HEIDEGGER: EL ENEMIGO FILOSÓFICO NÚMERO UNO

HEIDEGGER: EL ENEMIGO FILOSÓFICO NÚMERO UNO
Heidegger_1955
LA COLONIZACIÓN OLIGÁRQUICA DE LA VERDAD
sábado, agosto 04, 2012
Heidegger: el enemigo filosófico número uno (1)
Se redacta el presente artículo como reseña y réplica del de Santiago Navajas “Heidegger, el enemigo filosófico número 1”, publicado en “La ilustración liberal”, núm. 43, “Intelectuales”, en julio de 2011 (por los comentarios, no consta fecha):

http://www.ilustracionliberal.com/43/heidegger-el-enemigo-filosofico-numero-1-santiago-navajas.html

Estaba pendiente desde hace mucho tiempo, a pesar de que sin esta entrada del blog no se entiende nuestra dedicación al tema del fascismo y del holocausto a lo largo de años. Porque la finalidad de dicho análisis es construir el “segundo término de la relación” entre “filosofía y fascismo”, o sea, desembocar en Heidegger. Filosofía Crítica ha elegido tres términos de búsqueda: Heidegger, holocausto, fascismo. No por casualidad. Sólo desde la exégesis de Heidegger, es decir, del pensamiento más profundo y radical de nuestro tiempo, cabe girar, en un postrero momento, hacia la decisión, el compromiso, por mucho que contra este esquema teoría-práctica nos prevenga el propio Heidegger y, desde luego, la descripción secuencial del proceso esquematice aquello que es ya sólo una simplificación pedagógica.

La primera cuestión a subrayar por lo que respecta al artículo de Santiago Navajas es que se estamos ante un típico escrito difamatorio contra Heidegger dentro de la campaña iniciada por Víctor Farías y continuada en Francia por Emmanuele Faye, entre otros “profesionales” de la calumnia antiheideggeriana (trátase de polemistas que han convertido el ataque a Heidegger, a falta de otra cosa, en su principal actividad filosófica). Al respecto, véase en este blog, como aperitivo:

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2010/01/la-doble-muerte-de-martin-heidegger.html

Santiago Navajas
En España, y ayunas como es habitual de cualquier sombra de originalidad, tenemos a algunas “antenas repetidoras” de las ondas que llegan de Francia, por ejemplo el “nietzscheano” (que desconoce a Nietzsche) Julio Quesada. Desde el punto de vista estrictamente filosófico, aportación nula, cero patatero. Santiago Navajas se encarga, en un contexto de tareas ya de por sí bastante minoristas, del comercio al detall: hacer accesibles estas injurias, en pequeñas pastillas de consumo rápido, a los internautas que no leen libros de filosofía ni los leerán nunca. La idea es que “sepan” de Heidegger aquello que el sistema oligárquico considera que es correcto y necesario saber; en suma, la versión oficial sionista de cara a comentarios ocasionales en vermouts y comidas de negocios, para no pinchar posibles ascensos de rosados cerditos liberales “con futuro”. En un artículo que responde en unas pocas páginas a la milenaria cuestión del Ser, reduciéndola poco menos que a consignas nazis, Navajas nos presenta así a Heidegger como un teórico del exterminio en masa. No otra es la tesis de Farías y Faye, según acredita una simple lectura del texto adjunto, así que no podrán decir que estoy exagerando.

Es cierto que Heidegger fue militante nacionalsocialista, pero también, antes de afiliarse al NSDAP, habíase convertido en el pensador más importante de occidente con la publicación, en 1927, de Sein und Zeit (Ser y tiempo). Así que ya no se daba la opción de la vuelta atrás en la propaganda y se gestaron las bases del escándalo intelectual del siglo. El propio Jürgen Habermas, un antifascista nada sospechoso de simpatizar con Heidegger (Habermas, a pesar de su muy superior categoría como filósofo, trabaja también, en sus horas libres, como celoso propagador del no-filósofo o anti-filósofo Farías en Alemania) reconoció que Ser y Tiempo representaba el acontecimiento filosófico más decisivo desde la Fenomenología del Espíritu de Hegel. En suma, la cumbre del pensamiento secular, sin apelación. Dado que Habermas, con permiso de Apel, es el mayor pensador vivo en Alemania, este homenaje, posterior a la Segunda Guerra Mundial, convalidaba ya de forma irreversible tanto el rango del filósofo de Todtnauberg como los parámetros escandalosos del “caso Heidegger”.

Julio Quesada
La única posibilidad que le quedaba al sistema era construir artificialmente un filósofo del siglo XX que “compensara” el aplastante peso de Heidegger, y ahí Luwig Wittgenstein (pues ese filósofo tenía que ser judío) resultó bastante útil. Se ha intentado tambíén promover a la amante de Heidegger, judía y mujer, Hannah Arendt -la jugada entrañaba una especie de morbosidad sexual de lo políticamente correcto llevada hasta el orgasmo del inquisidor- y a otros personajes (todos judíos, pues no hay suficientes judías, al parecer), pero Heidegger sigue representando un problema, algo así como un bastión que la oligarquía no ha podido derribar e incinerar, entre lloriqueos de amor y “en aras” del “bien”, con sus bombas incendiarias “humanitarias”. Heidegger, el nazi, resiste; como una filosófica división Panzer SS que se negara a rendirse desde el año 1945. No hay forma de deshacerse de Heidegger: todo intelectual, escritor, filósofo, investigador social o simple pensante que quiera decir algo relevante en el siglo XXI ha de referirse a Heidegger y resolver, o al menos sufrir, el shok de que el mayor pensador y último filósofo digno de ese nombre haya sido, sin retractarse nunca, un “nazi” convicto y confeso. Por tanto, sólo quedaba la campaña de desprestigio personal. Inversión segura, filón infalible de autopromoción que algunos mediocres han aprovechado para hacerse un huequecito editorial y un nombrecillo en la hueste de escribientes a sueldo del sistema oligárquico.

