideario avieso del código napoleónico. Pero luego se hizo aún peor. Introdujo, sobre todo, nueve rupturas, quiebras, grietas o separaciones en la heterosexualidad. Entre sexo y amor. Entre sexo y deseo. Entre sexo y creación de vida. Entre sexo y misterio. Entre sexo y erotismo. Entre sexo y animalidad. Entre sexo y belleza/sublimidad. Entre sexo y crianza. Entre sexo y cariño puro por los niños. Sobre este asunto volveremos una y otra vez, hasta lograr desmenuzar esas rupturas una tras otra, y todas en su interacción, para aproximarnos a lo que es la vida libidinal natural, prepolítica, por tanto previa a toda biopolítica.

Una vez que el hecho sexual heterosexual fue separado del amor, el deseo, la creación de vida, el misterio, el erotismo, la animalidad, la belleza/sublimidad, la crianza y el amor natural por los niños quedó convertido en un sinsentido, en algo grotesco, risible y prescindible. De ese modo dejó de interesar a cada vez más sectores, lo que lleva a la práctica anticonceptiva más eficaz, la ausencia de deseo y por tanto la ausencia de vida sexual. Se equivocan quienes creen que el erotismo es meramente una función de las fuerzas hormonales que operan en el componente zoológico del ser humano. Eso es verdad para el resto de los mamíferos pero no para nuestra especie, salvo de manera secundaria. En ella lo decisivo es lo específicamente humano, lo espiritual y cultural. Esto es así objetivamente y resulta excelente pero tiene como elemento incorporado la posibilidad de que los poderes religiosos y estatales manipulen el Eros conforme a sus necesidades económicas, políticas y militares.

Como sustitutivos proporcionó formas inferiores o aberrantes de sexualidad, la masturbación (inferior porque es solitaria, sin amor), la pornografía, la prostitución (España está a la cabeza de Europa…), el sexo con artilugios, el bestialismo (coito con animales, disculpable) y la pedofilia. Al mismo tiempo, se realiza una campaña de demonización del sexo heterosexual de unas proporciones descomunales, acudiendo a operaciones de ingeniería social tan reproblables como la Ley de Violencia de Género, que correctamente ha sido calificada de norma contra el amor y el sexo heterosexual, una de las más atroces realizaciones del feminismo de Estado, financiado al mismo tiempo por la derecha y la izquierda, por el Estado y la clase patronal.

¿Qué hace del sexo heterosexual una práctica hoy tan virulentamente odiada por todas las instancias del poder? Precisamente el que sea, o pueda ser, creadora de vida humana, reproductiva. Para que España pueda seguir siendo una potencia imperial de tipo medio en los complejos avatares de la mundialización es necesario que los gastos de crianza y reproducción se aproximen a cero. Ya estamos en 1,2 hijos por mujer y descendiendo, pero las autoridades desean que sea 0,0 hijos por mujer, esto es, que toda la mano de obra sea de importación, traída de fuera, expoliada y robada a los países pobres… Mientras haya gente disponible en éstos (quizá ya por poco tiempo, pues están agotando sus existencias), se les obligará a hacerse cargo de los gastos de crianza de la fuerza laboral destinada a servir al capitalismo multinacional cuyas sedes centrales y cabeceras están en los países ricos.

Además, el sistema de dominación vigente, dando un giro radical, ha pasado de perseguir al sexo homosexual a presentarlo como modélico y fabuloso. La razón es la misma. Ya que éste, por su propia naturaleza, es no-reproductivo, se ha convertido en el más publicitado por los medios de comunicación, con fiestas multitudinarias, como el Dia del Orgullo Gay, totalmente institucionalizada, al estar sustentada por todo el poder burgués, empresarial y estatal.

Al mismo tiempo, el sistema de dominación ha pasado a alterar cualitativamente la masculinidad tanto como la feminidad. Ya no se puede ser varón y no se puede ser mujer: hasta en estas cuestiones, tan íntimas y privadas, ha llegado el Estado a inmiscuirse, lo que es una manifestación de totalitarismo de proporciones inauditas. Ha creado una forma de ser hombre que es penosa por desprovista de magnetismo, fuerza, belleza, erotismo y virilidad. Y una forma de ser mujer no menos patética, por desexuada, zafia, agresiva, degradada y repelente, al reducir a la fémina a mera mano de obra, a ente andrógino al que se prohíbe de muchas manera la natalidad y, por ende, todo lo que acompaña a ésta en lo espiritual y lo corporal. Los robots no tienen sexo, y carecen de encanto erótico, de manera que el capitalismo quiere eso exactamente, autómatas que vayan y vengan al trabajo sin nada que los distraiga de la tarea de producir.

