La lección de Finlandia

miércoles, junio 01, 2011

La lección de Finlandia

Un Timo inteligente
Que un partido de extrema derecha obtenga buenos resultados electorales es una noticia importante, pero a la que ya empezamos a estar bastante acostumbrados. En todo caso, no creo que el hecho inquiete demasiado al sistema oligárquico transnacional que nos gobierna, porque, como se ha podido comprobar hasta el hartazgo en Francia durante la época de Le Pen, los votos ultras son siempre de prestado, o sea, reembolsables en provecho de la eterna derecha liberal.
La extrema derecha raras veces supera un determinado techo electoral del 15% y, aunque en la actualidad ya sea capaz de entrar en los parlamentos europeos con relativa facilidad, nunca podrá gobernar, cuando precisamente de eso es de lo que se trataría. Para los dirigentes ultras constituye, sin duda, toda una satisfacción personal disfrutar de las prebendas que van asociadas al escaño, pero, a menos que los tengamos por completamente idiotas, han de saber ya a estas alturas que los votos a ellos destinados son votos perdidos. O sea que o son unos cretinos o unos auténticos sinvergüenzas (en algunos casos, como el de Cervera, las dos cosas a la vez). No hago extensiva esta afirmación a Le Pen, alguien a quien considero una persona fundamentalmente honrada y capaz, pese a que se embarrancó en el callejón sin salida de su propio bagaje ideológico (que no comparto); lo cierto es que nunca necesitó del escaño para vivir. Pero, después de la experiencia de Le Pen, los que no aprendan de lo sucedido con el FN francés será porque no dan la talla o porque, en defecto de lo anterior, van en busca del beneficio privado y no del servicio a la nación.
Idea central: los votos populares destinados a la extrema derecha les resuelven la vida a los dirigentes del partido ultra, pero dejan la situación social objetiva tal como estaba antes del sufragio. La política de inmigración, en efecto, no se ve inquietada, sino favorecida, por la circunstancia de que un demagogo consiga unos cuantos votos y, ante la evidencia de su inutilidad, los electores vuelvan al cabo de unos años a dar su confianza a las organizaciones tradicionales. Pues la gente debe ocuparse de temas distintos, o sea, de cuestiones que también existen e interesan a quienes viven de una nómina pero respecto de los cuales la ultraderecha tiene poco o nada que hacer. Como máximo, los partidos ultras pueden provocar, sin quererlo, que la derecha liberal asuma hipócritamente alguno de sus eslóganes radicales, convenientemente dulcificados o adulterados, para engañar a la población y así ganar tiempo (y “tiempo” significa aquí una legislatura entera, que no es moco de pavo si pensamos en la situación demográfica a la que se ha llegado tras décadas de mendacidad y manipulación). Pero la política de inmigración no será nunca modificada en lo sustancial por los partidos de la derecha liberal, porque constituye uno de los pilares del sistema capitalista posmoderno: el abaratamiento de la mano de obra en beneficio del capital y una fragmentación multicultural de la parte social de tal calibre que impida actuar a los trabajadores como sujeto político unitario. Ningún partido ultra va a detener ni una milésima de segundo la construcción del mercado mundial. Para ello se requieren opciones de un calado ideológico que rebasa la capacidad intelectual de los analfabetos (en muchos casos, empero, hinchados de soberbia) que acostumbran a liderar las escuderías políticas populistas.