Obsérvese que Julius Evola no les preocupa en absoluto a los inquisidores. Les preocupa Heidegger. El enemigo filosófico número 1 es Heidegger y escritorzuelos “paranormales” como Evola ni siquiera asoman los pelillos de la testa en el horizonte de un debate. Contentos pueden sentirse los “intelectuales progresistas” -y respirar tranquilos por ello- del hecho de que los fascistas, en su inmensa mayoría (con excepciones tan notorias en España como Ramiro Ledesma, fundador del fascismo español), sean personas incapaces de leer una simple frase de Heidegger sin sufrir un colapso intelectual. De este aspecto de la cuestión también nos ocupamos aquí en:

http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2008/05/heidegger-un-filosofo-fascista-en-la.html

Semejante “milagro”, que el sistema oligárquico se han encargado de remachar difundiendo precisamente a los irracionalistas entre las juventudes nacional-revolucionarias de posguerra, prodújose ya en la época de militancia nazi del filósofo. O sea, que ni siquiera podemos acusar de lo sucedido a los sevicios de información y sus agentes, quienes sólo han impulsado una intoxicación para la cual esta tropa de impresentables ya estaba bien predispuesta.

En definitiva, Heidegger lucha solo, sobrevive sin la ayuda de los fascistas que, tras la Segunda Guerra Mundial, en buena lógica estratégica deberían haber hecho piña entorno a él, como una legión, para reconstruir el “fascismo” a escala europea sin cometer los errores en que habían incurrido los derrotados regímenes de Hitler y Mussolini. El mérito de Heidegger estriba en esa capacidad inagotable de autonomía: no vive de energías prestadas, en todo caso, los fascistas, si no fuesen en su mayoría unos rematados corruptos o simples cretinos, podrían extraer inagotables fuerzas de Heidegger. En consecuencia, la maniobra de desprestigiar a Heidegger (Faye propone expulsarlo de las bibliotecas y prohibir su estudio en la enseñanza pública) ostentaría para el sistema oligárquico un carácter perentorio, porque, pese al panorama de analfabetismo filosófico fascista, siempre podría suceder que algunos “fascistas” empezaran a tomar conciencia de aquel hecho. Un fenómeno “alarmante” que, todo hay que decirlo, empieza a ser cada vez más frecuente en Europa, por mucho que los enfoques nacional-revolucionarios del tema, como era de esperar, resulten por ahora harto superficiales y disten bastante de mostrar una orientación clara y coherente.

Sobre la creciente influencia de Heidegger entre la extrema derecha europea, véase Farías, V., Heidegger y su herencia. Los neonazis, el neofascismo y el fundamentalismo islámico (Madrid, Tecnos, 2010):

http://universidad.anaya.es/documentacion/filos/TC00141801_9999991285.pdf

En otra entrada nos refererimos a una variante de esa campaña de desprestigio contra Heidegger, consistente en presentar su filosofía como la propia de un esquizofrénico (tesis del “genio local” Mario Bunge), es decir, en atacar la “salud mental” de Martin Heidegger como último y desesperado recurso para combatir con estigmas irracionales aquello que no se puede ya refutar mediante argumentos pese a que constituye una patente “amenaza neofascista”. Veremos que el (pseudo) “argumento” de la locura o enfermedad psiquiátrica arrojado sobre el adversario, mecanismo típico de la dictadura totalitaria soviética post-estalinista, y el más bajo y rastrero navajazo que usarse pueda en todo debate político o intelectual, empléase también en el occidente “democrático” contra los disidentes del sionismo. A él se agarran los que no tienen ni siquiera un dossier, los que no tienen otra cosa que su propio odio y estupidez o quizá, además de éstos, sólo la urgente necesidad de mentir, clave de todo el asunto. Pues la mentira es la esencia de nuestro tiempo y el hombre veraz podrá ser crucificado de muchas maneras, pero si es intelectual habrá que agostar la fuente de credibilidad de su capacidad mental, la forma más radical de muerte civil y reducción del molesto crítico al estado de cosa, de no-persona. No ha sido aquí el caso de Santiago Navajas y por lo tanto quede este asunto para otro artículo sobre Heidegger.

