…causas del “holocausto” (9)

miércoles, abril 20, 2011

Anotaciones preliminares sobre las causas del holocausto (9)

He andado a la búsqueda de un testimonio documental sobre la causa inmediata del holocausto, a saber, la hipótesis de que se redujo a unareacción difusa (funcionalismo crítico), típica del pogrom, frente al plan de exterminio del pueblo alemán publicado por el judío norteamericano Theodore N. Kaufman en 1941, cuya amplia resonancia en la prensa estadounidense impide calificar de mera extravagancia (sobre todo si tenemos en cuenta, por otro lado, lo que sucedió después). Dicha publicación, perpetrada en América (!todavía se puede comprar el libro en las librerías!), fue seguida en Alemania de una campaña propagandística de la prensa nazi que sirvió para convencer a los alemanes de que las afirmaciones de Hitler sobre “los judíos” podían ser del todo ciertas. Y finalmente, un tercer factor, consecutivo a los anteriores, actuó como detonante de la venganza hacia el pueblo hebreo, sin distinciones, que explicaría el desencadenamiento del pogrom: la campaña de bombardeos terroristas emprendida por Inglaterra inmediatamente después de publicado libro de Kaufman. Una actuación que puede ser calificada de crimen de guerra y que los alemanes no pudieron dejar de relacionar con Germany must perish. Pues bien, finalmente, he podido detectar dicha prueba documental releyendo un viejo libro que, en primera instancia, me pasó desapercibido, pero que contenía justamente ese testimonio del que, a mi entender, todos los historiadores deben de ser ya conscientes pero han silenciado por razones obvias.
Fascistas: una mirada desde el otro lado
Voy a reproducir, en primer lugar, el fragmento de Hannah Arendt:
Los bombardeos intensivos de las ciudades alemanas -la habitual excusa en que Eichmann se amparaba para justificar la muerte de los ciudadanos civiles, y que es todavía la excusa habitual con que en Alemania se pretende justificar las matanzas- fueron la causa de que unas imágenes distintas de las atroces visiones que se evocaron en el juicio de Jerusalén, pero no por ello menos horribles, constituyeran un espectáculo cotidiano, y esto contribuyó a tranquilizar, o, mejor dicho, a dormir, las conciencias, si es que quedaban rastros de ellas cuando los bombardeos se produjeron, aunque, según las pruebas de que disponemos, no era este el caso(Arendt, H., Eichmann en Jerusalén, Barcelona, Ed. Lumen, 1967, pp. 168-169).

Si hemos creer a Arendt, nada menos que una filósofa, los alemanes tenían que contemplar cómo los aviadores ingleses vulneraban todas las leyes de la guerra quemando vivos, de forma deliberada y como objetivo principal de sus ataques aéreos, a ancianos, mujeres y niños no combatientes, pero, al mismo tiempo, convencerse de que este hecho no había de influir en sus convicciones sobre la vigencia de los principios que rigen la civilización. Y además, los alemanes estarían obligados a  soportar dichos bombardeos sabiendo que formaban parte de un plan de exterminio diseñado y hecho público por un judío, sin que ello afectara a su actitud, hasta entonces complaciente en el peor de los casos, pero en general no favorable, ante la evidencia de que los judíos estaban siendo deportados a campos de concentración. En suma, se pide a los alemanes algo que no se pide a los angloamericanos o a los soviéticos, pues normalmente se justifica el trato dado por éstos a los civiles alemanes apelando a los crímenes cometidos previamente por “los alemanes” (un ente que no puede ser sujeto de derecho penal). Lo que parece natural cuando se trata de victimizar a la población alemana, deviene mera “excusa” si esa misma población experimenta idénticos sentimientos de indiferencia o revancha hacia los judíos. No olvidemos el famoso “razonamiento Sebald”, al que ya me he referido en ocasiones anteriores. Lo repetiremos aquí. ¿Qué es el (obsceno) “razonamiento Sebald”? Es la afirmación de que “los alemanes se lo buscaron”, e incluye la exoneración implícita de las atrocidades perpetradas contra la población civil germana a cuenta de los abusos cometidos “antes” por las autoridades alemanas o sus tropas. Veámoslo:

Goldhagen

La mayoría de los alemanes sabe hoy, cabe esperar al menos, queprovocamos claramente la destrucción de las ciudades en las que en otro tiempo vivíamos (Sebald, W. G., Sobre la historia natural de la destrucción, Barcelona, Anagrama, 2003, p. 111).