Volvamos a la realidad. A los inmigrantes los trajo la derecha liberal católica. En España, el PP. Y la falsa izquierda -la izquierda vendida al capital, léase: el PSOE- santifica la entrada de la carne laboral semiesclava en nombre del progresismo, el humanitarismo y toda la quincalla obsoleta del viejo obrerismo internacionalista, fenecido tiempo ha. Los partidos de extrema derecha se desloman así para provecho del capitalismo, sin saberlo o ex profeso. Pelean los fachillas con otros partidos de extrema derecha y con la derecha burguesa para disputarse de forma poco menos que minifundista el espacio electoral conservador, que es el menos perjudicado por la política de inmigración, con lo que sólo consiguen hacerle el caldo gordo a personajes como un Sarkozy o, a escala local, un García Albiol. En cualquier caso, bien lejos de sus graneros de votos, no asustan a Zapatero o Llamazares. Ahora bien, los votantes más perjudicados por la actual política de inmigración se encuentran masivamente a la izquierda del electorado: mano de obra no cualificada. Por ello, la gente común, si tiene que elegir entre votarle a un ultraderechista o a un liberal, a igualdad de factores siempre preferirá al liberal, que ante sus ojos es más moderado, más progresista o, en otras palabras, que asusta menos. Pero si el obrero de la SEAT pudiera escoger entre un derechista y un izquierdista contrarios a la inmigración, se quedaría con el izquierdista sin dudarlo ni un segundo. Aquí, por tanto, se habrían acabado para siempre las “operaciones Sarkozy” y similares. Jugarse la cara para denunciar la política de inmigración ya no significaría dedicar años de esfuerzos en provecho del partido derechista de turno, que los rentabilizará cuando le plazca. Lamentablemente, el tiempo se nos acaba y no existen partidos de izquierda nacional (o se encuentran en fase de germinación) a los que los trabajadores puedan apoyar frente a la derecha, bien entendido que una operación Sarkozy desde la izquierda del sistema resulta actualmente impensable. Así que el liberal lo tiene fácil: por un lado, importa a los inmigrantes para explotarlos en perjuicio de los trabajadores autóctonos; por otro, se aprovecha del clima de inseguridad ciudadana y desempleo para imputar a los inmigrantes las causas de todos los males y pescar en el río revuelto del trabajo callejero de agitación racista. A tal efecto, el político de derechas sólo ha de esparcir de vez en cuando a los cuatro vientos algún eslógan xenófobo. Fácil. La fiscalía se lo consiente. Y los ultras tan tranquilos, porque, de un modo u otro, trabajando “bien” aunque sea como meros extremistas recalcitrantes e impresentables (léase: representando obedientemente su papel en la comedia mediática), tienen garantizado un 5% del voto y, por tanto, la profesionalización política, el coche oficial, la visa institucional, etcétera. En suma, con el populismo estamos ante una estafa, una mina de cargos y vocaciones trepadoras surgida de la descomposición de occidente, ahora con el tema inmigración como cartel de negocio. Pero nada más. La invasión continuará después de que el populismo se haga un hueco en el Parlament de Catalunya. No lo duden.
Más sorprendente es que un partido ultraderechista multiplique sus votos por ocho. ¿Qué ha pasado? Pues que los Auténticos Finlandeses se han declarado de centro-izquierda. Es decir, han hecho lo que algunos venimos reclamando públicamente desde el año 2007, por supuesto sin ser escuchados. Con la diferencia de que nosotros proponemos la fundación de una organización de genuina izquierda nacional, no un mero maquillaje izquierdista de un partido ultra como el finlandés.
Sobre lo ocurrido en Finlandia es necesario, en este sentido, subrayar dos cuestiones.
La primera, que los medios de prensa se han apresurado a negar toda credibilidad al supuesto carácter izquierdista de los Auténticos Finlandeses, a pesar de que éstos han insistido en la etiqueta y han propuesto medidas que, se mire como se mire, favorecen a los trabajadores de Finlandia, la inmensa mayoría de la población, y representan, en este sentido, intereses de izquierdas. Pero los medios de comunicación, verdaderos guardianes de las murallas del sistema, son conscientes de que la admisión, el reconocimiento normalizado de un espacio simbólico de izquierda nacional, rompería el techo electoral del 15% que mantiene a los partidos patrióticos encerrados en el corralito ultra. En una palabra, un partido de izquierda nacional no tendría techo electoral, lo que significa que, además de entrar en el Parlament, podría gestionar una nueva política de flujos migratorios. Podría, incluso, ir más allá (memoria histórica, holocausto, unidad europea, Palestina…).