El navajazo político contra Heidegger

Navajas, siguiendo a sus maestros (Farías, Faye, Quesada) intenta la refutación mediante una estrategia fraudulenta, pero de otro tipo, consistente en lo siguiente: existe una relación entre la filosofía (de Heidegger) y el fascismo (el nazismo), no sólo entre el ciudadano Heidegger y el partido nazi. Ahora bien, en esta relación, suficientemente demostrada y probada por Farías y Faye, el segundo término no será analizado jamás. No tendremos una relación de dos conceptos, sino una relación entre un concepto (más o menos deformado) y un mito: el mito antifascista. De esta suerte, el análisis consistirá sólo en detectar los puntos de vinculación de la filosofía con el fascismo, siendo tales informaciones periodísticas ya por sí mismas pruebas de cargo contra el pensamiento heideggeriano. En efecto, el mito antifascista “define” el fascismo como “mal absoluto”. ¿Qué clase de análisis filosófico o crítico serio puede empero brotar de una tarea consistente en conectar la filosofía -una magnitud racional- con ese presunto mal absoluto -un mitema irracional-? ¿Qué diferencia podrá existir entre semejante “investigación” y el expediente de instrucción de un comisario político comunista? Ninguna. A pesar de ello, toda la abyecta tarea, el navajazo, se consumará en nombre de la ilustración, el racionalismo, el cartesianismo y la democracia. Es la versión intelectual o académica de los bombardeos a civiles con napalm bajo el estandarte de los derechos humanos.

Jaume Farrerons
5 de agosto de 2012

(CONTINUARÁ)
DOCUMENTACIÓN ANEXA

Heidegger, el enemigo filosófico número 1

Santiago Navajas

“Martin Heidegger no escribió gran filosofía a pesar de su hitlerismo; escribió gran filosofía hitleriana” (Gabriel Albiac)[1].

Los maestros terribles

El siglo XX fue pródigo en malos maestros, en malvados mentores. Rüdiger Safranski tituló su biografía sobre Heidegger Un maestro de Alemania, que hace pensar inmediatamente en aquel verso estremecedor de Paul Celan en Amapola y memoria:

La muerte es una maestra de Alemania.

“Un mauvais maître” es como denominó John Weightman a Michel Foucault en un artículo que diseccionaba su filosofía (y que rescató Arcadi Espada en español[2]), por razones semejantes a las que esgrimía Andrew Scull en su análisis de la obra del pensador francés[3]:

La facilidad con que puede distorsionarse la historia, ignorarse los hechos, menospreciarse y desestimarse las exigencias de la razón humana, por parte de alguien suficientemente cínico y desvergonzado, y dispuesto a confiar en la ignorancia y la credulidad de sus clientes.

Lo que diferencia a estos malos maestros de sus antepasados intelectuales, de Platón a Marx, es que concentraron sus esfuerzos más en la destrucción que en la elaboración de una alternativa. Si Platón, Marx y Hegel fueron los máximos defensores de una sociedad cerrada, según el célebre estudio de Popper sobre los falsos profetas del pensamiento occidental[4], Heidegger fue el precursor de una sociedad deconstruida (destruida) para la gente corriente, en la que fuese imposible habitar la cotidianidad. De ahí su compromiso onto-político con el régimen nacional-socialista hitleriano, el que habría de clausurar (desmantelar, aniquilar) definitivamente la época de autonomía del sujeto y de los ideales democráticos de la ilustración liberal, considerada por Heidegger la peor de las mixtificaciones. Entonces, y sólo entonces, cabría soñar sin cortapisas ni escrúpulos pequeño-burgueses un Orden Nuevo en el que el Ser en toda su plenitud –y no como en sus pobres manifestaciones ónticas (los hechos de andar por casa)– pudiera ser escuchado de nuevo por el Homo heideggerensis,una mezcla entre Heráclito, un campesino de la Selva Negra y un militante de Greenpeace. El Ser, entiéndase, se iguala a Alemania-Unidad-de-Destino-en-lo-Universal (Völkisch). Como se ve, del mismo modo que en el paradigma comunista, en el nacional-socialismo de corte heideggeriano también hay lugar para la utopía redentora.

Por otro lado Wittgenstein es el gran tótem de la filosofía analítica, del mismo modo que Heidegger es el aclamado gurú de los distintos -ismos continentales, del existencialismo al postmodernismo, todos ellos anti-humanistas. Aunque la Filosofía presume de su carácter eminentemente razonador, también necesita sus pequeños baños de liderazgo mesiánico, que el austriaco residente en Cambridge y el suabo al que no le gustaba salir de su cabaña representan perfectamente con una escritura no apta para no iniciados, la tendencia al “oraculismo” y el signo milenarista de sus obras: si el primero pretendía haber acabado con todos los problemas filosóficos, el segundo proclamaba que toda la metafísica occidental era un dislate en progresión. Ninguno estaba muy dotado desde el punto de vista político. Wittgenstein pretendió emigrar a la Unión Soviética para trabajar como enfermero y realizarse moralmente, siguiendo los parámetros del Homo comunistensis; Heidegger, en el otro extremo, no dudó en servir al régimen nacional-socialista de Adolf Hitler.

Por lo que hace a Wittgenstein, no hay duda de que su opción política era fruto de un temperamento moral rayano en la histeria y la mala información, sin raíces en sus concepciones filosóficas. Con Heidegger, por el contrario, la cuestión es más peliaguda, y ha dado lugar a uno de los debates más enconados de la filosofía contemporánea.