También la obra Después del Reich (After the Reich), de Gilles Macdonough, juega con el símbolo del justo y merecido castigo de los alemanes, que se hace extensivo a la población civil aunque, en términos jurídicos, esta argumentación constituya formalmente un delito de justificación del genocidio. En la traducción española de la obra de Macdonough, se ha modificado incluso el subtítulo, de manera que, allí donde en el original inglés reza The brutal history of the allied occupation, la traducción ha optado por uno más “pedagógico” para el (presumiblemente) estúpido lector castellano, en el que, en una frase, se le resume el contenido y el mensaje moral del libro: Crimen y castigo en la posguerra alemana. Así pues, primero hubo un crimen y después un “merecido” castigo (¿contra los niños?). El autor abunda en esta línea interpretativa de los hechos cuando afirma:
Este libro trata de la experiencia de los alemanes en la derrota. Habla de la ocupación que se les impuso tras las criminales campañas de Adolf Hitler. En cierta medida, es un estudio sobre su resignación, sobre su aceptación de cualquier forma de indignidad, al ser conscientes de los grandes males perpetrados por el Estado nacionalsocialista. No todos los alemanes estuvieron, ni mucho menos, implicados en aquéllos crímenes, pero al margen de unas pocas excepciones, reconocieron que su sufrimiento era un resultado inevitable de los mismos. No excuso los crímenes cometidos por los nazis, y tampoco dudo ni un momento del terrible deseo de venganza que suscitaron (Macdonough, G., Después del Reich, Barcelona, Círculo de Lectores, 2010, p. 11).
Nótese que esta afirmación de Macdonough no casa con la de Arendt cuando ésta protesta por el hecho de que los alemanes, al parecer, no aceptaban su culpa. Más bien, todo indica que los alemanes explicaban su tolerancia, su pasividad, su desprecio incluso, hacia la persecución de los judíos, como la consecuencia inevitable de la transgresión previa de las normas de la guerra y, por ende, de los principios de la civilización, por parte de Rusia, primero, e Inglaterra, después. En el caso de Rusia, las fechas son claras y no cabe duda de que “el gulag precede a Auschwitz” (Nolte). Cuando los alemanes invaden la URSS, el régimen bolchevique ha exterminado ya a 13 millones de personas, lo que no impide a los ingleses hacer causa común con Stalin a pesar de que el holocausto -!ni siquiera el de Hollywood!- no ha empezado todavía. En el caso de Inglaterra, la cuestión de las fechas se convierte en el dato decisivo que conviene estudiar, pues el esquema crimen-castigo supone una secuencia cronológica en la que, si se quiere abonar el “castigo”, hay que acreditar un crimen que preceda en el tiempo a la reacción punitiva.
Sebald
La cuestión cronológica
Arendt es bien consciente de ello cuando, a renglón seguido de su peyorativa referencia a la “coartada” de los bombardeos, se apresura a “aclarar” la cuestión cronológica en los siguientes términos:
La maquinaria de exterminio había sido planeada y perfeccionada en todos sus detalles mucho antes de que los horrores de la guerra se cebaran en la carne de Alemania (…) (Arendt, H., op. cit., p. 169).
También Sebald, a fin de justificar el genocidio contra el pueblo alemán, apela a la mencionada secuencia cronológica (“los alemanes empezaron”), con argumentos como el siguiente:
Esa embriagadora visión de destrucción coincide con el hecho de que también los bombardeos aéreos realmente pioneros -Guernica, Varsovia, Belgrado, Rotterdam- se debieron a los alemanes(Sebald, W. G., op. cit., p. 111).
Finalmente, un tercer investigador de renombre, nada menos que el “elegido” Daniel Goldhagen, alude a también a la responsabilidad alemana apelando inmediatamente a la “eximente secuencial”:
La crueldad sistemática demostraba a todos los alemanes implicados que sus compatriotas trataban a los judíos como lo hacían no porque hubiera alguna necesidad militar de hacerlo así ni porque los civiles alemanes muriesen bajo los bombardeos aéreos (la crueldad sistemática, como gran parte de la matanza genocida, precedió a los devastadores ataques aéreos), no por cualquier justificación tradicional para matar a un enemigo, sino por una serie de creencias que definía a los judíos de una manera que exigía su sufrimiento como castigo, una serie de creencias que tenían como consecuencia un odio tan profundo como un pueblo probabalemente jamás ha sentido hacia otro (Goldhagen, D., Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto, Madrid, Taurus, 4ª edición, 2003, p 479).
“Mucho antes”, “pioneros”, “precedió”, “resultado inevitable”… Los términos utilizados son claros,todos ellos aluden a la secuencia cronológica. Se trata de un elemental análisis semántico de discursos típicamente narrativos, como los de las novelas, los cuentos y las películas, donde debe quedar claro “quién es el malo”.

