¿Es posible una revolución democrática?…

domingo, noviembre 20, 2011

¿Es posible una revolución democrática? La disidencia simbólica como estrategia pacifista de liberación ciudadana

Ernst Nolte, historiador alemán discípulo de Heidegger:
de la ortodoxia crítica al agnosticismo activo.
El 20 de noviembre de 2011 se cumplen cuatro años de la fundación de esta bitácora. Muchas cosas han cambiado desde entonces a nuestro alrededor, pero quizá lo más sorprendente es que el propio trabajo de acreditación de los hechos y de las ideas reflejados en la publicación de internet conocida en 77 países como Filosofía Crítica (una de las muchas que están erosionando, poco a poco pero inexorablemente, el discurso político oficial), nos ha cambiado a nosotros mismos por dentro. Hoy, en efecto, yo ya no aceptaría lo que entonces afirmé sobre -y es sólo un ejemplo- las cifras de víctimas del holocausto, sino que abriría un enorme y significativo interrogante, el cual tendrá más valor incluso -de cara a unos ciudadanos totalmente confusos al respecto- que la pura y simple “negación de Auschwitz”. Otro tanto cabe añadir por lo que concierne al uso masivo y sistemático de cámaras de gas y hornos crematorios en un proyecto de exterminio del pueblo judío perpetrado por el Estado alemán durante la Segunda Guerra Mundial. No niego, ni negaré nunca, que los judíos fueron objeto de persecución bajo el Tercer Reich, pero las características y dimensiones del suceso han sido, a mi entender, y ahora ya sin ningún género de dudas, exageradas y utilizadas con fines propagandísticos de dudosa moralidad. Finalmente, después de cuatro años estudiando el tema, entiendo que mientras sigan vigentes en Europa y el resto de occidente las leyes que persiguen y castigan a quienes osen cuestionar el relato oficial del holocausto, el deber de todas las personas con titulaciones universitarias no puede ser otra que hacer explícito un silencio-protesta universal contra el mencionado marco legal de represión antidemocrática.
De la ortodoxia crítica al agnosticismo activo
Para resumirlo: como Nolte, yo era un ortodoxo crítico cuando fundé este blog. Todavía aceptaba la cifra de 4 millones de víctimas judías, que se basaba en un manual de historia totalmente corriente y poco sospechoso de nazismo, a saber, la Historia Universal de la Editorial Siglo XX, tomo 34 El siglo XX. Europa 1918-1945, (1980), de R. A. C. Parker, en cuya página 407 leemos lo siguiente:
No se conoce exactamente el número de asesinados, pero parece correcto aceptar un mínimo de cuatro millones y un máximo de unos seis.
(Subr. mío, J. F.) !Un máximo de “unos seis” y un mínimo de 4 millones! El autor remite, en su nota 27, a las siguientes fuentes: L. Poliakov, “Quel est le nombre de victimes?”, en “Revue d’Histoire de la Deuxième Guerre Mondiale”, octubre de 1956, pp. 88-96; G. Reitlinger, The final solution, Londres, 1953, pp. 489-501; R. Hilberg, The destruction of the european jews, Chicago-Londres, 1961, p. 767; H. Krausnick, en Buchheim et alia, op. cit. Obsérvese que la valoración se basa en publicaciones anteriores y posteriores al reconocimiento oficial de que nunca hubo cámaras de gas en los campos situados dentro de las fronteras políticas del Reich (Martin Broszat, “Die Zeit”, 19 de agosto de 1960). De ahí quizá la enorme horquilla en se abre entre los 4 y los 6 millones, pero utilizando en el otro extremo la curiosa expresión “unos seis”, que podría significar cinco y medio. En su obra La revisión del holocausto (Madrid, 1994), un auténtico fraude pseudo científico ampliamente refutado por el revisionista E. Aynat, César Vidal sostiene que “el número total de judíos asesinados por los nazis fue cercano a los seis millones de personas” (op. cit., p. 153). ¿Qué significa “cercano”? ¿Cuatro millones es “cercano” a “unos” seis? Las vacilaciones de los autores ortodoxos precríticos resultan tan notorias, que no hace falta ser precisamente un “nazi” sediento de sangre para esbozar una sonrisa ante esta “ciencia” tan poco rigurosa.Andreas Hillgruber, historiador alemán
denostado por César Vidal.