El anticapitalismo romántico de derechas e izquierdas

El affaire Heidegger viene de lejos. Para la izquierda filosófica, sobre todo marxista, Heidegger era el principal abanderado del asalto a la razón desde la trinchera del irracionalismo. El marxista clásico György Lukács pensaba que encubría bajo categorías abstractas la existencia cotidiana, lo que le convertía en el mayor promotor de la vida inauténtica. Desde la heterodoxia marxista de la Escuela de Frankfurt, Heidegger fue criticado como uno de los responsables de la ola de irracionalismo místico y mistificador que había contribuido a la llegada del nacional-socialismo al poder alemán.

Aunque no tienen que engañarnos en este campo estas críticas contra Heidegger. Lo que estaba en juego era la preeminencia en el pensamiento antiliberal, bien de la derecha ideológica, representada en su máxima expresión por Heidegger, Carl Schmitt o, en otro nivel, Leo Strauss,bien de la izquierda ideológica, con otros tantos pesos pesados: Adorno, Sartre, Althusser. Todos ellos, debeladores y despreciadores de la democracia liberal y del hombre burgués, buscaban la excelencia en un hombre nuevo que debía de emerger del sistema comunista o del nacional-socialista. Al fin y al cabo, por tanto,se trataba de una disputa colectivista contra el individualismo y la propiedad privada, en la que cada bando se sentía legitimado para usar la violencia como herramienta y el odio como pathos de acción. Así escribía Ernst Jünger, colega de cosmovisión salvaje de Heidegger:

Como somos los auténticos, verdaderos e implacables enemigos el burgués, nos divierte su descomposición. Pero nosotros no somos burgueses, somos hijos de guerras y de enfrentamientos civiles (…) La verdadera voluntad de lucha, sin embargo, el odio verdadero, se alegra de todo lo que destruye a su contrario. La destrucción es el único instrumento que parece adecuado a las presentes circunstancias.

Más recientemente, el mandarín heideggeriano francés Lacoue-Labarthe se pavoneaba de su antiliberalismo:

En este siglo, ¿quién que fuese “de derecha” o “de izquierda”, ante la mutación histórico-mundial (…) no ha sido engañado? Y ¿en nombre de qué no hubiese sido engañado? ¿En nombre “de la democracia”?

Para los analíticos era, por otro lado, el compendio del principal vicio filosófico: la oscuridad ligada a la vacuidad. Carnap eligió párrafos de Ser y tiempo para mostrar cómo se podía realizar “la superación de la metafísica a través del análisis lógico del lenguaje”.

¿Era Heidegger nazi, o algo peor?

Sin embargo, durante años Heidegger y su séquito de seguidores-aduladores intentaron ocultar y disfrazar el compromiso concreto del primero con el nacional-socialismo.Pero la publicación de las investigaciones realizadas por Hugo Ott y Víctor Farías en los años 70 resultaron ser decisivas para demostrar la vinculación efectiva, activa y estrecha del filósofo con el régimen hitleriano. Con todo, cuando la polémica llegó a España hubo un cruce de artículos en los diarios en los que un defensor a ultranza de Heidegger, el profesor Félix Duque, llegó a insultar a Mario Vargas Llosa, tachándolo de “gacetillero” desde la altura ciclópea de su cátedra, cuando el peruano publicó un artículo titulado “Führer o Heidegger” en el que relataba los descubrimientos de Farías[5].

Por otro lado, nombres muy importantes de la logia heideggeriana –el deconstructivista Paul de Man, el interlocutor privilegiado de Heidegger en Francia, Beaufret, o Blanchot, veterano de la extrema izquierda que pasó a militar en la extrema derecha– habían tenido vínculos con el nacional-socialismo, el negacionismo y el antisemitismo. Demasiadas casualidades.

Paradójicamente, al menos en apariencia,Heidegger ha sido asumido por la izquierda postmoderna por su crítica total –a fuer de totalitaria– a la Ilustración, tanto en su vertiente política (liberalismo) como ontológica (ciencia). Una vez arrumbado el marxismo como “horizonte insuperable de nuestro tiempo”, según la famosa definición de Sartre, la intelligentsia comprometida con la destrucción de la sociedad burguesa ha encontrado en Heidegger el paradigma ultra-crítico contra la democracia capitalista y cosmopolita que surge del pensamiento ilustrado y liberal. De esta manera, los dos extremos vuelven a tocarse y los pensamientos reaccionario y revolucionario unen sus fuerzas. Recordemos que los Hayek o Popper fueron una minoría en el mundo de los intelectuales durante todo el siglo XX, y que lo habitual entre los pensadores democráticos y liberales era recibir descalificaciones como la que endilgaron a Raymond Aron: “Pensador oficial del capital”.

Este antiliberalismo y antidemocratismo sigue incubando el huevo de la serpiente en departamentos universitarios que enseñan el desprecio hacia el ser humano de carne y hueso y hacia el Estado de Derecho. Por ejemplo, y situándonos en el ámbito de la filosofía española, en el libro[6] que sobre la filosofía de Heidegger escribiera Arturo Leyte, éste equipara en el epílogo, “Heidegger y la política”, los totalitarismos nacionalsocialistas y comunistas del siglo XX con la democracia liberal. Siguiendo al heideggeriano Leyte, se podría argumentar que la democracia española, como cualquier otra occidental, no es más que un simulacro de democracia bajo el que se esconde un totalitarismo no por taimado menos opresor:

En el Estado moderno (…) todo está obligado a aparecer, de manera que el conflicto es siempre confllicto óntico cuya solución sólo puede proceder de una imposición superior, ya sea una ley positiva o un führer (…) en esta figura política del Estado, es muy posible reconocer a partir de Heidegger la moderna democracia, que funciona como figura última de legitimidad siempre renovada en la que todo se resuelve sin cuestionar para nada su principio, la propia indiferenciación (…) la democracia (…) constituye el totalitarismo, aunque sea como contraimagen plural en su versión liberal.