El razonamiento Sebald
Pero, antes de continuar, vamos a centrarnos primero en la validez del razonamiento (in)moral de Sebald, que no se sostiene. Pues viene a sugerir que los crímenes cometidos contra los civiles alemanes resultan aceptables (=jurídicamente impunes, moralmente menos graves) debido a los crímenes previos cometidos por los combatientes o las autoridades alemanas. Se pretende así, sin enrojecer de vergüenza, que quemar vivos a los niños “teutones” estaría, de alguna manera, “justificado”, porque los padres de esos niños cometieron previamente otros crímenes. !Y son autores presuntamente democráticos quienes así escriben! Insisto en que tal argumento es delictivo porque entraña una legitimación del genocidio. Y si estos autores no van a la cárcel no es porque hayan empleado un lenguaje sutil e indirecto, como en el caso de Sebald cuando dice “los alemanes provocamos la destrucción de las ciudades” (no dice “los alemanes merecíamos que quemaran vivos a nuestros hijos”…), sino porque la ley permite de facto que se acepte e incluso se celebre el exterminio de alemanes, siendo así que la legislación contra la banalización del genocidio o el genocidio mismo sólo protege a las víctimas judías (reales o imaginarias) y nada más que a las víctimas judías. Como mucho, podría amparar a otras víctimas del Eje, pero a regañadientes (y no se conoce, creo, un solo caso en lo tocante a la “justificación”). Nunca, jamás, ha protegido a las víctimas de los regímenes de Moscú, Washington, Pekin, París, Londres o Tel Aviv. Es una norma racista, como, en la práctica, todas las de la oligarquía en materia de genocidio. La imagen del “matar alemanes” representa así una fiesta permanente que forma parte de la cultura lúdica de la modernidad.
Quede, pues, claro, que abomino del “argumento Sebald”, y no por motivos jurídicos, por miedo a que me persigan penalmente al notar que podría volverse del revés, en perjuicio de los judíos, sino porque me parece un auténtico despropósito ético que un niño, hebreo o “teutón” (o de cualquier otra etnia), pueda de alguna manera ser objeto de “castigo” por los crímenes que hayan podido perpetrar sus padres o cualesquiera adultos. Y hago extensiva esta afirmación -y este derecho- a todas las personas inocentes, no sólo a los niños, entendiendo inocencia en el sentido estrictamente jurídico, no ético ni mucho menos poético, de la palabra, pues sólo se puede penar al culpable individual dentro de los límites marcados por la ley, de manera que toda “venganza” colectiva, ya sea contra alemanes, ya contra judíos, ha de ser condenada sin paliativos.
Ahora bien, a tenor de la “comprensión” “humana” (?) y “progresista” que encuentran las atrocidades cometidas en perjuicio de los civiles alemanes, y dentro de un terreno psicológico que el propio Macdonough ha acotado en términos de un “deseo de venganza” irrefrenable, la cuestión cronológica adquiere su importancia. Pues existe una diferencia de orden estrictamente psíquico entre la venganza atroz que se comete en respuesta a una fechoría previa, y la atrocidad causa suio que no responde, en el mejor de los casos, más que a la crueldad. La primera es de iurecondenable, pero “comprensible” psicológicamente de acuerdo con todo lo que sabemos sobre el funcionamiento animal de la mente humana. La segunda, en cambio, despierta una repulsión sin límites, porque para el torturador por placer no existen excusas (aunque pueda ser un enfermo, como ocurre en muchos casos). Y es un hecho que los crímenes cometidos por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial se “justifican”, sotto voce o de manera oficiosa, solapada e hipócrita, apelando a esa indignación y viril deseo de venganza ante unos hechos monstruosos, sin explicación alguna excepto la del sadismo, la crueldad o la “maldad absoluta”, que los alemanes habrían provocado “primero” por sí mismos.
Macdonough

La explicación psicológica del holocausto
De ahí la importancia de la cronología a efectos de fijar “las causas del holocausto”. Pues la insistencia de los autores citados a la hora de consignar la precedencia en el tiempo de los crímenes alemanes, demuestra que una simple inversión de la secuencia colocaría a los vencedores en una difícil situación política; siendo así que se demostraría que el holocausto fue una simple reacción de venganza frente a unos hechos monstruosos, anunciados de antemano y cometidos con anterioridad (o posterioridad) a aquél por quienes, ahora, apelan a nuestra voluntad de comprensión humana, que habría de explicar por qué quemaban vivos a niños o violaban a mujeres alemanas hasta matarlas. Si resulta que “los aliados empezaron primero”, entonces estos actos, habitualmente exonerados por la conciencia popular, adquirirían un cariz harto distinto.