Aquí la misoginia campa por sus fueros. La empresa capitalista desconfía de las mujeres porque sabe que la mayoría de ellas, en torno al 80%, desean imperiosamente ser madres, y conoce que eso las distrae de sus carreras profesionales. Así que ha creado las jaurías progresistas y feministas, muy bien financiadas desde el poder estatal, para linchar a los millones de féminas que no se resignan a ser nada más que mano de obra, que anhelan la maternidad como consecuencia del amor, el deseo y la pasión. Esa virulenta policía del erotismo, la natalidad y la maternidad se encarga de una buena parte del trabajo sucio que el capitalismo necesita que se haga, constituyendo en torno al sexo heterosexual reproductivo, a la maternidad y la crianza, un enrarecido clima social de rechazo y persecución. No se olvide que el primer mandamiento del feminismo de Estado dice que “los hijos explotan a las madres”, ¡los hijos!, no los empresarios ni el fisco devorador.

Ante él muchas féminas se echan para atrás y se resignan a no ser madres, a vivir a costa de los psicofármacos (el 25% son ya consumidoras habituales, una cifra escalofriante, que muestra que el sistema está haciendo drogadictas a una parte conspicua de las mujeres), en soledad, reprimiendo su erotismo, sexualidad e instinto maternal, su necesidad de amar y ser amadas, la cual, si no puede realizarse, enferma e incluso mata a las féminas, como ya observó Freud. Esta es una de las causas del alto grado de patologías psíquicas y físicas que afectan a las mujeres en la sociedad actual, que reprime el amor, proscribe el erotismo y persigue la maternidad. Para enmendar todo esto se necesita de la revolución, dado que no son posibles remedios parciales, al situarse el mal en el meollo mismo del sistema, que es feminicida constitutivamente. En efecto: crear un mundo apto para las mujeres exige una gran revolución, de manera que todas y todos los que se integran en el sistema, al hacerse con ello parte de la anti-revolución se convierten en enemigos decisivos de lo femenino.

Es este estado de cosas el que explican textos como el de Byung-Chul Han “La agonía del Eros”, interesante como aldabonazo, aunque ya se cuida muy mucho el autor de no ir a la raíz de los problemas, para lo que se escuda en una metodología y una jerga pretendidamente “filosóficas”, un tanto ridículas, que miden el menoscabo de la libertad existente para tratar estos asuntos. Hace falta valentía y coraje, de las que aquel carece, para exponer las causas verdaderas de esa agonía de lo erótico, lo amoroso y lo sexual, muy cierta por lo demás. Tales causas están en el centro del sistema capitalista, y su análisis, en sí mismo, es altamente subversivo, o sea, está prohibido, y quienes lo hacen son perseguidos y castigados.

El grupo social que más está perdiendo con todo eso es el de las mujeres de las clases populares. La represión del deseo materno es causa primera de estados de desintegración psíquica y dolencias físicas diversas en todas y cada una de las mujeres que lo padecen, millones y millones en los países “ricos”. El libro “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, 1995, de Casilda Rodrigañez y Ana Cachafeiro muestra algunos de los perniciosos efectos de la feminicida biopolítica del capitalismo en el espíritu y el cuerpo de las mujeres[2].

En el presente, el desasosiego y descontento con la políticas anti-natalistas del capital, así como con el fenómeno migratorio que está en su raíz, crecen por toda Europa. Al mismo tiempo se alzan más y más voces poniendo en evidencia los funestos efectos, incluso económicos, de la catástrofe demográfica en curso. El paradigma biopolítico estatuido en los años 60 del siglo pasado está sobrepasado y ya no da mucho más de sí. En suma, las contradicciones internas del sistema se están agravando y se están creando las condiciones para que estos asuntos sean objeto de un debate público que vaya más allá del valeroso actuar de minorías, calumniadas y perseguidas por las fascistoides partidas de la porra del feminismo burgués y el progresismo. Millones de personas están comenzando a abrir los ojos a la verdad en estas materias. Es el momento de penetrar a fondo en ellas.

En sucesivos artículos, textos y otros elementos comunicacionales se irá haciendo, siempre primando lo positivo y propositivo sobre lo crítico. Atención pues.

[1] La destrucción, con la emigración como herramienta decisiva, por el franquismo de la sociedad rural popular tradicional propia de los pueblos de la península Ibérica, que era el orden político, convivencial y económico emergido de la revolución de la Alta Edad Media, es analizado en mi libro “Naturaleza, ruralidad y civilización”. Por eso mi posición es contraria a todas las formas de emigración, también a la actualmente en curso, con millones de personas llegando desde los países del sur. Quienes la respaldan, desde el papa a la izquierda, son los más desvergonzados agentes y servidores del capitalismo.

