El destino de los mortales

viernes, diciembre 05, 2014 El destino de los mortales Comprendieron la verdad. “La existencia propia del hombre histórico significa: ser puesto como brecha en la que irrumpe y aparece la superioridad del poder del ser, para que esta brecha misma se quiebre bajo el ser.” (1935) (Martin Heidegger, Introducción a la metafísica, Barcelona, Gedisa, 1993, p. 149) En su libro La insuficiencia del discurso racional (2009), meritorio pero inaceptable intento de fundamentación del eudemonismo del bienestar, la salvación del alma, la felicidad y el amor -en suma, una recuperación del platonismo-cristianismo-, Laureano Luna confiesa lo siguiente: “la experiencia de la suprema identidad me otorgó una perspectiva de la que carecía antes: esa perspectiva me permitió comprender el error fundacional de la ideología moderna” (p. 281). • “la primera de la experiencias de la suprema identidad se prolongó durante seis o siete horas” (p. 280). • “La experiencia de la suprema identidad va acompañada de un sentimiento de amor universal y de serena felicidad. Como he dicho, el miedo a la muerte se desvanece por completo” (p. 279). • “cuando el individuo mira hacia su muerte, ya no es capaz de seguir anticipando, más allá de ese acontecimiento, el curso futuro de su flujo de conciencia: la anticipación choca ahí con un muro. Entonces ese yo que tenía como función soportar la síntesis del flujo temporal de conciencia percibe la amenaza incomprensible e insoportable de la extinción” (p. 278) • “la autoconciencia correcta es una experiencia mística” (p. 274). • “Entre el invierno y la primavera de 1982 tuve dos experiencias de la suprema identidad” (p. 271). • “probablemente también lo mismo significa amada en el amado transformada en la Noche Oscura de San Juan de la Cruz” (p. 270). ¿Y esto lo dice un nacionalsocialista? !Qué vergüenza! Ahora comienzo a entender las motivaciones que laten tras el ataque del ultraderechista Eduardo Núñez, acólito de Luna. Hace tiempo que los presuntos “fascistas”, es decir, los fascistas de verdad, somos extraños, no ya a lo que el sistema oligárquico afirma sobre nosotros, sino a aquéllo que la propia extrema derecha considera que define la propia identidad fascista.

Humanos y mortales Reivindicar en serio la verdad supone siempre, tarde o temprano, la ruina. Véase Sócrates. Y al final, moriremos. La postrera “hora de la verdad” -así se refiere a la muerte el lenguaje popular- llegará antes o después y sólo nos quedará la dignidad de haber cumplido con nuestro deber. Nada más. Pero, si esto resulta demasiado sobrio, siempre podemos cloroformizarnos con utopías, estados místicos, substancias estupefacientes o fanatismos soteriológicos. Ahora bien, es en el contexto de la ruina, y sólo de la ruina (Heidegger habla del carácter ruinante de la existencia), que puede aparecer algo así como la “ética” y el “heroísmo”. Por ejemplo, siempre nos toparemos con los humanes, dondequiera que vayamos. En todos los campos, ellos son legión, siempre más y más y más, como los rusos en el frente del Este. Y no pensemos equivocadamente que todos serían simples idiotas. La metafísica de los humanes comienza con Platón. Los más grandes filósofos han sido metafísicos, porque al final han claudicado ante Dios, la felicidad y el amor (o cualquiera de los ídolos que erigen para combatir la angustia mortal, exactamente como hace Luna, quien intelectualmente hablando es un genio, no lo olvidemos). Ahora bien, la verdad de la muerte no da poder y a la sazón, pero todavía mucho más en nuestros días, se ha tratado siempre de promover lo útil y práctico en la vida, de ser “positivos”, como los mercachifles yanquis que han hecho del “pragmatismo” su filosofía. ¿En qué puede consistir, empero, a la postre, esa “utilidad”? En el triunfo del individuo frente a aquéllo que niega sus deseos, placeres y pulsiones. Y el impulso más básico es el de vivir. Habría que negar la muerte, habría que intoxicarse con la mentira, hasta la borrachera filosófica y política (proyectos escatológicos) para evitar experimentar la desmesurada realidad -la finitud- que tenemos delante de las narices, una verdad que, sugiere Heidegger, nosotros mismos somos. A ello se inclinan precisamente las personalidades más destacadas, más