Abundando más en el problema de la secuencia, nótese que, en el caso de la Guerra Civil Española de 1936 a 1939 (donde los vencedores son los fascistas y el orden de la secuencia crimen-punición coloca a los rojos en el primer término), quienes, desde posiciones progresistas, habitualmente justifican la masacre de civiles alemanes apelando a los crímenes del nazismo, y así como justa o, al menos, comprensible venganza, el exterminio de millones de inocentes, de repente modifican la vara de medir y afirman que las represalias franquistas contra chequistas y políticos republicanos responsables de todo tipo de crímenes en perjuicio de la población presuntamente afecta al bando nacional, constituyeron una “mera venganza” y, por lo tanto, un genocidio sin justificación. En definitiva, existe aquí un vicio de fondo en el razonamiento moral del antifascismo, que hace aguas por todos lados. De manera que, para decirlo claramente, uno no sabe si está tratando con personas o con auténticos cerdos.
“Hoy, muerte a todos los alemanes. Toda mujer y todo niño alemanes que mueren son una contribución para la seguridad y la felicidad futuras de Europa”
Gerald Brenan, historiador antifascista, 25 de junio de 1941, dos años antes de que empezara el holocausto, versión Hollywood inclusive, y con 13 millones de víctimas de los bolcheviques ya contabilizadas en Rusia.
(Nicholson Baker, Humo humano, Barcelona, Debate, 2009, p. 319)
Brenan