[2] Estos asuntos, tan fundamentales, son tratados en “Feminicidio, o autoconstrucción de la mujer”, Maria Prado Esteban Diezma y Félix Rodrigo Mora.

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FUENTE:
https://danipirata80.wordpress.com/2017/05/30/sobre-natalidad-demografia-biopolitica-y-sexo/

Le dernier homme contre le temps / Savitri Devi

Le dernier homme contre le temps
Savitri Devi

Adolf Hitler fit non seulement tout son possible pour éviter la guerre, mais il fit aussi tout ce qu’il pouvait pour la stopper. Encore et encore — d’abord en octobre 1939, immédiatement après la fin victorieuse de la campagne de Pologne ; ensuite le 22 juin 1940, immédiatement après la trêve avec la France vaincue — il tendit la main à l’Angleterre ; non pas la main d’un suppliant, encore moins celle d’un homme effrayé, mais celle d’un vainqueur clairvoyant et généreux dont la vie entière fut centrée autour d’une idée créative, dont le programme fut un programme constructif, et qui ne chercha pas querelle aux frères de sang de son propre peuple, qui vit en eux, en dépit de leur haine pour son propre nom, ses futurs amis et alliés.
Le fait que tous les efforts d’Adolf Hitler pour éviter la guerre — ou pour la terminer rapidement et victorieusement, pour le moins honorablement — restèrent infructueux, ne prouve en aucune manière son incapacité en tant qu’homme d’Etat ou en tant que stratège. Cela prouve seulement que les forces de désintégration — les forces coalisées de notre sombre époque, incarnées dans la toute-puissante juiverie internationale — étaient, en dépit de sa perspicacité, en dépit de son génie, trop fortes pour lui ; que l’époque réclamait un homme contre-le-temps encore plus dur que lui, pour briser ces forces de désintégration ; en d’autres termes, qu’il n’était pas le dernier homme contre-le-temps.
Il le savait lui-même, depuis les premiers jours de son combat. Et rien ne montre plus clairement combien il était conscient de sa propre place et de sa propre signification dans l’histoire, que les paroles qu’il adressa à Hans Grimm en 1928, pendant une conversation qui dura une heure et quart : « Je sais qu’un homme capable d’apporter une solution définitive à nos problèmes doit apparaître. Et c’est pourquoi j’ai moi-même commencé à faire le travail préparatoire ; seulement le travail préparatoire le plus urgent, car je sais que je ne suis pas celui qui doit venir. Et je sais aussi ce qui manque en moi. Mais lui reste à l’écart, et personne ne s’avance, et il n’y a plus de temps à perdre. »

Celui qui revient
Quand la justice est écrasée, quand le mal règne sans partage, alors je reviens. Pour la protection des bons, pour la destruction des méchants, pour l’amour de la justice, je renais d’âge en âge.
Bhagavad-Gitâ 4.7-8