Es decir, Leyte equipara a Adolf Hitler (Führer) con la Constitución española de 1978 (ley positiva). Aunque, para ser coherentes hasta el final, y siguiendola vía abierta dejada por su maestro, se podría pensar que es mucho peor la democracia liberal que el nacionalsocialismo. Éste descarriló pero iba en la buena senda; sin embargo, la democracia liberal, apoyada en el binomio ciencia-técnica, por un lado, y la economía capitalista, por el otro, transita de suyo por los raíles de la igualación “y en consecuencia [de] la confirmación de la pura sucesión que representa la imagen totalitaria del tiempo”.

Queriéndolo defender, en realidad Leyte ingenuamente subraya los aspectos más terroríficos de la filosofía de Heidegger, que resulta ser, desde Ser y tiempo, esencialmente política:

(…) la pregunta por el sentido del ser, con la que comienza la obra filosófica de Heidegger, también es una pregunta política.

A favor de Heidegger se argumenta que dimitió del rectorado de Friburgo a los pocos meses de comprometerse con el nazismo y de que el nazismo le concediera tal cargo. También se hace alusión a cuestiones personales como su relación con la eminente filósofa judía Hannah Arendt, que fue alumna y amante suya a la tierna edad de dieciocho años: después de la II Guerra Mundial retomaron su relación, aparentemente como si nada hubiese pasado. Arendt incluso intentó –sin éxito– que se recompusiera igualmente la relación entre Heidegger y otro de sus maestros, Karl Jaspers. Viene a sugerir el argumento que un talento filosófico-político tan grande como el de Arendt, aguzado además por su pertenencia al judaísmo, habría rechazado cualquier relación con un nazi no circunstancial.

De diferente modo que Platón los fines heideggerianos apuntan a lo mismo: la Destruktion del ser civilizatorio para preparar la venida de una sociedad regida por el instinto, el primitivismo y la dictadura de los sabios, configurados éstos como miembros de una secta místico-intelectual. La casta sacerdotal-política de la izquierda filosófica vio en el proyecto heideggeriano de una comunidad cerrada por irrompibles vínculos espirituales un sustituto de la vanguardia del proletariado. El intelectual de izquierdas podía seguir parasitando el orden democrático-capitalista haciendo una crítica nihilista del sistema que le permitía sobrevivir pero que le quitaba el poder. Es lo que Richard Wolin ha denominado “la izquierda académica postmoderna”.

La introducción del nazismo en la filosofía

Cuando murió, en 1976, la doctrina oficial respecto a la vinculación de Heidegger con el nazismo, como ya señalamos, era que supo renunciar a tiempo y que dimitió inmediatamente de sus funciones de rector de la Universidad de Friburgo, cargo para el que había sido nombrado digitalmente por Hitler y no por el Claustro. En fin… ya se sabe lo despistados e ingenuos que son los filósofos, que se caen en los hoyos mientras se dedican a contemplar las estrellas. Julián Marías sugería que criticar por sus veleidades políticas a tan eminente filósofo era “cuestión de resentidos”, y en el mismo sentido se manifestaba el francés Beaufret: “Una conspiración de mediocres en nombre de la mediocridad”.

Pero esta doctrina oficial y complaciente empezó a resquebrajarse pronto. Se conocieron dos escritos de uno de sus discípulos, Karl Löwith: “Las implicaciones políticas de la Filosofía de la Existencia en Heidegger”[7] y “Mi último encuentro con Heidegger”[8]. En esta última nota autobiográfica, Löwith, judío en el exilio romano que soporta estoicamente que su maestro le visite con la insignia del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nsdap) colgándole de la solapa, constata que Heidegger estaba de acuerdo en que su compromiso con el nacionalsocialismo echaba raíces en su propia filosofía:

(…) yo era de la opinión de que su participación en el nacionalsocialismo se encontraba en la esencia de su filosofía. Heidegger asintió a mi afirmación sin reservas (…) afirmó que no existía ninguna duda en su creencia en Adolf Hitler (…) Seguía convencido de que, ahora como antes, el nacionalsocialismo era el curso correcto para Alemania, sólo había que tratar de mantenerse y perseverar en este largo camino.

La cuestión decisiva, por tanto, reside en establecer si el compromiso de Heidegger con Hitler fue una cuestión mera y superficialmente política, en cuyo caso sí cabría exonerar su filosofía aunque se condenase al hombre o si, por el contrario, y como creían Löwith y el propio Heidegger, el vínculo entre la ontología y el compromiso personal de Heidegger era estructural y fluido.