brillantes, más pagadas de su “individualidad”: un yo que se quiere inmortal porque no puede aceptar la “derrota” que representa, para el ego y la narcisista “conciencia de sí”, el factum trascendental de la muerte. Nada tiene de casual que la existencia conlleve la “ruina”; reclámala, antes bien, la verdad misma. Esta lucha (Kampf) no tiene fin, su sentido es hacer aparecer el acto ético como tal: que la realización del deber, a saber, lo más alto, sea posible. Perecer, pereceremos velis nolis y, a tales efectos, tanto da, lo uno o lo otro. La finitud pugna en el bando de la necesidad. Se trataría de darle significado a algo que no lo tiene desde el punto de vista hedonista-utilitario, pero sin narcotizarse a base de vergonzantes autoengaños ansiolíticos. La batalla del final de los tiempos En medio de la derrota y la destrucción, con hordas de humanes avanzando hacia Berlín, un grupo de soldados “inhumanos” (=mortales) deciden resistir. No para “vencer”, saben que el final está cerca, sino simplemente porque han decidido cumplir con su deber. Esto es, y a ello me refiero, cuando hablo de “lo más alto” en todas las esferas de la vida; y es también lo que representa, en mi sentir, la verdadera “Alemania”. Si el nazismo tuvo algún valor, fue sólo éste, que, creo, casi ningún “nazi” de época o actual aceptaría (calificaría estas ideas de “nihilismo”). Pero Prusia se alzaba ahí majestuosa como realidad histórica objetivada. No estamos hablando de una raza, sino de unos valores institucionalizados, algo que Hegel identifica en su magna obra como “espíritu objetivo”. Y la mayoría de los soldados alemanes -sobretodo los oficiales prusianos, los celebérrimos Offizierkörper- actuaban de una determinada manera porque tales pautas de conducta formaban parte de lo más íntimo de sus vidas en todas las esferas de actividad. Incluso un feroz antiautoritario, el anarquista Bakunin, tiene que reconocerlo en su obra “Estatismo y anarquía” (1873): “los alemanes son un pueblo serio y trabajador, tienen educación, son ordenados, exactos, económicos, lo que no les impide, cuando es necesario, y sobre todo cuando son los superiores los que lo exigen, luchar excelentemente. Lo han probado las últimas guerras. Además, su organización militar y administrativa ha sido llevada al último grado de perfección, un grado que ningún otro pueblo podrá nunca alcanzar (p. 80) (…) los oficiales alemanes sobrepasan a todos los oficiales del mundo por la profundidad y la amplitud de los conocimientos, por los conocimientos teóricos y prácticos de la ciencia militar, por la abnegación ardiente a toda prueba y completamente pedante en la profesión militar, por la regularidad, la puntualidad, la maestría, la paciencia obstinada y también una honestidad relativa” (p. 113). !El ideólogo de los okupas admitiendo la honestidad de quienes encarnarían a sus -no lo dudemos- más incondicionales adversarios! Añádasele ahora la victoria, la salvación, las mieles del triunfo, etc. ¿Una Alemania opulenta? ¿Cuánto hubiera tardado en reproducir la recurrente “mermelada asquerosa” (Sartre) de los valores hedonistas? El “fascismo” es el desprecio. “Paraíso”, “felicidad” o “vida eterna”, de un lado, y “ética”, de otro, se excluyen. Kant nos lo enseñó, aunque ni siquiera él fuera totalmente coherente con su descubrimiento. Si “eso” cristiano-platónico “existiera” doquiera que no fuese en el delirio místico o los estados estupefacientes químicamente inducidos, todo resultaría más “agradable”, pero ¿dónde hallar entonces un lugar para lo ético? El acto ético se realiza a cambio de nada: ni salvación, ni victoria, ni compensación alguna, le dan “sentido”. Él es el sentido. Sólo por deber, sólo por la verdad: equivale a la más absoluta desnudez y pobreza. La ética constituye un fin en sí mismo. No existe un valor más allá de su ejercicio en medio del dolor, del barro, de los ataques del enemigo, de las difamaciones, de las amenazas terroristas (o ultras), de las persecuciones judiciales… !Ojo! !Que no hablo, o no sólo, de frentes militares, mucho menos de estéticas marciales! La vida misma -lo cotidiano, el trabajo, las relaciones sociales- es una lucha por la verdad contra los humanes y sus imposturas. Tanto más cuando la pólémica afecta a la política. Y no digo que no