La dernière incarnation de Celui-qui-revient — le dernier homme contre-le-temps — porte de nombreux noms. Toutes les grandes religions, toutes les grandes cultures, toutes les vraies traditions (vivantes ou passées) lui en ont donné un. Par les yeux du Visionnaire de Patmos, les chrétiens voyaient en lui le Christ, présent pour la deuxième fois : non plus un doux prêcheur de l’amour et du pardon, mais l’irrésistible chef des anges exterminateurs destinés à mettre fin à ce monde rempli de péché et à établir un nouveau ciel et une nouvelle terre. Le monde islamique l’attend sous les traits du Mahdi, qu’Allah enverra à la fin des temps, « pour écraser tout le mal par le pouvoir de son épée — après que les Juifs seront devenus encore une fois les maîtres de Jérusalem » et « après que le Mal aura enseigné aux hommes à souffler sur le feu ». Et les millions d’hindous l’ont appelé depuis des temps immémoriaux, et l’appellent encore, Kalkî, la dernière incarnation de la puissance conservatrice-du-monde, Vishnu ; Celui qui mettra fin, dans l’intérêt de la vie, à cette époque d’obscurité et qui ouvrira un nouveau cycle du temps. Je l’ai appelé ici par son nom hindou, non pour montrer une érudition que je suis loin de posséder, mais simplement parce que je ne peux pas trouver une autre tradition dans laquelle les trois types de l’existence manifestée — au-dessus-du-temps, contre-le-temps, et dans-le-temps — que j’essaie d’évoquer et de définir dans ces pages, trouvent aussi clairement leur contrepartie que dans la conception ternaire hindoue de la divinité.
Quelques mots éclaireront ce point :
La Trinité hindoue bien connue — Brahma, Vishnu, Shiva, si magistralement évoquée dans l’art hindou — est quelque chose comme la fusion de trois dieux inséparables en un seul ; quelque chose comme le triple aspect d’un dieu personnalisé et transcendant. Cela symbolise quelque chose de bien plus fondamental, c’est-à-dire l’existence dans sa totalité : manifestée et non-manifestée ; concevable, visible et tangible, et au-delà de la compréhension. Car l’existence — l’Etre — est le divin. Et il n’y a pas de divinité en dehors de lui ; et rien en-dehors de la divinité.
Or, Brahma est l’existence en lui et pour lui-même ; l’Etre non-manifesté, et donc en-dehors et au-dessus du temps ; l’Etre, au-delà de la conception de la pensée-liée-au-temps, et donc inconnaissable. Il est significatif que Brahma n’ait pas de temple en Inde, ni ailleurs. Car on ne peut pas rendre un culte à celui qu’aucune conscience-liée-au-temps ne peut concevoir.
On peut, au mieux, par l’attitude juste (et aussi par les pratiques ascétiques justes), se fondre en lui ; transcender la conscience individuelle ; vivre au-dessus du temps — dans le présent absolu qui n’admet ni « avant » ni « après », et qui est l’éternité.
Vishnu — le-conservateur-du-monde — est la tendance de chaque être à rester le même et à créer (et à procréer) dans sa propre apparence ; l’universelle force de vie opposée au changement et donc à la désintégration et à la mort ; la puissance qui relie cet univers-lié-au-temps à son essence intemporelle — chaque être manifesté par l’idée de cet Etre, dans le sens que Platon donna un jour au mot idée.
Tous les hommes contre-le-temps (tout les centres de l’action contre le temps, au sens cosmique du mot) sont des incarnations de Vishnu. Ils sont tous — plus ou moins — des sauveurs du monde : des forces de vie, dirigées contre le courant descendant du changement irrésistible qui est le vrai courant du temps ; des forces de vie tendant à rendre au monde sa perfection originelle et intemporelle.
Shiva — le destructeur — est la tendance de chaque être à changer, à mourir pour son présent et pour tous ses aspects passés. Il est Mahakala — le Temps lui-même ; le temps qui entraîne l’univers vers sa perte inévitable et, au delà de cela, vers une non moins inévitable régénération ; vers le printemps d’un nouvel Age d’Or et à nouveau, lentement et constamment, vers la dégénérescence et vers la mort, dans une succession sans fin.