En la década de los sesenta la cuestión se vuelve a plantear con gran virulencia debido al ataque a la línea de flotación del heideggerianismo lanzado por el líder de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno, en un libro cuyo título revela el espíritu de la crítica: La jerga de la autenticidad. Pero no será hasta la década de los 80 cuando el peso de la balanza se incline decisivamente contra Heidegger. El historiador Hugo Ott, el filólogo Víctor Farías y el filósofo (y biógrafo de Heidegger) Rüdiger Safranski establecieron irrefutablemente el compromiso político absoluto de Heidegger con el Nsdap a partir de los años 30, hasta la derrota final del nazismo, y posteriormente no hubo el menor atisbo de rectificación. Todo lo contrario, como veremos.

En 2005 Emmanuel Faye publicó Heidegger. La introducción del nazismo en la filosofía. En torno a los seminarios inéditos de 1933-1935, recientemente publicado en España[9]; y con él volvió la polémica, porque Faye se situaba en el ojo del huracan: la cuestión de los pasadizos entre la ontología y la política de Heidegger. En concreto, Faye analiza hasta la extenuación:

Textos de los años 20, como Ser y tiempo, en los que ya se advierte el núcleo filosófico del nacionalsocialismo a lo Heidegger.
Los vínculos de Heidegger con pensadores racistas. El alemán criticaba la biología darwiniana, liberal, pequeñoburguesa, y apostaba por una incardinada en la presunta ciencia aria.
Los seminarios que Heidegger desarrolló entre 1933-1935: aunque tratara de enmascararlos con títulos asépticos como, por ejemplo, “Lógica”, eran verdaderos cursos de adoctrinamiento en los vericuetos del ser nacionalsocialista.

Faye muestra la manera en que se mezcla la oscuridad propia del fenómeno hitleriano con la de las exposiciones heideggerianas.Que Heidegger era nacionalsocialista y hitleriano hasta el tuétano está más allá de toda discusión. De lo que se trata es de plantear cómo hubiera sido el nacionalsocialismo si Hitler hubiera elegido como consejeros delegados de su empresa a Heidegger, Schmitt y Jünger en lugar de a los muchos más mediocres que le rodearon. La cuestión es comparar el nacionalsocialismo elitista heideggeriano con el que finalmente se llevó a la práctica. Pero Heidegger, y esto es importante señalarlo, nunca se desmarcó del paradigma nacionalsocialista. Y su enmienda a la totalidad de la cosmovisión ilustrada, sobre todo en su vertiente política (liberalismo) y científica (tecnología), se sigue filtrando en gran parte de la intelectualidad a través del postmodernismo (etiqueta), la deconstrucción (método) y el ecologismo militante (máscara).

Algunas de las citas que extrae Faye de los cursos hasta ahora inéditos se comentan por sí solas. Por ejemplo, ésta, en quese resitúa el milenarismo clásico, con su aroma a Juicio Final, en el marco de la llegada al poder de Hitler:

El nacionalsocialismo no es una doctrina cualquiera, sino la transformación fundamental del mundo alemán y, tal como pensamos, del mundo europeo.

O esta otra, en la que, del mismo modo que Hegel vinculó su filosofía al Estado prusiano, Heidegger defiende la total servidumbre del pensamiento al Estado hitleriano:

El Estado no se sostiene apoyado contra un muro, de tal manera que podamos cogerlo y mirarlo de cerca, ni siquiera sabemos qué es el Estado, sólo sabemos que algo como el Estado está convirtiéndose. Desde luego, dentro de cuarenta años el Estado ya no será conducido por el Führer, entonces dependerá de nosotros. Esta es la razón por la que debemos filosofar.

Faye elabora un minucioso trabajo de comparación entre el lenguaje usado por los nacionalsocialistas (que expuso tan brillante como valientemente Víctor Klemperer[10]) y el empleado en las mismas fechas por Heidegger. Las correlaciones, aunque ya sabemos que no implican causalidad, muestran un indicio del paralelismo entre el nacional-socialismo obrerista de Hitler y el nacional-socialismo elitista de Heidegger: Kampf (Combate), Opfer (Sacrificio), Schick-sal (Destino), Volkgemeinschaft (Comunidad del Pueblo), Blut (Sangre), Boden (Suelo)… Y es que la relación entre Heidegger y el nacionalsocialismo fue de ida y vuelta. Si el filósofo apoyó y respaldó con su prestigio el movimiento hitleriano, “éste inspiró y alimentó su obra, de tal manera que es imposible separarla del compromiso político de su autor”.

El mínimo común denominador es el nacional-socialismo, mientras que la diferencia es sólo de grado, de acento, de matiz. De nuevo, la cita que extrae Faye es demoledora:

El nacionalsocialismo sería algo hermoso en tanto que un principio bárbaro. Es por eso que no debiera convertirse en algo tan aburguesado.

Platón también era elitista y totalitario, pero al menos comprendía las debilidades de los que no estaban a la altura intelectual exigida para entrar en el gobierno de los sabios: y no sólo les dejaba vivir, sino que no los sometía a las exigencias morales de los reyes-sabios. Heidegger, menos paciente o simplemente con reflejos sociópatas, era más radical. Un ejemplo:

[Es una pena] que la masa humana no haya tenido la dignidad necesaria para encontrar los medios de autoexterminarse por el medio más corto.

Otro:

Pueden ser incontables las víctimas. ¡Da lo mismo cuántas y por qué causas, ellas son necesarias, puesto que el sacrificio tiene en sí su propia consistencia!