Acepté los cuatro millones (el mínimo de R. A. C. Parker) porque el autor de este blog era ya entonces crítico, pero dentro de la ortodoxia. En cuanto a las cámaras de gas, ya habían sido, comos sabemos, relativizadas por Goldhagen, otro ortodoxo que me resisto a calificar de crítico, en Los verdugos voluntarios de Hitler (1996). Ortodoxia crítica es más bien, por ejemplo, la de Ernst Nolte, quien roza en ocasiones el agnosticismo:

Cuando las reglas de examen de testigos se hayan generalizado y ya no se evalúen las declaraciones objetivas de acuerdo con criterios políticos, sólo entonces se habrá construido una base sólida para el esfuerzo por lograr objetividad científica respecto a la “solución final” (Nolte, E., La guerra civil europea, 1917-1945, FCE, México, 2001, pp. 485-486, n. 106).

Hoy, después de varios años estudiando el tema y de conocer los cambios en las placas de Auschwitz acontecidos tras la caída del comunismo, en las cuales se pasó de cuatro millones de víctimas a un millón y medio en este campo, mientras Hilberg introduce, entrado ya el siglo XXI, nuevas “rebajas” en la reciente reedición de su monumental clásico, yo, que aprendí a sumar y restar en la escuela, he optado por esgrimir mi derecho a la duda.