Pero vayamos, por fin, a la cuestión de los hechos. ¿Precedieron realmente en el tiempo los crímenes (injustificables) de los alemanes a los crímenes (injustificables pero justificados) de los aliados? ¿O el holocausto fue una reacción de venganza ante el plan Kaufman y los bombardeos terroristas ingleses interpretados como primera fase en la aplicación de ese plan? Pues bien, esta última es precisamente nuestra tesis.
Para demostrarla, bastará evidenciar que, en el año 1941, fecha en que se publica el libro de Kaufman y los ingleses ponen en marcha el plan de bombardeos terroristas, los alemanes tienen previsto enviar a los judíos a Madagascar y han ofrecido la paz a Londres. ¿Se puede estar “diseñando” el asesinato en masa de las mismas personas a las que uno pretende trasladar a una isla del Océano Índico?  Por otro lado, nadie ha dudado nunca de la sinceridad de esa propuesta de Hitler. La intención de Alemania era atacar Rusia, gobernada por un régimen criminal donde los haya. La victoria de Hitler sobre el comunismo habría ahorrado al mundo cien millones de víctimas, el mayor genocidio de la historia. Los nazis no buscaban a la sazón exterminar a los judíos, sino expulsarlos del país, así que con la paz habríase ahorrado también el holocausto. Los nazis no querían arrasar Londres, sino evitar una guerra aérea contra ciudades a pesar de las constantes provocaciones británicas (que Churchill ordenaba, precisamente, con la esperanza de que una airada represalia alemana soliviantara a los ciudadanos británicos y justificara el rechazo de las ofertas de paz del Tercer Reich). Estos son hechos y Arendt miente conscientemente, al igual que miente Goldhagen, cuando sostiene que los alemanes ya habían diseñado el holocausto en el momento en que los bombardeos terroristas “se ceban sobre la carne de Alemania”. !El holocausto no comienza sino hasta finales de 1942 y los bombardeos terroristas se conciben y aplican desde 1941! !No se conoce ninguna prueba de plan alemán alguno de exterminio de los judíos que santifique al Bomber Command de Harris porque dicho plan no existió nunca! Incluso la famosa Conferencia de Wansee no va más allá de la deportación (en este caso, al Este). El orden secuencial es justamente el inverso: los bombardeos desencadenan el pogrom de forma espontánea. Miente Sebald cuando equipara los ataques aéreos a Rotterdam, Varsovia, Belgrado y otras localidades, actuaciones por lo demás brutales, con bombardeos cuya finalidad expresa era exterminar al máximo número de civiles quemándolos vivos, pues aquéllos se practican sobre objetivos militares con una finalidad estrictamente militar, que cesa cuando el mando de la ciudad se rinde. Pero, para el gobierno de Londres, las ciudades alemanas no eran objetivos militares, sino terroristas. Con dichos ataques se pretendía, sobre el papel, que la población así castigada por la guerra se alzara contra Hitler. Sin embargo, los bombardeos no cesaron cuando el alto mando inglés observó que el efecto era exactamente el contrario del esperado. Y los ataques continuaron, con mayor virulencia si cabe, cuando Alemania había sido ya vencida por la alianza de cuatro imperios mundiales. ¿Por qué prosiguieron los bombardeos? Porque el objeto de esos ataques no era militar y ni siquiera político, sino que se trataba de “matar al máximo número de alemanes”. No es menester buscar nada más complicado que eso. En consecuencia, estamos ante un plan de exterminio y un genocidio en toda regla. Y por si quedaban dudas, éste se consumó (plan Morgenthau, expulsión y masacre de los alemanes del Este, asesinato de 1 millón de prisioneros desarmados, etc.) después del cese de las hostilidades, como el libro de Macdonough ilustra a pesar de sus paños calientes.
Una mirada desde el otro lado
En consecuencia, el misterio de la Shoah queda, a mi entender, aclarado. Quienes afirman que el holocausto resulta, a la postre, un hecho incomprensible que nos muestra la evidencia de un mal absoluto en los abismos del corazón humano (y otras monsergas), no son más que unos falsarios a sueldo de la oligarquía sionista transnacional. La explicación de Auschwitz carece de misterios, excepto los que se hayan fabricado a base desuprimir incómodos elementos causales que estaban bien a la vista de los contemporáneos pero ponían en evidencia la espantosa verdad de la culpa aliada. Para decirlo con Sebald, pero inviertiendo los términos, los aliados, al final de la guerra, provocaron ese pogrom contra los judíos que fue Auschwitz. Leen bien: los “demócratas”, los comunistas y los sionistas quisieron de alguna manera el exterminio judío, por distintos motivos, como el psicópata quiere que su víctima pierda los estribos y cometa un error a fin de poder crucificarla. Así funcionó con el bombardeo de Coventry. Y sigue funcionando, por ejemplo: el 11-S. Por lo que respecta a la mafia sionista, ocioso es subrayar que la intención de negociar con los muertos y construir un muro de victimización e impunidad entorno a esa ciudadela sitiada que había de ser el Estado de Israel, convertía el holocausto en un negocio muy rentable. El antisemitismo ha sido siempre el revulsivo de la extrema derecha judía. La responsabilidad de Londres, Moscú y Washington en los hechos, por activa y por pasiva, resulta así inmensa. ¿Esperaban los plutócratas y comisarios bolcheviques que Hitler respetara los derechos humanos de sus presos mientras las “almas bellas” del “bien” vulneraban todas las normas de la civilización? ¿Tenían que ser los guardianes de los Konzentrationsläger unos virtuosos de la legislación humanitaria después de contemplar los cadáveres incinerados de sus esposas y niños de pecho? ¿Se detuvieron a pensar algún momento, canallas como Churchill, entre puro y puro regado con copa de cognac, que los SS darían quizá a los judíos el mismo trato que sus aviadores daban a los civiles alemanes? ¿No era Alemania una horrible dictadura? ¿O acaso pensaban que Alemania respetaría, siendo esa horrible dictadura, lo que Inglaterra no respetaba pretendiéndose una democracia pagada de sí misma? En el caso de los crímenes contra el pueblo alemán, el asesino afán británico de “matar teutones”, cuantos más mejor, cuanto más inocentes e indefensos, tanto mejor, y a ser posible a la hora del té, una pulsión repulsiva que ya se detecta en la prolongación del bloqueo marítimo contra Alemania después del fin de la Primera Guerra Mundial, pertenece al orden, si no de los misterios, sí de la extrema miseria del género humano. Hasta el punto de que no se puede separar la hambruna provocada por dicho bloqueo habiéndose ya firmado el Tratado de Versalles (400.000 víctimas, la mayoría niños) y el estado de ánimo popular que generó ascenso del nazismo. Y, claro, la respuesta alemana a Theodore N. Kaufman y sus secuaces del RAF Bomber Command  fue el holocausto.
20 de abril de 2011
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