Alguién podría aducir que su muerte le impidió responder y explicarse. Pero la célebre entrevista que concedió a Der Spiegel[11]en el año 1953 dejó claro que a veces el remedio de explicarse puede ser peor que la enfermedad: no sólo no pronunció una sola palabra de disculpa o arrepentimiento por haber apoyado a un régimen genocida, sino que volvió a mostrar su adhesión a los principios fundamentales del nacionalsocialismo:

(…)[que] el hombre logre una relación satisfactoria con la esencia de la técnica. El nacionalsocialismo iba sin duda en esa dirección; pero esa gente era demasiado inexperta en el pensamiento como para lograr una relación realmente explícita con lo que hoy acontece y que está en marcha desde hace tres siglos.

Además, no dejó de incidiren el suprematismo ario de corte lingüístico:

Pienso en el particular e íntimo parentesco de la lengua alemana con la lengua de los griegos y con su pensamiento;

lo que hacía que el espíritu alemán fuese más elevado que el de los demás, y esa superioridad legitimaba la discriminación.
Un poco antes había pronunciado la más estúpida y terrible boutade del siglo:

La agricultura es hoy una industria de alimentación motorizada, en su esencia es la misma cosa que la fabricación de cadáveres en las cámaras de gas y en los campos de exterminio.

¿Qué hacer con Heidegger?

La filosofía de Heidegger sin el componente hitleriano está vacía. (Con Hitler, está ciega). Los hijos intelectuales de Heidegger se cuentan entre lo más granado de la filosofía contemporánea: Hannah Arendt, Karl Löwith, Hans Jonas, Herbert Marcuse, Hans-George Gadamer, Ernst Tugendhat, Xavier Zubiri… Todos ellos se sintieron fascinados y abrumados por su genio filosófico. Que gran parte de ellos fuesen judíos añade un punto entre sarcástico y paradójico. Quizás les atraía de él su insuperable talento para el comentario de los textos. Quizás lo viesen como una especie de rabino, no por diabólico menos atractivo.

En todo caso, habría que investigar hasta qué grado les envenenó el maestro. En lugar de plantear, como se hace, que el hecho de que algunos de ellos (Arendt, Marcuse) aparentemente le absolvieran significa que Heidegger puede ser asimilado sin temor al contagio nacionalsocialista,sería más interesante, y peligroso, investigar la manera en que inoculó el germen del nihilismo por medio de su magisterio seductor. Y cómo moviliza el desencanto y el resentimiento de los intelectuales hacia el capitalismo. El filósofo alemán ejemplifica a la perfección lo que decía Robert Nozick[12]: encumbrando en el ambiente educativo, fue hecho de menos en el contexto político, aunque nunca perdió la esperanza de convertirse en la mano derecha (filosófica) de Hitler.

En una sintomática, y decepcionante, conclusión, Faye propone acabar con Heidegger ¡ocultándolo bajo la alfombra! O metiéndolo en el armario:

[Su activismo pro-hitleriano] nos impide considerarle un filósofo (…) una obra de esta naturaleza no puede continuar figurando en las bibliotecas de filosofía (…)[hay que] oponerse a su difusión en la filosofía y en la enseñanza.

Como el Cid, una vez muerto Heidegger siguió ejerciendo no sólo un magnetismo considerable entre sus huestes y un pavor ilimitado entre sus adversarios. La propuesta de Faye de censurarle para que no corrompa más la conciencia intelectual de Occidente es un triste reconocimiento inconsciente de la fuerza de sus planteamientos. Por el contrario, creo que debemos aceptar el reto heideggeriano y aceptar su invitación al duelo. Pero seamos nosotros los que elijamos las armas filosóficas. Frente a la oscuridad, optemos por la claridad y la distinción en la expresión. Frente a la hermenéutica subjetivista y ambigua, confiemos en el análisis y la síntesis. Frente a la indeterminación semántica, apostemos por el rigor en el concepto. A través de sus ataques Heidegger mostró que la competencia le venía del espíritu y el método cartesianos. Es posible que hayan sido muchos los errores de Descartes, pero sigue vivo en el espíritu ilustrado el humanismo y la racionalidad de sus propuestas, y podemos utilizarlas para enfrentarnos a los no-sujetos (zombis filosóficos como Derrida o Paul de Man, también él pro-nazi) cuyo objetivo es devorar el cerebro de los auditorios hasta convertirlos en pulpa acrítica.

En definitiva: hay que pasar a limpio la jerga oscura, disparatada y tediosa de su alemán para petulantes. En una palabra: hay que orteguizarlo. Civilizarlo. Y una vez lo hayamos fijado y dado el esplendor de la claridad, una vez hayamos hecho pasar por el aro de la cortesía filosófica su primitivismo originario, habremos de analizar hasta qué punto su denuncia de la “vida inauténtica” alcanza el núcleo de una antropología humanista en el contexto de una sociedad de dinámica liberal.

Heidegger jamás mostró voluntad de giro (Khere) hacia la luz de la razón. Y es demasiado importante (peligroso, nauseabundo, irritante, tache el lector lo que más rabia le dé) para dejárselo a los heideggerianos. Nosotros no debemos mostrar la más mínima conmiseración hacia aquel que puso su indescriptible talento al servicio del más abyecto de los regímenes. Heidegger, por tanto, resulta ser magnífico como guía (Führer) negativo.