Nada nos obliga a “confesar” nuestra postura heterodoxa sobre el holocausto. Las cifras de víctimas judías, las causas de su muerte, etcétera, ya se verán. Pero sólo !cuando la investigación de los hechos sea verdaderamente libre y los ortodoxos precríticos acepten un debate público que respete las normas y principios de la “comunidad ideal de diálogo” (Habermas)! Mientras una pistola apunte a la cabeza de los heterodoxos críticos y de nosotros, los agnósticos, tenemos el derecho -y el deber- de negarnos a hablar, ya sea como investigadores, ya como ciudadanos. Esta es la situación a la que el revisionismo nos ha conducido, desde Paul Rassinier a Robert Faurisson, con la sola fuerza de sus razones.
En cambio, podemos y debemos manifestar nuestro agnosticismo activo como protesta cívica ante la represión brutal -que incluye, en algunos casos, la agresión física y el asesinato- de los historiadores e investigadores críticos y de los heterodoxos en general. Los promotores de este agnosticismo activo se abstendrán así de participar en actos de conmemoración de la Shoah, de “condenar” el holocausto y de emitir mensajes favorables a los beneficiarios de la propaganda oficial sobre el tema, a saber, los sionistas y el Estado de Israel, hasta que las leyes lesivas de la libertad de expresión, en Europa y occidente, sean derogadas. En general, renunciarán al lenguaje “antifascista”, consistente en calificar de “fascista” cualquier atrocidad genocida, incluidas las de los propios israelíes contra los palestinos. Este lenguaje no es inocente y sólo sirve para exonerar a los verdaderos asesinos, que no son necesariamente fascistas sino, en muchas ocasiones, demasiadas, sionistas o comunistas o liberales. !Basta de propaganda! !Las cosas por su nombre!
El agnosticismo que propongo no es sólo activo por su abstención cívica, sino, ante todo, porque debe promover, mientras coloca su grave interrogante sobre el discurso victimista del sionismo, el conocimiento histórico de los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y, ya en la posguerra, por el Estado de Israel (la Nakba). Se trata de sentar a los fiscales y jueces de Nüremberg en el banquillo de los acusados para que respondan por sus asesinatos de masas. Omitir este deber y seguir hablando de “derechos humanos” convierte a quienes así se comporten en miserables hipócritas.
La estrategia defensiva de negar el Holocausto pertenece a los revisionistas, entendiendo que debe establecerse entre ellos y los agnosticistas críticos una distinción de principio que Chomsky ha marcado con claridad. Así, mientras reivindicamos el derecho de los revisionistas a cuestionar la narración hollywoodiense de la Shoah, nosotros, lo subrayo, no nos vamos a pronunciar sobre el número de víctimas judías o el supuesto uso sistemático de cámaras de gas, hornos crematorios y cuestiones semejantes; pero en cambio, sí denunciaremos las atrocidades simbolizadas por nombres como Dresden, Kolymá, Hiroshima y Palestina. Esta estrategia contra los criminales que nos gobiernan no es, por tanto, meramente (auto)exoneradora, sino ofensiva. Se trata con ella de reivindicar la legislación vigente sobre derechos humanos siguiendo el “modelo ADECAF” (verdadero laboratorio experimental de este pensamiento y praxis en las prisiones catalanas), documentando los hechos con rigor, y de interponer los procesos judiciales correspondientes ante tribunales competentes, reclamando, en su defecto, la constitución de los mismos; de alertar, en suma, sobre el doble rasero de las instituciones pseudo democráticas a la hora de aplicar dicha legislacíón “humanitaria”.
Podemos acreditar la impunidad, incoherente con la normativa internacional vigente de derechos humanos la evidencia de:
  • 100 millones de víctimas del comunismo,
  • de 8 a 13 millones de víctimas del genocidio planificado y perpetrado contra el pueblo alemán (1941-1948),
  • los crímenes contra la humanidad perpetrados por el Estado de Israel contra el pueblo palestino y
  • el uso de bombas atómicas contra la población civil japonesa como crimen de guerra. Entre otros.
El prof. Dr. Klaus Hildebrand,
quien el 31 de julio de 1986
desató la indignación antifascista
con sus declaraciones en “FAZ”.
La criminal impunidad de tales atrocidades -que nadie se atreve cuestionar: limítanse, los “intelectuales” y políticos, a ignorarlas– representa el mayor abono concebible para la duda respecto de que la exagerada o manipulada narración del holocausto y la persecución de los investigadores revisionistas no sea más que un aspecto en la comisión de las mismas. La demolición crítica de las “narraciones” (cinematográficas, literarias, periodísticas, historiográficas…) utilizadas para legitimar a los vencedores de la II Guerra Mundial, es decir, a los mayores asesinos de masas de la historia, y la acreditación teórica, jurídica y política de la realidad de sus fechorías impunes, forman también, por tanto, las dos caras de la moneda de un hecho histórico unitario.
Tal planteamiento puede parecer más “moderado” que el puramente heterodoxo crítico (o revisionista) en orden a cuestionar la criminalidad del sistema oligárquico transnacional -el enemigo político de la filosofía crítica-, pero los historiadores ortodoxos, en realidad auténticos ideólogos (sionistas) que gestionan la “historia” como fuente de legitimación del poder oligárquico, han expresado ya su temor ante el desarrollo de lo que ellos llaman un nuevo revisionismo “banalizador”, basado menos en el cuestionamiento inequívoco del holocausto que en la contextualización a los abusos cometidos por Alemania, sobre cuyas dimensiones y características omite aquél pronunciarse por razones obvias.
¿Cómo sería posible una revolución democrática?
El agnosticismo activo respecto de la historia del holocausto responde también, por otro lado, a la pregunta: ¿cómo sería posible la revolución hoy? Parece evidente que, por una simple cuestión material, las revoluciones violentas están condenadas al fracaso. Los medios tecnológicos con que cuenta la oligarquía son de una capacidad destructiva tan aplastante, que la añeja fórmula romántica “el pueblo unido jamás será vencido”, entendiendo por tal el irresistible peso casi físico de la mayoría, ya no puede considerarse más que una añoranza poética del pasado. Sin embargo, en contrapartida, hay que decir que el sistema oligárquico no gobierna por la fuerza, sino mediante la manipulación y que, en este sentido, depende de la creencia subjetiva masiva en la existencia de una legitimidad democrática. El sistema oligárquico no puede utilizar así, contra la gente, de manera indiscriminada, el poder de que dispone sin deslegitimarse de forma automática. El sistema reprime y silencia a los disidentes, ensordeciendo además esta represión, pero debe renunciar a regañadientes a aplicar semejante estrategia a gran escala, por lo menos en los países centrales (otra cosa es Bagdad o Gaza). En consecuencia, tanto de un lado como de otro, la victoria y la derrota se deciden en el terreno de lo simbólico, es decir, de la ideología. César Vidal, propagandista sionista.