Gobernar significa en estos momentos partirle el espinazo a la política liberal de inmigración, léase: al sionismo (racísta respecto de sí mismo, multiculturalista respecto de los demás pueblos), con todos los beneficios que de ello se derivarían para los autóctonos. Un hecho que extendería la alternativa nacional-popular como un reguero de pólvora por el resto del continente. !No estamos hablando de gobernar Cataluña o incluso España, sino de una Nueva Europa! !Horror! !El “fascismo” (que era originalmente de izquierdas, no lo olvidemos) vuelve! Así que en Finlandia los periodistas del sistema, cuya ideología es el habitual antifascismo de resorte, han hecho los deberes y remachado el dogma que posibilita la perpetuación de la actual puñalada demográfica extranjerista a pesar de la mayoritaria oposición de los ciudadanos europeos, es decir, de los trabajadores de la nación. Este dogma dice que los partidos contrarios a la inmigración han de ser derechistas. Se les respetará un trocito del pastel si se muestran cristianos y pro Israel. Ahora bien, los ultras españoles están de acuerdo con el dogma sistémico. Aquí en España la prensa no tiene que ponerles la soga en el cuello a los “patriotas”: se la ponen ellos mismos. !Felicidades!
La segunda cuestión a subrayar es así el porqué, en España y, en general, en el resto de Europa, la derecha populista anti-inmigración sigue negándose a posicionarse en la trinchera que le corresponde, siendo así que todos sus líderes proceden de la ultraderecha católica. Para entenderlo, obsérvese que en la política anti-inmigración existen varios grados posibles de compromiso laborista:
a/ el partido que no incluye ninguna medida de izquierdas en su programa, antes bien, defiende el liberalismo, los recortes en política fiscal, el integrismo religioso, la desregulación laboral, etcétera. Son partidos liberales y conservadores en materia socio-econónima que, no obstante, se oponen a la inmigración (en el mejor de los casos sin darse cuenta de que ésta constituye la baza más efectiva del liberalismo en beneficio de sus amos capitalistas);
b/ el partido que acepta a regañadientes algunas medidas favorables a los trabajadores, pero se niega a posicionarse en la izquierda, palabra que rechaza como si del demonio se tratara;
c/ el partido que se declara expresamente de izquierdas o de centro-izquierda a pesar de ser, como poco, de forma ostensible, un partido de derecha populista, pero hace suyas importantes propuestas en favor de los trabajadores y, lo que es más importante, asume el vocablo “izquierda”, con lo que rompe su techo electoral “natural” sin ser realmente de izquierdas (izquierdismo táctico).
d/ el partido que se constituye ya desde el principio como organización de izquierdas, aunque no lo sea, pero con el rótulo y la apariencia externa (izquierdismo estratégico).
e/ el partido que se funda como una organización de izquierda nacional genuina, que lucha en defensa de los intereses morales y materiales de los trabajadores en tanto que encarnación humana concreta de la nación. Estos partidos suponen la ecuación pueblo=nación y, por lo tanto, no “añaden” medidas o siglas favorables a los trabajadores como si fuesen concesiones más o menos refunfuñonas sobre un fondo de indecente derechismo y liberalismo conservador; antes bien, sus propuestas nacionalistas y patrióticas son, al mismo tiempo, de manera indisoluble, propuestas sociales laboristas perfectamente diferenciadas de las izquierdas internacionalistas y comunistas totalitarias.
Admitido este esquema, los lectores pueden ir situando a los distintos grupúsculos y partidos identitarios españoles en la casilla que les corresponda. Yo me abstendré de hacerlo, por lo menos aquí. En este artículo sólo me interesa ubicar a los Auténticos Finlandeses, para escarnio, todo hay que decirlo, de la mayoría de los identitaristas hispánicos.
Auténticos Finlandeses ha multiplicado por ocho su voto. ¿Cómo lo ha hecho? Se trata de un partido situado en el nivel c/, es decir, de un partido de derecha populista pero capaz de entrar en una liza electoral reconociendo que las posturas lógicas y consecuentes en la lucha contra la actual política de inmigración son las de izquierda. Lo que se ha traducido, para ellos, en utilizar la palabra “izquierda” sin complejos, con un sentido positivo, como lo hacen la mayoría de los trabajadores. La palabra es tan importante, o más, que el mensaje, porque el mensaje hay que analizarlo y buena parte de los votantes no analizan nada y se guían más por el significante que por el significado (como lo demuestra el hecho de que los trabajadores apoyen al PSOE, aunque sea como mal menor). Y, no obstante, los propios medios de prensa próximos al identitarismo han calificado a los Auténticos Finlandeses de meros ultras, mordiendo así el anzuelo que les ofrece perversamente el sistema con una ingenuidad pasmosa.