Les vrais grands hommes dans-le-temps — des hommes comme Gengis-Khan — reflètent quelque chose de sa terrible majesté. Les plus grands hommes contre-le-temps aussi — dans la mesure où ils doivent tous posséder (plus ou moins) les qualités de caractère qui sont spécifiquement celles des hommes dans-le-temps ; les qualités dans lesquelles est enracinée la capacité de la violence organisée. Car Shiva n’est pas seulement le destructeur ; il est aussi le créateur — celui qui est bon, celui qui est positif — dans la mesure où toute nouvelle création est conditionnée par le changement et ultimement par la destruction de ce qui existait avant. Il est — en tant qu’essence du changement destructeur, en tant que le temps — tourné en avant vers le futur. Et d’autre part, le Seigneur Shiva lui-même — le temps personnifié — est aussi (bien que cela puisse paraître étrange d’un point de vue purement analytique) au-dessus-du-temps. Il est le grand Yogi, dont le visage reste aussi serein que le ciel bleu pendant que ses pieds battent le rythme furieux de la danse de la destruction, parmi les flammes et la fumée d’un monde qui s’écroule.
En d’autres termes, Vishnu et Shiva, le-conservateur-du-monde et le destructeur-du-monde, la force contre-le-temps et le temps lui-même — Mahakala — ne sont qu’un. Et ils sont Brahma, l’existence intemporelle, l’essence de tout ce qui est. Ils sont Brahma manifesté dans-le-temps (et aussi automatiquementcontre-le-temps) et néanmoins intemporel. L’art hindou a symbolisé cette vérité métaphysique par la figure de Hari-Hara (Vishnu et Shiva en un seul corps) et par la célèbre Trimurti à trois visages : Brahma-Vishnu-Shiva.
Dans l’univers manifesté où nous expérimentons à notre échelle, aucun être vivant n’incarne cette triple et complète idée de l’existence — la loi éternelle, universelle, du changement constant, et de l’aspiration permanente et de l’effort incessant pour retourner à la perfection originelle et à la paix intérieure ineffable de l’intemporalité, inséparable d’elle — mieux que l’homme éternel et qui-revient-toujours, l’homme contre-le-temps ; Celui-qui-revient, âge après âge, « pour détruire les méchants et pour établir sur la terre le règne de la justice. »
L’homme dans-le-temps peut difficilement posséder quelque chose des qualités de Vishnu, ou, comme je les ai nommées, des qualités solaires.
L’homme au-dessus-du-temps peut difficilement posséder quelque chose des qualités foudroyantes de Shiva, le destructeur.
L’homme contre-le-temps — qui vit dans l’éternité tout en agissant dans le temps, selon la doctrine aryenne de la violence dans le détachement — possède la fidélité de Vishnu pour le modèle originel de la création, la sainte furie de destruction de Shiva (en vue d’une nouvelle création), et la sérénité insondable de Brahma qui est, je le répète, la sérénité de tous les trois : la paix intemporelle au-delà du grondement de toutes les guerres dans-le-temps.
Jusqu’à présent aucun héros contre-le-temps n’a exprimé ce triple aspect de la divinité immanente avec une exactitude absolue, et aucun ne le fera, excepté le dernier.
Le dernier grand individu — une fusion absolument harmonieuse des opposés les plus tranchants, à la fois soleil et foudre — est celui que les fidèles de toutes les religions et les membres de presque toutes les cultures attendent ; celui dont Adolf Hitler (consciemment ou inconsciemment) dit en 1928 : « Je ne suis pas Lui ; mais comme personne ne s’avance pour préparer le chemin pour lui, je le fais » ; celui que j’ai appelé par son nom hindou, Kalkî, à cause de la vérité cosmique que ce nom évoque.
Contrairement à Adolf Hitler, il n’épargnera aucun des ennemis de la cause divine : aucun de ses opposants extérieurs, mais aussi aucun des tièdes, des opportunistes, des hérétiques idéologiques, des bâtards au sang-mêlé, des malades, des hésitants, des trop-humains ; aucun de ceux qui, dans leur corps ou leur caractère ou leur esprit, portent la marque des âges obscurs.

Ses compagnons d’armes seront les derniers nationaux-socialistes ; les hommes de fer qui auront surmonté victorieusement l’épreuve de la persécution, et plus encore, l’épreuve de l’isolement complet dans un monde lugubre et indifférent dans lequel ils n’ont pas leur place ; ceux qui font face à ce monde et qui le défient par tous leurs gestes, par toutes leurs paroles, par tous leurs silences ; et plus encore (dans le cas des plus jeunes), sans même le souvenir personnel des grands jours d’Adolf Hitler pour les soutenir. Ils sont ceux qui un jour, apporteront la récompense pour tout ce que les hommes contre-le-temps ont souffert pendant le cours de l’histoire, ainsi qu’eux-mêmes, pour l’amour de la vérité éternelle : les vengeurs que les 5000 martyrs de Verden appelèrent en vain dans leurs coeurs au moment de la mort, sur la rive de la rivière Aller, rouge de sang ; ceux que les millions de martyrs de 1945 — les mourants, les torturés, et les survivants désespérés — appelèrent en vain ; ceux que tous les combattants vaincus contre-le-temps appelèrent en vain, à chaque époque du grand combat cosmique sans début ni fin, contre les forces de désintégration, éternellement associées aux forces de vie.
Ils sont le pont vers la surhumanité, dont Nietzsche a parlé ; le dernier bataillon, dans lequel Adolf Hitler a placé sa confiance. Kalkî les conduira, à travers les flammes du grand embrasement final, dans la lumière du soleil d’un nouvel Age d’Or.
Nous voulons espérer que la mémoire de celui qui fut l’Avant-dernier, le plus héroïque de tous les hommes contre-le-temps, Adolf Hitler, survivra, au moins dans les chants et les symboles. Nous voulons espérer que les Seigneurs du Nouvel Age, les hommes de son sang et de sa foi,
lui rendront les honneurs divins, à travers des rites remplis de sens et d’intensité, dans l’ombre fraîche des immenses forêts régénérées, sur les plages, ou sur les sommets inviolés des montagnes, face au soleil levant.
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Extrait de Savitri Devi, La Foudre et le Soleil, troisième édition abrégée (Wellington, NZ, Renaissance Press, 1994), 74, 82-83. Première édition à Calcutta, 1958.