La victoria sobre el sistema oligárquico sólo puede ser incruenta y debe aceptar pues, como premisa metódica, la prohibición de derramar una sola gota se sangre (aunque no cabe duda de que el sistema ya está utilizando los asesinatos selectivos para eliminar a sus críticos, la merecida respuesta popular sería calificada de “terrorismo” y abortada sin contemplaciones). ¿Existe, por tanto, alguna vía estratégica para la revolución? A mi entender, sin duda la hay, a saber: la revolución pacífica por excelencia es la negación de la narración oficial del holocausto. La falsación rigurosa de este mito oficial y la caída de la oligarquía señalan el haz y el envés de un único proceso de transformación histórica. Y a la inversa: no hay derrota de la oligarquía si se perpetúa, de una u otra manera, el mito de Auschwitz y la ideología antifascista (o su lenguaje y hasta su jerga vulgar).

Ahora bien, dicho esto, conviene advertir que en la actualidad resultará estéril o asaz costoso abordar el cuestionamiento del mitema central de la Shoah -los 6 millones y las cámaras de gas- de manera frontal. El motivo es que resulta imposible criticar el antifascismo sin caer en la trampa simbólica de la identificación automática con el neofascismo. Tanto la fábula de Auschwitz como la jerga antifascista deben ser rodeados por los flancos poniendo en primer plano los genocidios, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad perpetrados por los vencedores. Sólo entonces, el postulado en que se sustenta el antifascismo y, por tanto, el relato fraudulento u obscenamente exagerado sobre “Auschwitz”, caeria por su propio peso. En cambio, el cuestionamiento lineal y monotemático del antifascismo nos condena a soportar el estigma de fascistas y, una vez más, a embarrancarnos y enlodarnos en las eternas escaramuzas defensivas de los negacionistas.
El sionismo no puede ser derrotado mientras los críticos deban defenderse y ocupar todas sus fuerzas en una exculpación frente a la imputación “demoníaco-inquisitorial” de ser fascistas. Y ya sabemos que esa difamación recae incluso sobre personas como Chomsky, que no han dicho nunca ni una sola palabra respecto del plan Kaufman-Morgenthau de exterminio del pueblo alemán, por poner un ejemplo. La victoria sobre el adversario oligárquico sólo se producirá por deslegitimación política cuando éste sufra un ataque simbólico (discursivo) de carácter plenamente democrático que ponga en flagrante contradicción los propios discursos jurídicos humanitarios del sistema, por un lado, y la realidad impune de los crímenes de masas que ha perpetrado, por otro. La red es el punto de partida de esta revolución. Y ello sin que se nombre para nada a Auschwitz o al fascismo, lo que de alguna manera me desautoriza personalmente para realizar esta tarea, pues quien suscribe llega ya demasiado lejos incluso haciendo públicas estas palabras. Pero alguien totalmente limpio de polvo y paja puede poner en marcha el proyecto del agnosticismo activo. En cualquier caso, mientras ese alguien no aparezca, nosotros mismos estamos ya volis nolis en el quehacer de desafiar al poder desde la izquierda y los derechos humanos, es decir, desde valores como la verdad racional, la justicia social y la libertad democrática, signos que el sistema oligárquico no puede negar sin abjurar de sus propios fundamentos, pero que no puede tampoco lógicamente afirmar mientras atenta contra la libertad de expresión y mantiene simultáneamente en una vergonzante impunidad los crímenes de masas más horrendos que la historia registra.. La única esperanza del sistema oligárquico, que también hace aguas por otras brechas, es expulsar dichos crímenes de masas fuera de la conciencia y de la visibilidad públicas todo el tiempo que le sea ya posible. Para ello cuenta con la inestimable colaboración de los medios de comunicación, de los políticos profesionales y de una intelectualidad cobarde, mentirosa, corrupta y adicta a las delicias del pesebre institucional. Nuestra guerra es ésta: romper el cerco de silenciamiento represivo contra la verdad, hacer llegar, en discursos intermedios ubicados entre la ciencia/filosofía y el periodismo (como es el caso de este blog) un mensaje de duda razonable a la mayoría de los ciudadanos, generando a la par estructuras asociativas, políticas, sindicales y culturales que nos permitan emplazar nuestros “cañones” meramente infomativos en el espacio de una neo izquierda ilustrada de carácter patriótico, socialista y nacional-popular.
Para demoler la narración oficial sobre el holocausto, hito histórico que pondrá fin pacíficamente a la dominación de la oligarquía sionista, es necesario olvidarse, por tanto, durante cierto tiempo, del propio holocausto, así como del “fascismo”. Hay que rehuir también, consecuentemente, y en este caso ya para siempre, a la extrema derecha en todas sus formas: católica, racial, identitaria, franquista, franco-falangista... Es menester institucionalizar un espacio social y simbólico nuevo, al que hemos denominado la izquierda nacional. Un lugar erigido sobre los pilares de los derechos humanos, la defensa de la democracia, la justicia social y, más importante todavía (porque es este aspecto aparentemente insignificante el que lo cambia todo) la verdad racional. Será, en efecto, el signo de la verdad racional, silenciosamente contrapuesto a la “felicidad del mayor número”, el que nos permitirá transitar de la izquierda internacionalista marxista a la izquierda nacional heideggeriana. Se trata de algo tan radical, tan profundo en su trascendencia, que podría sustraerse a la vista de un contemplador superficial desconocedor de la filosofía. Pero en dicha apelación a la verdad racional resta marcada, de manera definitiva, la diferencia entre los heterodoxos (carne de la represión sistémica) y los agnósticos activos, quienes hemos dejado atrás el fascismo experimentándolo hasta el final sin tener, por tanto, que disimular un doble lenguaje.El historiador alemán Joachim C. Fest, otra
bestia negra del sionista Vidal.