Con ello puede decirse, lo subrayo, que la extrema derecha europea sigue haciendo lo que el sistema oligárquico transnacional espera de ella, pero ¿cuál es el motivo? Veámoslo. Representa su papel a la perfección porque sus dirigentes y cuadros han llegado a creerse en su fuero interno que son ultras y viven su ultraderechismo como un problema de identidad personal. Para ellos, la palabra izquierda tiene un contenido ideológico, no sociológico. Aunque en política es prudente utilizar las palabras tal como las entiende la mayoría o de cara a la mayoría (otra cosa es la filosofía) y, en este caso, en la jerga de los trabajadores, principales afectados por la política liberal-derechista de inmigración, izquierda significa “aquéllo que favorece al pueblo”, los dirigentes ultraderechistas creen saber mejor que la gente lo que el término “izquierda” significa “realmente”. Y en la mente de un ultra “izquierda” equivale a aborto, divorcio, promiscuidad, homosexualidad, etcétera; en suma, a “pecado”. Pero si se le pregunta a un obrero español, a menos que sea católico (que haberlos, haylos), “izquierda” nada tiene que ver con lo que anida en la mente del integrista reaccionario. De hecho, ¿no tenemos católicos izquierdistas (teología de la liberación) o cristianos por el socialismo? Y así, vemos que en el debate sobre significado de esta palabra se decide el destino de un significante (“izquierda”, sea cual sea su sentido) que es la clave para entrar a saco en la bolsa de votos de partidos como el PSOE, IU y IC-V. !Pero lo que aquí importa no es el contenido semántico de la palabra “izquierda”, sino el significante mismo, el vocablo o término como tal! (De la misma manera, para los que me quieran entender, que el color de una bandera o un emblema).
Nuestros ultraderechistas creen, en suma, que pueden derrotar a la izquierda “ideológica” (ésa que los dirigentes reaccionarios tienen en la cabeza y que se corresponde en la realidad con los cuadros burgueses de los partidos de izquierda del sistema, pero no con los trabajadores) sin apropiarse de sus votos, que son los que le dan fuerza personajes como Zapatero. ¿Zapatero es de izquierdas? !Por supuesto que no! Es de derechas, de la derecha liberal, capitalista, mundialista, la de la gomina y las stock options, la que construye la sociedad de consumo, ergo, el “progreso” (?). Y es esa derecha liberal “progresista” la que usará temas como el laicismo, el divorcio, el aborto express o la homosexualidad para marcar su espacio político frente a la derecha liberal conservadora católica, también mundialista (la palabra “catolicismo” viene el griego katolon, “universal”). Y el PSOE debe usar de los mencionados temas-escándalo precisamente porque su política social es tan derechista como la del PP; Zapatero necesita algún banderín de enganche anticatólico, como por ejemplo el matrimonio homosexual, a fin de ocultar que, en todo lo demás, es decir, en lo realmente importante para los trabajadores, el PSOE, al igual que el PP, promueve un neo-liberalismo más o menos obsceno, vomitivo y cabrón.
Derrotar a la “izquierda” ideológica, una izquierda, en realidad derecha maquillada, que ni siquiera lo es, supondría arrancarle sus votos de izquierda sociológica con una política verdaderamente de izquierdas que incluye medidas drásticas sobre el tema inmigración, entre otras, pero que no obliga a nadie a defender la interrupción voluntaria y gratuita del embarazo, el condón para niños o el matrimonio gay. Porque el aborto es una idea tan de izquierdas como el Sermón de la Montaña de Jesús, quien proclamó que todos somos iguales a los ojos de Dios e inventó con ello la coartada universalista, mundialista, anti-identitaria, de la Iglesia romana. ¿Estaríamos aquí ante una doctrina izquierdista o derechista? La pregunta no tiene sentido, porque izquierdas y derechas son conceptos puramente relativos, históricos, de sociología política e incluso de estadística electoral, y no, como creen los reaccionarios, esencias eternas de carácter ideológico o incluso filosófico.