Todo aquello que despreció debe contar con nuestra simpatía instintiva, a la espera de un análisis minucioso, y el radicalismo decisionista que propugnó como vía del pensamiento habrá que descartarlo por irracional. Su rechazo a la razón, al humanismo, a la subjetividad, al método analítico, a la claridad conceptual, en suma, a la creatividad vinculada a la libertad individual, nos tiene que hacer perseverar en los ideales y los métodos de la Ilustración Liberal: la filosofía de la individualidad y el humanismo como horizonte insuperable de nuestra época y de cualquier época. Es demasiado lo que sigue estando en juego.

[1] Gabriel Albiac, “Escribir, turbio oficio”,El Mundo, 11-XI-1999 (http://www.elmundo.es/1999/11/11/opinion/11N0007.html).
[2]http://www.arcadiespada.es/wp-content/uploads/2008/08/fuco.doc.
[3]http://www.revistadelibros.com/pdf/MenRev_135.pdf.
[4]Karl Popper,La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 2006.
[5]Mario Vargas Llosa, “Führer o Heidegger”, El País, 5 de septiembre de 1993.
[6] Arturo Leyte, Heidegger, Alianza, Madrid, 2006.
[7] V. Les Temps Modernes, noviembre de 1946.
[8] http://aquevedo.wordpress.com/2009/05/09/mi-ultimo-encuentro-con-heidegger-k-lowith-2.
[9] Akal, 2009.
[10]Victor Klemperer,LTI.La lengua del Tercer Reich, Minúscula, 2001.
[11] http://jeasacademia.wordpress.com/2008/12/20/entrevista-del-spiegel-a-martin-heidegger/.
[12]Robert Nozick,”¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?”, La Ilustración Liberal, nº 13-14.

Publicado por ENSPO en 7:34 p. m.
Etiquetas: Heidegger
3 comentarios:

FerBraz dijo…

“En definitiva: hay que pasar a limpio la jerga oscura, disparatada y tediosa de su alemán para petulantes. En una palabra: hay que orteguizarlo. Civilizarlo.”

Un momento…

¿No fue el sr. Ortega quien se hizo famoso por su frase “no es eso, no es eso” para definir la democracia española sin definirla jamás; quien se declaraba “Ni marxista ni antimarxista”, aquel estilo que Gramsci reprocharía duramente al burgués Croce y precismente (x similitud de sujetos, su pedantería y abstrusidad); no lo asimila indirectamente Lukács a ortega por irracionalista junto con Schelling? Se nota que para variar no quiso dejar a los lectores un modelo francés.

Es de destacar que el autor define la consecuencia fundamental de su artículo valiéndose de consideraciones que no dedujo él, fueron toamadas de betino craxi (lider de los socialdemócratas italianos -un liberal ‘de izquierdas’ que tuvo que exiliarse para no enfrentar la oficina anticorrupción-) quien llegó a esa conclusión.

No deja de ser paradójico (incluso es divertido) que el autor pretende demoler a un fascista oponiéndole un Ortega y Gasset, que no tuvo una actitud combativa frente al fascismo.

Continúa el autor diciendo: “Y es demasiado importante (peligroso, nauseabundo, irritante, tache el lector lo que más rabia le dé)” … blablabla… me pregunto, ¿acaso ningún liberal es capaz de oponerse a algo sin echar espuma por la boca, y limitarse por un momento a argumentar?

Dejando de lado esto, cuando leí lo siguiente, realtivo a la conclusión, me dí cuenta que el autor no leyó (ciertamente él mismo) a Heidegger:

“De diferente modo que Platón los fines heideggerianos apuntan a lo mismo” ¿puede explicar el autor semejante disparate? no, y pasa a otro tema.

Nótese que su crítica a la obra de Theodor Adorno y todo posible sospechoso de ser heideggeriano se basa en las relaciones con la ideología el partido.

¿Y la búsqueda de la verdad, muchachos liberales? Ni un solo razonamiento sobre el contenido de la obra y su cualidad de cierta o falsa.

Vivimos la opresión del liberalismo-capitalismo todos los días, y Hitler ya no asusta, ni pincha ni corta. Dejen las cortinas de humo, muchachos liberales.

Salud y Anarquía
2:41 p. m.
FerBraz dijo…

Por cierto, según el artículo hay un ‘mal absoluto’ mas grande que los nazis:

“¿Era Heidegger nazi, o algo peor?”

¡Un heideggeriano!

¡Enhorabuena! La lumpenburguesía liberal en acción.
3:01 p. m.
ENSPO dijo…

Todo el artículo es un montón de disparates. No fundamenta nada, no define los términos,simplemente acumula afirmaciones según le vienen a la cabeza, que bulle de odio contra el nazi Heidegger.

Sólo en algo estamos contentos con este artículo: que los heideggerianos somos peores que los nazis, o que un nazismo heideggeriano habría sido PEOR que el históricamente existente.

!Medalla de oro en el mal absoluto!

Esto nos anima, pues el perraje masónico-sionista tiene olfato para detectar lo decente y odiarlo.
7:02 p. m.

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FUENTE:
http://nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2012/08/heidegger-el-enemigo-filosofico-numero.html

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