Estamos señalando, como se ve, la dirección de un camino, una hoja de ruta, que no nos obliga a enzarzarnos, de buenas a primeras, en la cruenta guerra de desgaste del negacionismo de Auschwitz, cuyas conexiones con el neofascismo, aunque a menudo exageradas, no dejan de ser ciertas en demasiados casos. Pero este camino no sólo ha de resultar transitable, sino, de alguna manera, necesario, exigido por la propia lógica de la historia de Europa. Al hablar de filosofía crítica, agnosticismo activo e izquierda nacional es necesario contextualizar la circunstancia en la que nos encontramos; sólo ésta permite otorgar su verdadero sentido a tales conceptos y directrices de acción. Ya no se trata únicamente de una crisis del discurso relativo a Auchwitz provocada por décadas de lucha revisionista en internet, con decenas de héroes y caídos que han sacrificado su profesión, su salud y hasta su vida por la causa europea; es que la crisis económica y la crisis de legitimación de las instituciones provocada por la corrupción política, la asfixiante y desvergonzada tiranía de la alta finanza y el consiguiente desmantelamiento oligárquico galopante de hasta las meras apariencias de una democracia social, generan por sí mismos el terreno más receptivo y fértil para el discurso crítico del agnosticismo activo y, por ende, para la acción política de la izquierda nacional. Será el éxito político, primero local, luego regional y finalmente estatal, el que posibilite el acceso a las instituciones académicas cuya revisión de la historia contemporánea pondrá fin a las manipulaciones entorno al holocausto. Tras el desenmascaramiento de aquéllas, no se hará esperar el desmoronamiento del poder de la oligarquía, expulsado al otro lado del Atlántico si, como creemos, es Europa la primera región del planeta que hace suya, como forma de vida, la Gran Verdad de la Finitud, fruto granado de dos mil años de pensamiento filosófico.