podamos vencer, desde luego que debemos intentarlo con todas nuestras fuerzas, pero incluso el imperio romano cayó y hay que luchar siempre haciendo abstracción de la victoria y la derrota, porque la fracaso, aunque se hiciera esperar siglos, antes o después tiene que llegar. Nosotros, empero, estamos ya de vuelta. Si el “éxito” fuese el único motivo de la lucha, más valdría deponer las armas y dedicarse a la jardinería. El “fascismo”, e insisto, no me refiero aquí tampoco únicamente a lo político o a lo militar, sino a aquéllo que vengo explicado en los posts que preceden a éste desde el año 2007, sólo existe en la lucha, en la dignidad del diario combate donde los mortales levantan la bandera de la verdad y son atacados por bandadas de “humanes” enloquecidos por de odio, aterrorizados frente a esa muerte que no comprenden -y, sobre todo, que no quieren comprender- a la caza de un chivo expiatorio, el “fascista” (o el “judío”, tanto da). Pero con la victoria termina también la lucha y comienza, casi siempre, la decadencia. El escenario debe ser, por tanto, de forma necesaria, la tempestad: “todo lo grande surge en medio de la tempestad…” (Martin Heidegger) Y quien así actuare, ése sí merecería la compensación, la vida eterna. La merecería, pero únicamente eso. Ha de perecer para que el ser (das Sein) brille sólo un instante, como una estrella lejana, en medio de los fragores y la destrucción. Todos los “valores” de la cultura: el amor, la felicidad, dios, etc., devienen baratijas que, una vez conocidas, redúcense de tamaño hasta convertirse en el equivalente de un fraude existencial. Estamos solos. Pero siempre queda la camaradería del frente, la única relación humana auténtica, que emana de una trágica verdad compartida. Tuvimos que contar con los cristianos (había muchos en Alemania, como en todos sitios, porque la “promesa” paulina de salvación siempre “vende”); tuvimos que pactar con la derecha sociológica; mas no sólo prostituyeron el fascismo originario de 1919 y lo transmutaron en una nueva versión del “pueblo elegido”, sino que nos montaron un holocausto contra los “asesinos de Cristo”, cuando el mayor mérito de los judíos era, precisamente, haber ejecutado a Cristo. “El héroe es aquél que osa ser, el que se atreve con la verdad y la experimenta en la forma de la ruina, la oscuridad y la muerte.” (Felipe Martínez Marzoa) Puedes eludir la ruina si quieres, no te lo reprocharé. Pero también podemos asumir el destino de los mortales. Senderos de gloria. Que ni el frente de lucha depende de nosotros, simples soldados que no aspiramos a la vida eterna (siendo así que nuestro “yo”, nuestra “alma”, a diferencia de los cristianos, nos importa poco), ni tampoco el momento en que las oleadas de carros enemigos despunten en el horizonte. Yo no quiero engañar a nadie. Ésta es mi única virtud. Si a pesar de todo podemos reír, entonces nuestra risa será verdaderamente “humana”. Viele Grüssen!!! Jaume Publicado por ENSPO en 1:57 p. m. 4 comentarios: E20109060 dijo… Excelente como siempre apreciado Jaume. 2:16 p. m. Jaume Farrerons dijo… Gracias. Esperemos que contribuya a reorientar las pautas de conducta políticas nacional-revolucionarias, distinguiendo lo importante (los valores éticos heroicos) de lo accesorio y caduco (caudillismo, autoritarismo, racismo, antisemitismo). Pero estamos muy lejos de haber conseguido nuestros objetivos. 10:57 a. m. Anónimo dijo… Está bien que haga referencia a Bakunin con el texto en cuestión sobre la opinión que tenía de los alemanes, pero afirmar(Aunque sea de forma simbólica) que es el referente ideológico de los okupas tiene poco sentido puesto que los llamados okupas(Muchos de ellos hijos de papá aburrridos), la inmensa mayoría ni saben quien fue Mijail Bakunin, ni han leído sus obras, en realidad les importa bien poco. 4:26 p. m. ENSPO dijo… Tiene razón, pero me refería al referente ideológico de iure (léase, más o menos: “si es que tienen alguno debería ser éste”), no a su referente ideológico de facto; quizá leen a autores más actuales o a ninguno, como muy bien sugiere usted. Saludos cordiales. 7:30 a. m. === FUENTE: http://www.nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2014/12/el-destino-de-los-mortales.html

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