Para arrancarle sus votos a la falsa izquierda, a la izquierda liberal, a la izquierda burguesa, es necesario emplear la palabra izquierda tal como la entiende el pueblo, no como la entienden nuestros meapilas ultras del copón, y actuar en consecuencia. El significado de una palabra es su uso. Los dirigentes e ideólogos ultras alucinan en sus noches de insominio que existe una secreta correspondencia entre el significado que ellos le dan al vocablo “izquierda” y el vocablo en cuanto significante. Deben de pensar que izquierda rima con mierda y cosas por el estilo. Pero durante la Revolución Francesa la palabra izquierda designaba el liberalismo emergente, el capitalismo, y “derecha” el legitimismo monárquico del Ancien Régime. Sólo a lo largo del siglo XIX pasa “izquierda” a identificar los escaños de la socialdemocracia y, luego, en el XX, los del comunismo. Pero estamos en el siglo XXI y el partido comunista, felizmente, ha desaparecido del mapa terráqueo, o casi. Una palabra, en sí misma, no tiene significado, excepto el que se le quiera dar y, en este sentido, resulta razonable utilizar el contendio semántico que la mayoría de los hablantes le han dado ya. Izquierda ya no se confunde actualmente con comunismo o con anarquismo de cheka y pistolero anticlerical. !La izquierda está en otro sitio hace ya mucho tiempo! Esa izquierda de la Guerra Fría que mora en las mentes de los ultras murió incluso allí donde se vota a IU, un partido que esconde tras unas siglas izquierdistas su oriudez marxista para poder utilizar la palabra “izquierda” tal como la emplean los hablantes normales, que son, también, los votantes medios de un partido anti-inmigración dispuesto a ser coherente. Es decir, volviendo a la filosofía por una fracción de segundo, dispuesto a ser “fascista”, pues de “fascistas” serán acusados, hagan lo que hagan, quienes cuestionen los verdaderos dogmas del sistema oligárquico planetario con sede en Tel Aviv.
La lección de Finlandia está, por tanto, clara. Si un partido ultra, aceptando el rótulo de centro-izquierda en una campaña electoral (ojo, !no en sus siglas!), ha multiplicado por 8 sus votos, ¿qué pasaría en las urnas con un partido de izquierda nacional? Empiecen a soñar, señores. Conclusión: parece evidente que ningún partido de derecha liberal podría montarle a la izquierda nacional una operación Sarkozy para absorver de una tacada la mayoría de su electorado, como siempre ha sucedido -y volverá a suceder- con los populismos ultras. Ya no se trataría de pelear por los escasos votos patrióticos (la burguesía carece de patria, excepto la del dinero) del lado diestro del electorado, sino por la inmensa masa de votos de los trabajadores machacados por la política derechista de inmigración. Ya no se trataría de participar en una carrera para ver quién llega antes al Parlament regional y empieza a beneficiarse de la vidorra parasitaria institucional, engañando con ello a las masas trabajadoras -preparando, en suma, con esta decepción, el retorno de los de siempre-, sino de asestarle un golpe mortal al sistema oligárquico transnacional. Tenemos que ser más ambiciosos. Es Europa lo que está en juego, no la billetera de alguno de estos aprovechados sin escrúpulos.
Finlandia nos enseña que el camino obligado para los auténticos patriotas es la izquierda del nivel e/ conceptuado en el presente artículo, o sea, la izquierda nacional ideológica. Quienes quieran seguirse engañando y confundan temas como el nacionalismo y las opciones religiosas, dejan la patria en manos de los mundialistas internacionalistas y de los falsos izquierdistas del capital. El pueblo es más importante que la religión, porque de aquél, y no de Cristo, depende la existencia física misma de la nación. Un verdadero patriota sabrá, en definitiva, después de Finlandia 2011, qué resolución urgente y enérgica es necesario adoptar en estos momentos decisivos.
Jaume Farrerons
Figueres, 20 de abril de 2011
Fuente:
http://farreronslamarcahispanica.blogspot.com/2011/04/la-leccion-de-finlandia.html
Toda reflexión filosófica entraña una virtual lectura política y viceversa. Las cuestiones filosóficas no son políticamente irrelevantes, simplemente existen en otro plano del discurso. He colocado dos entradas, ésta y la anterior, en relación de contigüidad, cosa que no acostumbro a hacer, para que sean pensadas juntas como haz y envés, teórica y práctica, de una misma cuestión: la supervivencia de Europa en cuanto sistema de valores. 
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