El tiempo está cerca. El año 2012 puede ser decisivo en esta lucha que habrá de refundar la cultura europea y arrastrar consigo, junto a Auschwitz, el otro gran mito del sepulcro vacío, tradición profética y mesiánica judeocristiana que escóndese en el germen de la decadente sociedad de consumo actual en tanto que mera secularización judía del reino del Dios Yahvé. Esa promesa falaz, que permitió hace milenios implantar el fraude consciente de un estafador hebreo, Saulo de Tarso, en las tierras griegas paganas y gentiles de la filosofía, la ciencia y la razón, arrancando de raíz el espíritu trágico-heroico de la gran tradición indoeuropea; que engañó a los pueblos con imágenes estupefacientes de “felicidad” en el “más allá” y otras fábulas (de las que el holocausto no es más que la oscura contraparte infernal, asimismo secularizada en forma de ideología política antifascista), esta doctrina fuente de todas nuestras desgracias universalistas, sostengo, debe caer también con la Shoah, el imperialismo yanqui y el Estado de Israel.Todos aquellos europeos de espíritu que, en el mundo, puedan y quieran aportar sus fuerzas a la batalla, deben hacerlo ahora: no habrá una segunda oportunidad para nuestra causa.

(post en elaboración y abierto a críticas o aportaciones)

20 de noviembre de 2011

Publicado porENSPOen2:13 p.m.

4 comentarios:

Nachodijo…

Enhorabuena por el texto. Yo hace mucho tiempo que también opté por un “agnosticismo” sobre el asunto del holocausto (en ocasiones es obligatorio casi escribir “holocauto” con mayúscula). Reconozco que me marean las cifras de los campos de concentración como me marean los relatos de los supervivientes. En general, creo que el victimismo ha conseguido un efecto contrario en mi: que termine por considerar todo relato del holocausto como un soberano tostón al que no presto atención. La cuestión moral a la que uno se enfrenta cuando decide no leer sobre el tema se liquida, efectivamente, cuando decides pasar a un agnosticismo casi practicante. Hace mucho tiempo que no leo sobre campos de concentración, más que nada porque me parece, como poco, inmoral elevar ese capitulo de la historia a una forma de nueva religión incuestionable. El hecho de prohibir su negación es para mi algo suficiente para dudar, no del sufrimiento humano que efectivamente ocurrió, sino de las intenciones de quienes ganaron la guerra.A mi, sinceramente, me parece repugnante prohibir la negación, como repugnante me parece que existan personas encarceladas por vender libros o por negar unos hechos históricos. Porque, amigos, si tuviéramos que encarcelar a todos los escritores que han mentido en sus publicaciones, deberíamos tener campos de concentración para “intelectuales” contemporáneos atiborrados de mentirosos.

Es verdad que el agnosticismo en el holocausto es una corriente al alza. Sin embargo, no lo olvidemos, no es bueno para la historia. Ya que el agnosticismo en cierta manera “aparta” el problema y no lo combate.

Nuevamente te felicito por el ejemplar blog. Leerte es un placer inmenso.

11:59 p.m.

Frel dijo…

Mi opinión sobre el tema es que uno está harto de tanto victimismo y complicidad por un holocausto que en ningún momento está demostrado que existiera y lo que es peor se ignoran(a propósito) otros muchos holocaustos habidos en la historia. Ya sabemos a que intereses obedece el tema y el poder que tienen para condenar a quienes tienen el derecho a revisar la historia y por supuesto a negar cualquier acontecimiento histórico, el negacionismo razonado es básico y fundamental para democratizar el debate.
3:50 a.m.

Frel dijo…

Buena entrada sobre el tema, planteada de forma coherente para un gran blog.
Por cierto feliz y próspero año nuevo 2012.
3:54 a.m.

Jaume Farreronsdijo…

Muchas gracias y buen año también para ti, Frel.
8:08 a.m
http://www.nacional-revolucionario.blogspot.com.es/2011/11/como-es-posible-hoy-la-revolucion-de-la.html
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